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 Cruces «callejeras» fueron las que dieron origen a las cinco pequeñas capillas que hoy se mantienen en pie, y probablemente también a la edificada en 1737 frente a la parroquia matriz, ya desaparecida. Ubicadas en zonas que podríamos calificar como periféricas, vista su ubicación sobre un plano resultan como baluartes de una imaginaria muralla sagrada que rodeara el centro histórico de La Laguna.
En torno a ellas se agrupaban los vecinos para enramarlas con flores y celebrar la fiesta del 3 de mayo, propiciando tal vez cierta rivalidad y que la gente recorriera la ciudad visitándolas. La transformación de estas cruces al aire libre en modestas capillas se produjo en nuestra ciudad en el siglo XVIII, y con especial vigor en sus décadas centrales. La capilla de la Cruz de Juan de Vera estaba construyéndose en 1720; la de la calle Anchieta —conocida como la Cruz de Moure— se abrió en 1758; la de la Cruz Verde fue bendecida el 1 de mayo de 1761, de modo que este año se celebra su CCL aniversario; la de los Álamos, que todavía estaba en la calle en 1752, fue reedificada en 1816; y sobre la de la calle de San Juan de momento sólo sabemos que su fábrica es posterior a 1709.
El paso de las cruces a capillas propició y permitió su enriquecimiento, de modo que salvo la de la calle Anchieta, las demás fueron revestidas con chapas de plata repujada decoradas con motivos vegetales, labor de anónimos plateros de la ciudad, donde, como se sabe, floreció especialmente este oficio. La de Moure, además, conserva interesantes esculturas y pinturas; y a la Cruz Verde eran trasladados varios cuadros del pintor Cristóbal Hernández de Quintana, ahora en la Iglesia de Santo Domingo. Este día se engalanan también la hornacina del Ecce Homo (esquina de las calles Juan de Vera y Anchieta), la Cruz de las Rivero (calle San Agustín, 56) y la de la Cofradía del Nazareno, en la de la Carrera, entre otras por toda la ciudad, algunas escondidas en la intimidad doméstica. Que esta costumbre haya llegado hasta hoy no es sólo un pequeño milagro, es también la mejor forma de conservar una parte fundamental de nuestro patrimonio. Por todo ello la ciudad tiene una deuda de gratitud con quienes se ocupan de mantener esta tradición.
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