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viernes, 21 de noviembre de 2008

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D. Antonio Porlier y Sopranis, I Marqués de Bajamar (I)
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sábado, 09 de agosto de 2008
 
Por/Julio Torres Santos
 
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D. Antonio Porlier y Sopranis, I Marqués de Bajamar, pertenece, por su edad, a la que podríamos llamar segunda generación de ilustrados, a aquel grupo de hombres que, nacidos en el primer tercio del s. XVIII, se caracterizaron por sus afanes reformistas.

Pero a su etapa de gobierno llegó tarde, con bastante retraso cronológico, por haberse hallado ejerciendo de jurista en Indias cerca de veinte años. Ello hace que su incorporación a las tareas políticas en la metrópoli se produzca cuando se acerca a los sesenta años y se está ya en el último cuarto de siglo.

Sexto hijo de D. Esteban Porlier y Du-Ruth y Dña. Rita Sopranis Dutari, nació el 16 de abril de 1722, en la casa número 54 de la lagunera calle de La Carrera.

Conoció Porlier hasta seis reinados, cinco de la casa de Borbón y el de José Bonaparte. Si bien cuando muere Felipe V, en 1746, sólo cuenta Porlier veinticuatro años y estudia en la Universidad de Salamanca, sirvió y recibió honores de todos los demás. Así, Fernando VI -durante cuyo reinado escribiría varios trabajos sobre Canarias- le nombró, en 1757, Fiscal Protector de Indios; Carlos III le hace, en 1765, Oidor de las Audiencias de Charcas; dos años más tarde, Fiscal de la de Lima; y en 1773, Fiscal del Consejo de Indias.

De regreso a Madrid, le nombra miembro de la Cámara de Indias, donde viene a coincidir con Huerta, Machado Fiesco, lriarte, etc.

En 1787 es nombrado ministro del despacho de Gracia y Justicia de Indias, en cuya etapa consigue para Tenerife el Jardín Botánico. Muerto Carlos III, su hijo Carlos IV le lleva a los máximos cargos y honores: Consejero de Estado, en 1789; Ministro de Gracia y Justicia de España e Indias, en 1790; Marqués de Bajamar, en 1791; Gran Cruz de la Orden de Carlos III, en 1792.
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LA CASA PORLIER
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viernes, 08 de agosto de 2008
 
Por/Julio Torres Santos
 
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Puesto que dedicamos una sección de nuestro especial "Fiestas de Verano" al I Marqués de Bajamar, nunca mejor oportunidad que destinar estas páginas a la casa donde nació.

Rodríguez Moure nos cuenta en su "Guía de La Laguna (1935)", al describir los inmuebles ubicados en la calle Carrera, que "los muros de la número 56 vieron nacer al ministro D. Antonio Porlier, primer Marqués de Bajamar, y a sus ilustres hermanos. Hoy la viven los marqueses de ViIlanueva del Prado y Acialcázar".

Antonio Porlier heredó la casa de su abuelo, Antonio Jiménez Moscoso, que la había comprado en 1698. Posteriormente, fue habitada por Ildefonso de Castro y Salazar de Frías, marqués de la Fuente de Las Palmas (1858 y 1935).

Su construcción original data de la segunda mitad del s.XVII, con transformaciones y adiciones a lo largo del s.XVIII. Enmarcadas por franjas de cantería, consta de tres plantas. En la primera se abre la puerta principal, de cantería muy sencilla, y a ambos lados, dos puertas de reciente factura que dan paso a sendos comercios. La segunda planta presenta amplias ventanas de guillotina y un balcón central cerrado con cristalera. Las ventanas responden a la estructura típica: constan de dos paños, uno superior fijo y otro inferior móvil, de trayectoria vertical; los cristales están colocados entre varillas o metopas que forman cuadrículas y detrás de ellos aparecen dos hojas tapa luces, en este caso, lisas.

En cuanto al balcón, existen diversas opiniones sobre la procedencia de este elemento arquitectónico: para unos, el balcón o saledizo es de origen romano, conservándole durante la Edad Media; para otros es de origen musulmán.

Sin embargo, parece ser que lo más apropiado para establecer el origen del balcón canario es hablar de una mezcla entre los balcones de la arquitectura rural del norte peninsular y las necesidades de los canarios, pero sin olvidar que nuestra arquitectura tradicional está basada en la madera, material más noble de todos los utilizados. El balcón de la Casa Porlier tiene, en parte, las características comunes del balcón canario: ubicado sobre la portada de la casa y en la segunda planta, aparece reposando sobre "canes", con antepecho de balustres y cojinetes, pies derechos y cubiertos de teja. La diferencia respecto a los "típicos" está en que aparece cerrado con cristalera, lo cual se considera como una variación de los mismos.

Pero el aspecto más relevante de la fachada lo constituyen las tres ventanas ovales de la última planta, que ocultan otras tantas anteriores cuadradas. Se trata de una reforma realizada con el fin de embellecer el aspecto exterior de este piso al ser habilitado como vivienda y perder su uso tradicional de granero o desván.
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Belén María, verano del 80
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domingo, 27 de julio de 2008
 
Por/Carlos Rodríguez Domínguez
Profesor de Derecho del Trabajo ULL


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Alguien dijo que «un pueblo sin memoria es un pueblo sin fututo» y no le faltaba razón...

El título de este artículo toma rúbrica de un libro de Juan Antonio Delgado Santana, publicado por Editorial La Marea, que ya hace bastantes años está en mi biblioteca. La obra narra la historia del emergente movimiento obrero portuario en el Puerto de la Luz y la coyuntura sociopolítica de los años 70 y principios de los 80.

En esta etapa histórica, no tan lejana de nuestros días, se crea la Asociación Sindical de Estibadores Portuarios de Canarias que comenzó a extender la lucha de los trabajadores portuarios desencadenando diversas huelgas. Los estibadores ganaban salarios irrisorios, se producían despidos masivos y la contratación de esquiroles estaba a la orden del día. En ese escenario, el 25 de julio de 1980, mientras los portuarios se manifestaban en la Plaza Manuel Becerra, Belén María Sánchez Ojeda – hija de un trabajador portuario – fue atropellada y falleció a las pocas horas mientras se solidarizaba con la justa lucha de su padre y sus compañeros. Ese mismo día, varios manifestantes resultaron heridos y uno de ellos perdió un ojo en la carga policial dado que la Guardia Civil lanzó varios botes de humo a los manifestantes por una causa justa, la dignidad de sus puestos de trabajo.

Belén María constituye un ejemplo vivo de la historia solidaria de las islas, al igual que Remigio Vélez, cuyo esfuerzo y solidaridad militante ayudó decididamente a sentar las bases del sindicalismo portuario. Remigio era un cristiano de base y un sindicalista de verdad, de esos – aún quedan unos pocos – que lo dan todo por mejorar las condiciones de vida y trabajo de sus compañeros sin pensar en liberaciones ni prebendas. Siempre preocupado por dignificar la profesión y mantener unido al colectivo.
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La Carrera, antiguo Bar Alemán (XIV) Romería de San Benito y (III)
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sábado, 28 de junio de 2008
 
Por/Julio Fajardo Sánchez
 
La Romería al pasar por
 
La Romería ante el "Carrera" 1964 
 
...La Romería de San Benito se utiliza también para gritar consignas y manifestar, de forma bien humorada, la protesta por alguna contrariedad. A partir de la sustitución de la Comisión que presidió Mónico González durante tantos años, por otra de carácter más político, se cantaba aquello de: "Me gusta la bandera... ", introduciendo un ritmo de marcha brasileña en la supuesta reivindicación purista de nuestra canariedad; y en el aciago año en que Obispo amenazó con separar lo religioso (San Benito) de lo profano (la Romería) se cantó aquella copla llena de rebelde espíritu lagunero:

San Benito si eres macho demuestra tu valentía:
manda al Obispo al carajo y vente a la Romería.

No sólo hay ruido en las romerías, en la de San Benito se dan cita todos los años la mayor parte de las parrandas y rondallas de la isla y de otras islas, y es una delicia escucharlas a su paso por las calles de La Laguna. Yo no suelo ver sino una, porque ya se sabe que si sales en la Romería verás solamente lo que ocurre a tu alrededor. Así que aprovechando, me encuentro siempre con viejos amigos: antiguos sabandeños, tunos en excedencia y los miembros de la parranda guasquías que se incorporan todos los años y a los que les debemos una visita a Teror que tendrá que pagarse cuanto antes.

El bar Carrera también es clave en la Romería de San Benito, pues es sabido que a partir de su paso, el desfile comienza a diluirse cambiándose las botas de vino, ya calientes, por frescos whiskys y cervezas. Es el punto estratégico para la reorganización de una fiesta que va a durar toda la tarde, hasta que el cuerpo aguante, embutido en los calurosos trajes de lana que el sacrificio por la autenticidad y las exigencias del rescate nos obliga a poner. Sin bragueta ni bolsillos, como obedece a la negación a la funcionalidad que es inherente al clasicismo.
 
La Carrera, antiguo Bar Alemán (XIII) Romería de San Benito (II)
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sábado, 21 de junio de 2008
 
Por/Julio Fajardo Sánchez
 
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En las romerías, últimamente hay que entrar con algo en la mano, y aunque desfilan magníficas rondallas, afinadas y completas, también se incorpora una masa dispuesta a crear un ambiente inconfundible, con una bulla estrepitosa, mezcla de cañas, chácaras, hueseras, guiros, bombos, cajas cubanas y un sinfín de artilugios encargados de imponer al desfile un ritmo monótono y cansino, como un interminable tajaraste que las campanas de La Laguna imitan tan bien. De vez en cuando se introducen otros instrumentos que tienen más que ver con el gastronómico folcklore castellano, como son dos tenedores y una cuchara, el almirez y la botella de anís del Mono. Algunas parrandas hacen una expresión mono gráfica del ruido, como esos numerosísimos grupos de La Orotava que desfilan con su hermoso colorido, tocando unas cañas largas.

Si alguien me preguntara cual es el sonido típico de la Romería de San Benito respondería rápidamente que es la mezcla del tintineo de las esquilas del ganado con el repique de las castañuelas al toque del tambor de las danzas.

La realidad es que así somos; porque aparte de que el material musical inventariable en la isla, constituido por guitarras, bandurrias, laúdes y timples, supera al de cualquier otra región española, al canario, cuando canta, le gusta acompañarse, aunque esté solo y no conozca, ni por asomo, los secretos del arte de Tárrega.

Si tiene un instrumento en sus manos lo rasgue a sin tener en cuenta que la presión de los dedos sobre las cuerdas, en determinadas posiciones de los trastes, va a producir la coordinación necesaria con la voz humana para que resulte todo al final un conjunto armónico.

Si no tiene nada que echarse a la mano acompaña su copla a palo seco con un silbidito mal afinado que imita el cantabile de los instrumentos; o bien remeda con su garganta una especie de onomatopeya del timple que se reconoce como chinguili chinguili. Otra variante consiste en no disponer de instrumento y utilizar cualquier sucedáneo para acompañarse; tiene la ventaja de que otras partes del cuerpo sirven para iniciar una especie de baile para merecerlo al compás de la copla que se ejecuta. He visto en alguna ocasión como se destrozaba un vaso de plástico, que antes se había utilizado para beber vino, a fuerza de golpeado rítmicamente con batidas intermitentes del dedo índice, de igual manera que si se estuviera actuando sobre las cuerdas de un timplillo.

Para todo esto se necesita una intuición extraordinaria, prueba abundante de que nuestra disposición musical es tan alta que es capaz de improvisar modelos insólitos aun careciendo de instrumentos, los cuales, al fin y al cabo, no son más que artificios para apoyar una expresión unipersonal. Y en lo colectivo, puede llegarse al paroxismo cuando la bulla y el griterio se convierten en acompasada música celestial: es lo que generalmente se denomina ambiente.
 
La Carrera, antiguo Bar Alemán (XII) Romería de San Benito (I)
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domingo, 15 de junio de 2008
Por/Julio Fajardo Sánchez
 
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La Romería de San Benito tiene un alto significado folklórico: la copla, la parranda y la rondalla tienen tal presencia en el defile que hacen exclamar al foráneo que la espera en la calle vídeo en ristre. aquello de: "todos los canarios sois unos músicos estupendos, y hay que ver como cantais de bien".

Pero, por suerte o por desgracia, no todos somos capaces de hacer la misma interpretación del maravilloso arte de combinar los sonidos con el tiempo, abundado la presencia de imprivisados y voluntariosos percusionistas en comparación con la de virtuosos de otras expresiones melódicas.

La percusión es en este caso soporte del ritmo y, para bailar como ocurree en la mayor parte de los pueblos africanos, con el ritmo basta. Yo recuerdo un baile en la pequeña plaza que se forma delante de la antigua ermita del Gran Poder de Bajamar, hoy biblioteca pública y que no tenía más de treinta metros cuadrados, el cual se desarrollaba a la luz de un petromás y con los golpes producidos sobre un bidón de gasoil. El sonido era monocorde y no tenía nada que ver con el producido por las marimbas jamaicanas, pero la gente brincaba hasta quedar exhausta al compás del bronco cantar del bidón, que tenía una virtud, la de elevarse por encima de cualquier otro ruido.
 
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En aquella época, cuando la fiesta tenía más enjundia era amenizada por el altavoz de Felipe, que tenía un puesto de tejidos en la plaza del Adelantado y que hacía horas extraordinarias llevando a Luisa Linares y los Galindos por los pueblos de los alrededores en una unidad autónoma de sonido, constituida por un viejo Ford en el que, en lugar de los asientos traseros se instalaba un motor que alimentaba a un gramófono, y en el techo una pareja de altavo CCS. Si el presupuesto era mayor, Pacomio, Asadura y el Foño, desgranaban un variado rosario de pasodobles que eran recorridos arriba y abajo de la plaza. pañúelo y retranca en mano.
 
continuara 
 
La Carrera, antiguo Bar Alemán (XI)"El hombre de la voz de campana"
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sábado, 07 de junio de 2008
 Por/Julio Fajardo Sánchez
 
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...Por último, la voz de guitarra hawaiana añadía al efecto vibratorio de las cuerdas una especie de carraspeo, detalle de técnica sutilísima que intentaba  reproducir el arrastre de los dedos sobre los  trastes. Un sonido gutural comparable al que producen  los sifones cuando apenas les queda liquido en su interior o a los intentos vanos de expresarse  de los laringectomizados que se niegan a escribir sus demandas.

Don Manuel se prestaba a exhibir sus habilidades cada vez que se lo pedían, cuestión que él confundía inocentemente con el éxito. Algunos oyentes, ya molestos, le ordenaban que se callara pero siempre había un coro de vacilonistas profesionales a su alrededor dispuestos a defender su arte. Era absolutamente resistente e invulnerable a las risas y a las bromas con tal de ser escuchado: y aunque aguantara cogotazos, empujones, insulto y pedorretas, no interrumpía nunca su actuación hasta finalizarla completamente.

De noche solía ser solicitado para acompañar serenatas que él realizaba cubriéndose la cabeza con una bolsa de plástico para evitar la oxidación, con el sereno de sus cuerdas vocales, sobre todo  de las que servían para imitar el sonido de la campana y de la guitarra, según él: sus voces metálicas.

En el momento en que se encontraba cubierto le llovían los pescozones por todos lados, cuestión que parecía no molestarle demasiado. El límite de su paciencia se colmó en una serenata que le encargaron en Las Palmas donde, según contaba le habían orinado encima desde un balcón.

Para poner en forma sus cuerdas vocales hacía gargarizaciones de bicarbonato, echando una pizca que tomaba entre sus dedos hasta el interior de su garganta y produciendo un sonido parecido al de un tren a punto de descarrilar. Alguien en una ocasión le sugirió sustituir el bicarbona por pimienta en polvo. El resultado fue terrible: se puso rojo de repente, a punto de quedarse sin respiración, se retiró tosiendo estrepitosamente y estuvo una semana sin aparecer.
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La Carrera, antiguo Bar Alemán (X)"El hombre de la voz de campana"
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sábado, 31 de mayo de 2008
 
 
Por/Julio Fajardo Sánchez
 
 
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En el año 60 hubo en Canarias un eclipse total de sol. Al mediodía comenzó y en unos minutos se hizo completamente de noche. Los animales, que siempre han vivido sin reloj, -por eso a las gallinas las hacen sufrir una vida doble encendiéndoles la luz a media noche para explotarlas- se retiraron a dormir como si tal cosa:

las vacas echadas junto a sus dornajos, las cabras en sus rediles, las gallinas en sus palos, cada cual según su costumbre. Al instante, el falso amanecer hizo cantar por segunda vez a los gallos, los perros ladraron al sol y los pájaros comenzaron a revolotear inquietos mientras en el horizonte, lo primero en clarear, se podía ver la estela blanca de un reactor: un caza del ejército nórteamericano que se había trasladado al aeropuerto de Los Rodeos para filmar el acontecimiento, y cuya visión, la primera en las islas de este tipo de aparatos, causó mayor expectación que el propio fenómeno astronómico.
 
Este preámbulo obedece a su relación con ciertos carteles que aparecieron en Las Palmas, donde el denominado "hombre de la voz de campana", extravagante artista natural de Guía, anunciaba un ultimatum a sus admiradores exhibiendo una fotografía suya en la que lucía unos mostachos superlativos de los que colgaban pequeñas campanillas. La amenaza consistía en que si no lograba la atención mayoritaria del público sus bigotes desaparecenan con el próximo eclipse de sol.

El Oráculo se cumplio y Don Manuel, que así se llamaba el individuo, se afeito sus bigotes, y cansado del continuo fracaso de su arte en Gran Canaria decidió trasladar el campo de sus operaciones a La Laguna, con esa fijación admirativa hacia la ciudad de los Adelantados que los canariones alimentan con la misma intensidad, como su odio a los chicharreros: y recaló como es lógico en el bar Alemán.


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La Carrera, antiguo Bar Alemán (IX)
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sábado, 24 de mayo de 2008
 
Por/Julio Fajardo Sánchez
 
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El Corpus, como fiesta de verano, también tenía sus peligros. Las doradas mayonesas los aperitivos eran propicias para incubar traidoras salmonellas. Los delicados pies de los niños que hacían su primera comunión eran obligados a completar el largo recorrido procesional embutidos en unos asesmos zapatitos del curtido. Y además, recurriendo a la historia, no hay que olvidar que la famosa peste de Landres, que se inició en La Laguna y azotó a la isla de Tenerife, propagó su contagio debido a la acción del calor del sol sobre unos tapices de Flandes infestados que el gobernador había colgado en las ventanas de su casa al paso de la procesión del Corpus.

El Corpus es más limpio y ecológico. Hoy se pueden ver elementos decorativos añadidos a la estructura del tapiz que son retirados tras el paso de la procesión. Son objetos sintéticos que muestran orgullosos su materia brillante y futurista, en sustitución de los, ahora protegidos, ingredientes naturales.

Hoy se puede ver un insecto gigantesco libando de las simbólicas flores, compuesto de metacrilato resplandeciente, cuya presencia produce un efecto subyugante de realidad virtual en los ojos asombrados de la gente menuda.

El Corpus es más limpio y ecológico pero menos seguro, porque hoy el, según se mire bien intencionado, "rabo", se  ha convertido en un alevoso descuido hacia el bolso o el bolsillo.
Por eso, hasta el insecto que preside el tapiz, para asombro de todos, está atornillado al suelo y no precisamente para evitar los efectos del viento.
 
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Este Corpus publicitario, con alfombras por encargo donde se anuncian bancos y comercios, se puede ver también desde el bar Carrera igual que se veía antes desde el bar Alemán. Día de estreno y de crujiente almidón, de ensaladillas, de cervezas y huevos rellenos, como corresponde a su condición eucarística, muy parecida a la del Jueves Santo. Se aprovecha en ese día la benevolencia y buena disposición de la gente para realizar cuestaciones diversas.

Antes se llamaba el día  del "Amor Fraterno", por eso el aroma de las flores y los brezos tostados elevaba los espíritus que se volvían mansos y buenos por unas horas, para regresar al reino materialista de satanás una vez que el basurero se llevaba en sus palas y carritos los últimos efluvios benefactores de las alfombras. Y así hasta el próximo año.
 
La Carrera, antiguo Bar Alemán (VIII)
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miércoles, 21 de mayo de 2008
 
Por/Julio Fajardo Sánchez
 
No sé yo si el Corpus y sus alfombras será hoy una fiesta muy ecológica.

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Antes, cuando participaba de niño preparando la alfombra del colegio, salíamos como un . enjambre rabioso arrasando, retamas, hortensias, cactus, rosas, geranios y otras especies de hoja densa y pequeña.

Luego, reunido el botín floral, se procedía al deshoje y clasificación; unas, identificadas con el color del modelo, pasaban a formar parte del tapiz; las otras volarían desde las ventanas al paso de la procesión, para terminar todas, más tardes, en el camión de la basura después de ser holladas por el trono santísimo y pisoteadas por canónigos y beneficiados, alcalde y concejales,catedrácos, magistrados, consules y otras representaciones dignísimas.

Al final, después de un meneo acompasado propinado por la banda de música, eran machacadas y trituradas por las botas rítmicas de la tropa, con lo que se entendían prestas para su envío al vertedero después de un breve proceso de fermetación aeróbica.

En el fondo se trataba de una nueva modalidad del sacrificio tradicional, en el que en lugar del cordero se inmolaba la flor inocente en honor de la divinidad. No era muy ecológico quebrar el destino de tanta flor sin libar, interrumpir tanto vuelo azaroso de sus semillas, tronchar tanta retama, descorolar tanto cáliz, quemar tanto brezo; aunque algún mandatario municipal hiciera previsión de tanto destrozo y, como en una granja especial, tuviera hecha reserva de hermosas flores de mundo, a las que, de vez en cuando, mandaba fumigar con azulina para obtener los hermosos añiles de sus pétalos.

Como esto último tampoco era ecológico, las autoridades responsables de la conservación del medio natural arrancaron recientemente las hortensias plantadas en el Camino de las Hiedras, en el cercano Monte de las Mercedes, sin llegar a saber que el alcalde las había mandado plantar allí como vivero permanente para el Corpus Christi. Las plantas desaparecieron por no pertenecer al entorno natural, víctimas de la xenofobia botánica que no les permitía vivir en armonía con sus congeneres, igual que si se tratara de erradicar a un gitano del barrio de Salamanca. Así terminaron sus días en algún parterre de la Trinidad y en las macetas de los invernaderos.
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