Arcipreste de Hita Libro de Buen Amor Acercándose viene un tiempo de Dios, santo; fuime para mi tierra a descansar un cuanto, de entonces a ocho días era Cuaresma, tanto que puso por él mundo gran miedo y gran espanto. Estando yo en la mesa con don Jueves Lardero, Desafío que entregóme dos cartas un rápido trotero; la Cuaresma diré lo que decían, mas no lo haré ligero hizo a don pues las cartas, leídas, devolví al mensajero. Carnal.
De mí, Santa Cuaresma, sierva del Criador y por Dios enviada a todo pecador, a todos arciprestes y curas sin amor salud en Jesucristo, hasta Pascua Mayor.
Sabed que me dijeron que, hace cerca de un año, se muestra don Carnal muy sañudo y huraño, devastando mis tierras, haciendo muy gran daño, vertiendo mucha sangre; con disgusto me extraño.
Y por esta razón, en virtud de obediencia, os mando firmemente, so pena de sentencia, que por mí, por mi Ayuno y por mi Penitencia, vos le desafiéis con mi carta de creencia.
Decidle sin rodeos que de hoy en siete días, la mi persona misma, con las mis compañías, iremos a luchar con él y sus porfías; temo no se detenga en sus carnicerías.
Devolved al trotero la carta ya leída; que la muestre a la gente, no la lleve escondida; que no digan después que no fue conocida. Fechada en Castro Urdiales y en Burgos recibida.
Otra carta traía abierta y bien sellada, una concha muy grande de la carta colgada, que era el sello usual de la dama nombrada; la nota es la que sigue, a don Carnal mandada:
De mi, doña Cuaresma, justicia de la mar, alguacil de las almas que se habrán de salvar, a ti, Carnal goloso, que nunca te has de hartar, el Ayuno en mi nombre, te va a desafiar.
De hoy en siete días, a ti y a tu mesnada haré que en campo abierto batalla sea dada; hasta el Sábado Santo habrá lid continuada, de muerte o de prisión no tendrás escapada.
Leídas ambas cartas, comprendí lo ordenado, vi que a mí me tocaba cumplir este mandado pues no tenía amor ni estaba enamorado; a mi huésped y a mí nos puso en gran cuidado.
Yo tenía a don Jueves por huésped a mi mesa; alzóse bien alegre, de lo que no me pesa. Dijo: -“Yo seré alférez contra la infeliz esa; yo lucharé con ella, pues me tienta la empresa.”
Después de darme gracias por el mi gran convid, fuese. Yo escribí carta y al Viernes dije: “Id a ver a don Carnal, todo esto le decid; que venga preparado el martes a la lid.”
Las cartas recibidas, don Carnal orgulloso, mostrábase esforzado, pero estaba medroso; no quiso dar respuesta y vino presuroso con una gran mesnada, pues era poderoso.
Amaneciendo el día del plazo señalado, Ejercito de acudió don Carnal, valiente y esforzado, don Carnal. de gentes bien armadas muy bien acompañado; Alejandro, ante ellas, mostraría su agrado.
Puso en las avanzadas muchos buenos peones, gallinas y perdices, conejos y capones, ánades y lavancos y gordos ansarones; allí se ejercitaban, cerca de los tizones.
Traían buenas lanzas de peón delantero, espetos muy cumplidos, de hierro y de madero, escudábanse todos con el gran tajadero; en perfecta comida, ellos vienen primero.
Detrás de los citados, están los ballesteros, los patos, las cecinas, costillas de carneros, piernas de puerco fresco, los jamones enteros; detrás de todos éstos vienen los caballeros. Las tajadas de vaca; lechones y cabritos que por allí saltaban y daban grandes gritos. Luego, los escuderos: muchos quesuelos fritos que dan con las espuelas a los vinos bien tintos.
Seguía una mesnada nutrida de infanzones: numerosos faisanes, los lozanos pavones ricamente adornados, enhiestos sus pendones, con sus armas extrañas y fuertes guarniciones.
Eran muy bien labradas, templadas y muy finas. Ollas de puro cobre traen por capellinas; por adargas, calderas, sartenes y cocinas. ¡Campamento tan rico no tienen las sardinas!
Vinieron muchos gamos y el fuerte jabalí: -“Señor, en esta guerra, no prescindas de mí, puesto que muchas veces lidié con don Alí; soy ducho en el combate y siempre en él valí.”
No había terminado de pronunciar su verbo, cuando he aquí que viene, velocísimo el ciervo. Dijo: -“Señor, me humillo ante ti, leal siervo; para poder servirte, ¿no soy acaso ciervo?
A la revista acude, muy ligera, la liebre; “-Señor, a la enemiga yo le causaré fiebre con sarna y con diviesos y haré que no se acuerde sino de mi pelleja cuando alguno le quiebre.”
Vino el chivo montés con corzas y torcazas, profiriendo bravuras con muchas amenazas: “-Señor -dijo-, si a ella conmigo la entrelazas no te hará mucho daño, aun con sus espinazas.”
Se acercó paso a paso el viejo buey lindero: “-Señor -dijo-, a pastar me echa hoy el yuguero porque ya no le sirvo en labranza o sendero pero te haré servicio con mi carne y mi cuero.”
Estaba don Tocino con mucha otra cecina, tajadillos y lomos, henchida la cocina, todos muy bien dispuestos para la lid marina. La Cuaresma, más lenta, demostró ser ladina.
Como es don Carnal muy grande emperador y tiene por el mundo poder como señor, las aves y las reses, por respeto y amor, se presentan humildes, pero tienen temor.
Estaba don Carnal ricamente instalado en mesa bien provista, sobre opulento estrado; los juglares, ante él, cual señor venerado; de todos los manjares estaba bien colmado.
Delante de sí tiene a su alférez humil, hincada la rodilla, en la mano el barril con que a menudo toca el son trompeteril; hablaba mucho el vino, de todos alguacil.
Cuando vino la noche, ya después de la cena, cuando todos tenían la talega bien llena, para entrar en contienda con la rival serena, dormidos se quedaron todos enhorabuena.
Esa noche, los gallos miedosos estuvieron, velaron con espanto, ni un punto se durmieron lo que no es maravilla, pues sus hembras murieron, y así, se alborotaron del ruido que oyeron.
Hacia la media noche, en medio de las salas, Doña Cuaresma entró doña Cuaresma, ¡Señor, Dios, Tú nos valgas! sorprende dormidos Dieron voces los gallos y batieron sus alas; a don Carnal y a su a don Carnal llegaron estas noticias malas. ejército.
Como había el buen hombre muy de sobra comido y, con la mucha carne, mucho vino bebido, estaba abotargado, estaba adormecido; por todo el real suena de alarma el alarido.
Todos amodorrados fueron a la pelea; forman las unidades mas ninguno guerrea. La tropa de la mar bien sus armas menea y lanzáronse a herir todos, diciendo: -“¡Ea!”
El primero de todos que hirió a don Carnal Combate entre los fue el puerro cuelliblanco, y dejólo muy mal, ejércitos de ambos le obligó a escupir flema; ésta fue la señal. combatientes y Pensó doña Cuaresma que era suyo el real. descripción del de doña Cuaresma.
Vino luego en su ayuda la salada sardina que hirió muy reciamente a la gruesa gallina, se atravesó en su pico ahogándola aína; después, a don Carnal quebró la capellina.
Vinieron muchas mielgas en esta delantera, los verdeles y jibias son, del flanco, barrera; dura está la pelea, de muy mala manera, caía en cada bando mucha buena mollera.
De parte de Valencia venían las anguilas, saladas y curadas, en grandes manadillas; daban a don Carnal por entre las costillas, las truchas de Alberche dábanle en las mejillas.
Andaba allí el atún, como un bravo león, encontró a don Tocino, díjole gran baldón; si no es por la cecina que desvió el pendón, a don Lardón le diera en pleno corazón.
De parte de Bayona venían los cazones que mataron perdices y castraron capones; desde el río de Henares venían camarones, hasta el Guadalquivir llegan sus tendejones.
Allí, con los lavancos, lidiaban barbos, peces; la pescada habla al cerdo: -“¿Do estás que no apareces? Si vienes ante mí, te haré lo que mereces. Métete en la Mezquita, no vayas a las preces.”
Allí viene la lija, en aquel desbarato, tiene el cuero muy duro, con mucho garabato; a costillas y a piernas dábales muy mal rato, enganchándose en ellas, como si fuera gato.
Acudieron del mar, de pantanos y charcos, especies muy extrañas y de diversos marcos, traían armas fuertes y ballestas y arcos: ¡negra lucha fue aquesta, peor que la de Alarcos!
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