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Canarias, Arte y Tradición
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sábado, 06 de septiembre de 2008 |
Por/José Guillermo Rodríguez Escudero
LA VIRGEN Y EL DIABLO.LA FIESTA, EL ARTE Y LA TRADICIÓN SE FUNDEN EN TIJARAFE. EL DIABLO
Tal vez por este motivo, al tijarafero de “pro” no le guste excesivamente el que las fiestas patronales en honor a su “Virgencita” pasen ya a conocerse y llamarse de forma generalizada por los forasteros como “Fiestas del Diablo”. En todo caso, las “Fiestas de la Virgen” o “Fiestas de La Candelaria” son su denominación original y verdadera. El Diablo es un acto.
En la madrugada del día 8 de septiembre, puntual con su cita con la multitud que anhela su presencia después de todo un año, el “Diablo de Tijarafe” hace su entrada sigilosa en la gran plaza de la Iglesia, cubierta a modo de cúpula de banderitas de todos los colores. En el programa se lee: “2,30 H. suelta del Tradicional “DIABLO” acompañado de gigantes y cabezudos”. Normalmente se hace esperar y aparece entre las 3:30 y 3:40.
La orquesta lleva un buen rato amenizando la verbena de la larga espera y el gentío tiene ya ganas de disfrutar con el baile de fuego. En estos últimos años, la organización ha estimado en más de 5.000 personas las que se dieron cita en la plaza y aledaños. Algunos mascarones (gigantes y cabezudos) anuncian la entrada del “machango negro” y marcan la cuenta atrás. La emoción se desborda. La hora ha llegado. Un elemento que también aporta más tensión a esos instantes es el hecho que nadie, excepto los miembros de la organización, sabe por dónde va a hacer su aparición el Diablo. Es una sorpresa y el secreto se guarda hasta el final. De repente, entre los claros y sombras de la plaza, surge la diabólica figura negra de grandes ojos rojos llamativos. El griterío de la sorprendida y asustada concurrencia es ensordecedor mientras la música de la orquesta arrecia con sus mejores piezas. El “bicho” entra en la plaza escoltado por un grupo de voluntarios, a modo de cordón de seguridad, que trata de velar por que el acto se desarrolle según lo previsto, sin incidentes. Cada año se convierte en una tarea más difícil, por la aglomeración de público dentro del recinto. Otro gran obstáculo que encuentra el sufrido bailador, con una carga a cuestas de más de setenta kilos, es la acumulación de botellas, zapatos y otros objetos que deja el público en la plaza en su carrera y que puede hacer que el Diablo tropiece.
Una gran cantidad de voladores y fuegos de artificio van estallando desde el exterior de la carcasa que protege al valiente voluntario que lo baila. En estas últimas ediciones ha sido el tijarafero Ricardo García Castro quien ha hecho vibrar a su pueblo con su frenético baile de fuego. Un orgulloso lugareño que empezó bailando dos años los cabezudos y luego otros nueve los gigantes. A estos era más difícil manipular por su peso, ya que eran de yeso, y nadie quería bailarlos. Ahora son de fibra y pesan menos. Según cuenta Ricardo, el Diablo pesa entre 70 u 80 kilos, después de que se le ha colocado encima unos 30 o 40 kilos de pólvora. Cuando ésta prende, la temperatura interior puede alcanzar entre 50 y 60 grados.
Primero se enciende la horqueta, luego el rabo y poco a poco se van quemando las distintas partes del cuerpo. Aproximadamente en los veinte minutos que tarda la danza, más de quinientas piezas de fuego de artificio salen disparados de la carcasa para iluminar el cielo en el ya “Día de la Virgen”. En la edición de 2004 estuvo encendido dentro de la plaza unos dieciséis minutos; en la de 2003 unos catorce y en la de 2002, debido a un error, tan sólo ocho minutos; en 2001 la quema duró diecisiete minutos… Ricardo decía: “sería feliz si pudiera estar una hora allí dentro corriéndolo con la gente”. |
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sábado, 06 de septiembre de 2008 |
Por/José Guillermo Rodríguez Escudero
Una de las hipótesis que se barajan en cuanto al origen de su liberalismo nos lo cuenta el biógrafo y amigo de Díaz, el también palmero Antonio Rodríguez López. Nos cuenta que en 1810 habían llegado a la Santa Cruz de La Palma un grupo de franceses hechos prisioneros en la Guerra de la Independencia. Don Manuel, consciente de que la “religión católica, que posee un idioma para todos los pueblos del mundo, la caridad, tenía necesidad de hablar á los prisioneros ese universal lenguaje y llevar á su ostracismo los consuelos de la penitencia sacramental”. Para ser el intérprete en la misión, procuró aprender el idioma francés para poderlos confesar y “traducirles el divino idioma cristiano”.
En la imprenta Ibarra de Madrid se encuentra el original de una alocución llamada Exhorto, pronunciada en el púlpito de El Salvador en 1820, “con motivo de haberse leído y jurado la Constitución de la Monarquía Española” en dicha parroquia, tras el triunfo del pronunciamiento de las Cabezas de San Juan.
“…Falsos políticos, rencorosos fanáticos, ¡qué vergüenza para vosotros! Esos liberales á quienes tratasteis de impíos y enemigos de todo bien, esos mismos han honrado el siglo presente con una revolución, que por sabia y virtuosa, grande y sublime no cupo jamás en la idea. Y vosotros los llamados leales, que ostentabais el título de defensores e la religión y el trono, vosotros deshonrasteis el mismo siglo con una revolución que principió en Valencia el 4 de mayo de 1814, y feneció en Cádiz el 10 de marzo de 1820. No digo mas que me lleno de horror…” Este mitin-sermón trajo consigo las mayores acusaciones de sus enemigos políticos, quienes lo acusaron de –como recuerda Paz Sánchez- “infidencia, motivo por el cual tuvo que abandonar La Palma en 1824, fijando su residencia en Tenerife hasta febrero de 1835”. El Padre Díaz había dado claras muestras de sus inclinaciones políticas desde que fue nombrado junto a David O’Daly, en 1808, representante de La Palma en la Junta Suprema de Canarias, en La Laguna. |
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jueves, 04 de septiembre de 2008 |
Por/José Guillermo Rodríguez Escudero
La Cofradía del Carmen quiso encargar una nueva talla como titular de la misma y el Cura Díaz estimó que no debía de salir de su gubia, sino que era preciso encargársela a su gran amigo Estévez del Sacramento. La antigua pasó a la ermita de San Telmo, y cambió de advocación en Virgen de La Luz. El propio beneficiado hizo las gestiones para que la nueva imagen mariana fuera adquirida en La Orotava y desde entonces se venera en la capilla lateral de la Epístola de El Salvador. Consciente de sus limitaciones y de su incapacidad como buen imaginero, su mentalidad abierta y talante humano originaron que “no hiciera del arte un escudo móvil de su fama, sino supo plantear una cuestión educativa”. Su arte es eminentemente clasicista, pero sin esquemas fijos, “en cuanto que tanto se inclina hacia soluciones barrocas como se ciñe a los programas escultóricos del siglo XIX”. La antigua efigie de María Magdalena, modelada asimismo por Díaz en pasta de papel, había sido retirada de la procesión del Viernes Santo hacia 1945. Tras ser sustituida por la talla de Estévez -venerada actualmente en la parroquia de San Francisco- Poggio Capote nos recuerda que “se cuenta alguna anécdota como fue la rotura de su nariz y posterior aderezo por Félix Martín en los años que se conservó en el umbral de la puerta de la sacristía de El Salvador. La estela de esta santa se prolonga más tarde en la ermita de San Sebastián de Santa Cruz de La Palma, donde su rastro terminó por desaparecer”. El propio Poggio nos informa de que en la década de los sesenta se empleó como Dolorosa en la Cruz de Botazo durante las fiestas de mayo. El investigador palmero menciona otra de las obras de Díaz: el Señor Muertito. Una imagen “de aspecto amable, aunque carente del exhaustivo modelado anatómico de la imaginería procesional del barroco. La técnica empleada para la misma era la del modelado en papel encolado”. Una venerada imagen que desfiló en Santa Cruz de La Palma hasta el Viernes Santo de 1948. La talla era llevada unos días antes a la casa de la familia Vandewalle y Álvarez para su adorno. Se cubría con un mantón de manila y se presentaba a la adoración de los fieles. “Entrada ya la noche, acompañada por la cómplice intimidad de la oscuridad, la imagen era devuelta a la parroquia matriz”. Una anécdota curiosa se ha transmitido por tradición oral. Se dice que doña Rafaela Álvarez Álvarez (1856-1934), dama de la mencionada familia que se ocupaba del ornato del Señor en su casa principal, murió precisamente el 28 de marzo de 1934, cuando ya la imagen se encontraba allí. La capilla ardiente instalada en el salón de su domicilio estuvo presidida por el Señor Muertito y al lado, el féretro de doña Rafaela. |
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martes, 02 de septiembre de 2008 |
Por/José Guillermo Rodríguez Escudero
Las obras de la parroquia de El Salvador, iniciadas en 1818 y llevadas a cabo con el legado del mecenas indiano Cristóbal Pérez Volcán, se realizaron gracias al celo de los sacerdotes, Manuel Díaz y José Martín de Justa. Precisamente también a don Manuel se deben – según el alcalde y cronista Lorenzo Rodríguez – “todas las pinturas de jaspes, cortinajes, maquinarias del sagrario, escabel, velo negro y al segundo, toda la parte de arquitectura, en cuyo arte sobresalía”. El contraste con el retablo barroco que poseía la capilla mayor – célebre en el Archipiélago- fue notable. A aquél, dividido en tres cuerpos, con abundancia de elementos decorativos tallados y exceso de hornacinas para esculturas, se opone a la pureza de líneas del nuevo retablo, simple y a su vez grandioso marco arquitectónico de una pintura. Asimismo, el acondicionamiento de las capillas tuvo por objeto cambiar totalmente el aspecto que ofrecía el interior del templo, con profusión de altares barrocos y flamencos, adquiridos a través de los siglos anteriores. Las polémicas obras se realizaron con vistas a su adaptación a las nuevas exigencias del neoclasicismo que tanto amaba Díaz. Toda aquella decoración anterior, tan distinta a la actual, desapareció para dejar paso a un interior dominado por la severidad y simetría del arte clásico. Pérez Morera continúa diciendo que “orden, equilibrio y proporciones armónicas fueron, en efecto, las ideas que inspiraron a sus promotores, los presbíteros Díaz y Martín de Justa, para la reforma que dio por resultado el templo tal y como hoy lo conocemos”. Manuel Díaz influyó profundamente en todo el ámbito artístico de La Palma. Por ejemplo, hasta la lejana y antigua ermita de San Mauro – o San Amaro- Abad, del municipio de Puntagorda, llegaron las intervenciones dirigidas por el sacerdote, con la sustitución de los antiguos retablos perdidos durante el incendio acaecido en 1811, por los elementos neoclásicos ya en boga en ese momento. Lo mismo sucedió con el desaparecido retablo mayor de la parroquia de San Francisco de la ciudad estrenado el 8 de julio de 1848. Su ático estaba formado por una alegoría al Santísimo Sacramento realizado por el célebre religioso. Su influencia sobre los nuevos proyectos constructivos y estéticos era indiscutible. En uno de sus viajes a Tenerife llegó a pintar al óleo el cortinaje de la capilla mayor de la parroquia de la Peña de Francia en el Puerto de La Cruz, hoy desaparecido; también el de Santa Catalina de Tacoronte y las pinturas teatrales de la iglesia de la Concepción de La Laguna. Su visión técnica también lo llevó a colaborar en la planificación de la canalización del barranco de Martíanez, cuyas aguas se habían desbordado en 1826. Otro de sus logros más interesantes fue, en el sentido filantrópico, la creación de una “sopa económica” tras las desolaciones que afectaron a todo el Valle de la Orotava en 1828, con la que “pudo complacerse con la dulce satisfacción de alimentar diariamente a más de doscientos pobres”. En La Laguna dio muestras de su notable ingenio, pues en abril de 1831, “se acordó poner en funcionamiento la máquina de hilar seda costeada por esta Sociedad y dirijida por el Venerable Beneficiado Dn. Manuel Díaz, aceptando la oferta realizada por éste de enseñar una persona este nuevo método de sacar la seda con más perfección”. Precisamente en esta ciudad tinerfeña llegó a residir en un cuarto de la mansión del marqués de San Andrés. Recordemos que los avatares del rigor absolutista le obligaron a trasladarse a Tenerife durante dos lustros y allí contactó con José Agustín Alvarez Rixo (1796-1883), entonces alcalde del Puerto de La Cruz, el cual posteriormente redactará la biografía de nuestro clérigo. |
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martes, 02 de septiembre de 2008 |
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Por/José Guillermo Rodríguez Escudero
 
....Así mismo, se dedicaría en cuerpo y alma a una de sus pasiones: el Arte. Si bien ha sido conocida su labor como escultor, es precisamente esta faceta artística la que menos trabajó. De ahí el pequeño catálogo de obras suyas. En ellas, nuestro autodidacta, refleja una poca formación, tanto en dibujo como modelado, con la que contó desde sus primeros comienzos. El único maestro que pudo dejar en él cierta huella artística, según el profesor Fuentes Pérez, “fue Marcelo Gómez, cuyas formas barrocas servirían de base al iniciado Díaz. Pero los dominicos fueron los que marcaron su inclinación por todo lo relacionado con el arte”. Este polifacético religioso ocupaba su tiempo en varias cosas a la vez, lo que conllevó una falta de atención hacia su labor escultórica. Sin embargo, sus feligreses se lo perdonaban. No ya porque el resultado fuese una obra de alta calidad artística, que no lo era, sino porque procedía de una persona muy querida y admirada. Su arte se iba convirtiendo en una mescolanza de tendencias y estilos, sin una clara y precisa orientación. En Gran Canaria conoció al maestro Luján Pérez, que estaba concluyendo una de sus obras: el San Pedro Mártir de Verona para la iglesia de San Juan Bautista de Telde. El Padre Díaz pretendía con estos contactos recoger el máximo de ideas y soluciones técnicas posibles para poder ir concluyendo con sus propios proyectos y su ambicioso programa de restauraciones. No puede ser amparado dentro del alumnado de Luján, porque, aunque aprendió mucho con el polifacético maestro grancanario de las técnicas y la calidad del dibujo, se alejó bastante de él en cuanto al modelado. Don Manuel conocía muy bien sus limitaciones en el campo de la escultura. No se atrevió a realizar una obra que estuviera fuera de su alcance artístico, si bien más se aproximaba al estilo de su querido amigo Estévez que al de Luján Pérez.
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lunes, 01 de septiembre de 2008 |
Por/José Guillermo Rodríguez Escudero
...El padre de Manuel, Francisco Díaz, natural de Villa de Mazo, había buscado fortuna en América y había muerto en Cuba. Desde allí había otorgado poderes a su futuro cuñado José Hernández Carmona, para casarse con Francisca, su prometida, natural de la capital palmera. El acta matrimonial se firmó el 8 de abril de 1770 en la parroquia de El Salvador. Si bien no se conoce la fecha exacta en la que regresó de sus viajes, se conoce que ya estaba en la Isla a finales de dicho año, pues su primer hijo nació el 9 de octubre de 1771. Es curioso lo que nos dice Pérez García sobre el nombre del biografiado: “don Manuel Díaz, Beneficiado de El Salvador, personaje de feliz recuerdo para los habitantes de Santa Cruz de La Palma [...] ha pasado a la historia de su isla natal como Manuel Díaz Hernández por el empecinamiento de los historiadores del siglo pasado en aplicarle el apellido paterno y materno tal y como se legisló con posterioridad a su fallecimiento; su biógrafo, sin embargo le menciona en todo momento como Don Manuel Díaz. La realidad es que siempre firmó Manuel Díaz, sin añadir segundo apellido”. Efectivamente, en los documentos públicos de aquella época aparece en la mayoría de las veces, “en la mención hecha por el escribano de turno, Manuel Díaz Leal (los dos apellidos paternos), de igual manera a como figura su hermano”. Su hermano Francisco, en su partida de defunción en 1845, figura con los apellidos Díaz Leal. Hasta 1777, Francisco estuvo en Santa Cruz de La Palma, fecha en la que nace su tercer y último hijo, Mariana. Los padres de Francisco, José Díaz y María Leal, procedían de la Villa de Mazo y habían fijado su domicilio en las cercanías del templo matriz. Una familia humilde puesto que su esposa, tras una nueva partida de Francisco al Nuevo Continente, tuvo que pedir ayuda a su tío abuelo, don Agustín, que regentaba una herrería, para que la amparase económicamente. |
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domingo, 31 de agosto de 2008 |
Por/José G. Rodríguez Escudero
LA IMAGENLa bella imagen de Santa Rosalía es una pequeña escultura cuya cabeza se nos muestra algo desproporcionada si atendemos al conjunto de su cuerpo. El semblante no puede ser más sugerente: dos grandes ojos oscuros y juntos de triste mirada sobre los que están trazadas unas finas cejas arqueadas; boca pequeña curvada de delgados labios por la que se dejan entrever unos diminutos dientes blancos; cara afilada bien esculpida que denota, por lo descrito, una profunda aflicción. En la cabeza - ligeramente ladeada hacia el lado izquierdo-, se aprecia una gran frente bajo un pelo oscuro ondulado excelentemente tallado y peinado con raya en medio. Éste forma una melena que cae recogida sobre el hombro izquierdo por detrás de dos pequeñas orejas. A pesar que en las solemnidades la cabeza es cubierta con un gran manto blanco con ribetes y bordados dorados, acertadamente nunca se oculta del todo esta delicada cabellera. Esta talla completa está revestida por una amplia y larga túnica de color verde claro recogida a la cintura por un cíngulo dorado que cae sobre la derecha. Así mismo son dorados los extremos de sus amplias mangas y los ribetes del cuello. La parte inferior del hábito está profusamente decorada con detalles florales, al igual que el cuello y mangas. Considero que el tallado de los pliegues no ha sido el correcto, sin embargo, el acabado general de la toga confiere un aspecto majestuoso a la efigie a pesar de sus reducidas dimensiones. |
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domingo, 31 de agosto de 2008 |
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El pasado jueves, se procedió al solemne traslado de los restos exhumados del Cura Díaz desde el cementerio de Santa Cruz de La Palma hasta la parroquia de El Salvador. Con tal motivo publicaremos una serie de artículos de nuestro apreciado amigo José Guillermo, para dar a conocer entre nuestros lectores al Cura Díaz. Por/José Guillermo Rodríguez Escudero
Manuel Díaz nació en el seno de una familia humilde en Santa Cruz de La Palma, cuando en Canarias, gracias a los planes de renovación que el monarca Carlos III había logrado en la política y en la economía del país, se respiraban unos aires de transformación y reformas muy profundas. Algunos de sus reales logros fueron, por ejemplo, la libertad de comercio con América iniciada en 1778 y una firme potenciación de las relaciones multilaterales con el extranjero. El monocultivo insular más importante era la vid, pero gracias a los intentos de la Sociedad Económica de los Amigos del País, se logró la introducción de nuevas plantas, como el tabaco, el algodón, etc. Unos progresos que tuvieron más auge en las islas de Gran Canaria y Tenerife, a pesar de que el puerto de la capital palmera rivalizaba en tonelaje con los de las islas mayores. También La Palma quedaría rezagada en el despliegue cultural de sello laico y liberal que se había gestado en dichas islas. La nueva orientación del arte iniciada a mediados del siglo XVIII y regida por las normas de la Academia de Bellas Artes recién fundada, llega también a Canarias y se divulga a través de la Escuela de Dibujo de Las Palmas, establecida en 1782, reflejándose en la obra de los escultores canarios dentro del carácter barroco que se mantiene constante. En La Palma, los franciscanos y dominicos seguían impartiendo la enseñanza, mientras que en Tenerife, por ejemplo, los jesuitas se encargaban de la educación de los hijos de la aristocracia y los agustinos habían fundado la primera universidad canaria en el convento de La Laguna (1744). Los dominicos en La Palma habían creado una especie de universidad en el seno de las dependencias conventuales. Así, impartían clases de la básica y superior y darían una extraordinaria importancia a la creación artística. Sería en este cenobio donde se formarían los hijos de las familias más ilustres de la ciudad de Santa Cruz de La Palma. Fue en 1794 cuando en ella se fundara la primera escuela pública. El “Padre Díaz” contaba con veinte años. |
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sábado, 30 de agosto de 2008 |
Por/José G. Rodríguez Escudero
HAGIOGRAFÍA, CULTO E ICONOGRAFÍA
La historia de esta noble jovencita nacida en Santo Stefano Quisquina en Agrigento en 1130 nos informa de que llevó una vida solitaria e ignorada en una cueva del Monte Pellegrino desde los 16 años. Así lo había decidido para consagrarse a Cristo. En la puerta de la gruta había esculpido esta decisión en una roca: “Yo, Rosalía, he resuelto habitar esta cueva por amor a mi Señor Jesucristo”. La patrona de Palermo, Nápoles y Niza – pretendida sobrina del rey Guillermo II de Sicilia- murió cerca de esta ciudad siciliana en 1160 cuando contaba tan sólo con treinta años. Sus restos fueron hallados en 1624 por un cazador y fueron colocados en un sarcófago de plata que fue depositado solemnemente en la catedral de Palermo. Se cuenta que sus reliquias habrían puesto rápido fin a una epidemia de peste que devastaba a la población. El Papa Urbano VIII la incluyó en el martirologio romano fijando su onomástica el día 4 de septiembre, aunque también la Iglesia celebra su fiesta el 6 de marzo y el 15 de junio. El culto a esta Santa italiana eremita se generalizó a partir de la Contrarreforma. No obstante, se supone que anteriormente, los jesuitas ya habían introducido la devoción en Roma a la Vergine Palermitana (Virgen de Palermo) en 1627. Fue “rival” de Santa Águeda de Catania (Patrona, por cierto, de Santa Cruz de La Palma), a quien un hagiógrafo siciliano comparó con Judith, que se impuso a Holofernes, es decir, a la “peste”. Luego, la orden de los jesuitas difundió el culto en Francia, después de haber transportado a París (iglesia de San Luis) una de sus reliquias. Se le invoca sobre todo contra la peste y los seísmos. Esta veneración se popularizó, no sólo en Europa sino también en América, donde abundan los ejemplares, tanto pictóricos como escultóricos, ya que por su intersección, como decíamos, se protege contra los terremotos y epidemias mortales. |
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domingo, 31 de agosto de 2008 |
Por/José G. Rodríguez Escudero
FIESTAS DE LA SANTA
El cronista oficial de la capital palmera, Jaime Pérez García, nos informa en su obra Fastos biográficos de que, un hijo del municipio, don Blas Pérez de la Cruz, nacido en 1869 fue autor de una Representación en honor a Santa Rosalía, en verso, "que se estrenó el 3 de septiembre de 1896, durante la celebración de la fiesta que se lleva a efecto, todos los años, el primer domingo de septiembre, en la aldea de Monte Breña”.
El cuadro plástico, en origen una representación estática de escenas eminentemente sacras, tiene lugar al finalizar la procesión de la víspera, en la plaza de su ermita momentos antes de que el cielo se cubra de espectaculares fuegos artificiales. Actualmente estas escenificaciones, con la incorporación de efectos especiales e innovaciones técnicas, constituyen verdaderas representaciones teatrales. Una tradición de mucho arraigo en estas fiestas de Monte de Breña, al igual que en otras de Villa de Mazo, como en las de la Virgen de Los Dolores de Lodero y las de San Juan Bautista de Belmaco.
 Después el cuadro plástico, y antes de que el pequeño baldaquino con la hermosa y delicada talla entre en la ermita y sea entronizado en su retablo, se quema el “machango” y a la “machanga”. Como nos recuerda la investigadora Hernández Pérez sobre estas fiestas: “estos personajes –dos peleles- independientes que, como su nombre indica son hombre y mujer, van dando vueltas mientras dure la rueda de fuego que se les instala en una base a los pies de cada uno”. Nos recuerda Tomás Cruz Santos que estas figuras fueron “inventadas” por su abuelo Antonio Cruz, experto fogatero que tenía como misión la puesta a punto y la preparación de “los fuegos de las fiestas de la zona. Una vez los llevó a las fiestas de Montserrat de Los Sauces y el machango se cayó, los sauceros se le rieron mucho”. También recoge María Victoria que esto entristeció mucho a don Antonio. A la muerte de éste, su hijo y Matías Pérez López recogieron la tradición. El nieto rescató la costumbre después de varios años de olvido. Se recuperó para las fiestas de la Patrona de Monte Breña después de haber encontrado en su casa, empeñándose a que funcionasen de nuevo. “La machanga se la habían comido los ratones, pero el machango estaba perfecto, incluso el sistema que hace que una mano la rueda que sostiene dé vueltas. La machanga la sustituí por una muñeca y todos los años les ponemos los fuegos que hacen que se muevan y bailen”. La misma investigadora palmera termina recogiendo otras palabras de D. Antonio: “La gente y los niños se ríen mucho cuando los ven. El varón va vestido de «mago» y la machanga de «señora de baile»”. Nos informa así mismo que el machango, al mismo tiempo que gira sobre sí mismo, va haciendo girar una rueda –más o menos de su mismo tamaño- que sostiene en su mano derecha. La machanga siempre gira sobre sí misma. |
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