Arcipreste de Hita
Libro del Buen Amor De Santander vinieron las bermejas langostas, muchas saetas traen en sus aljabas postas, hacen que don Carnal pague todas las costas; las plazas, que eran anchas, parecían angostas.
Se había pregonado el año jubileo y de salvar sus almas todos tienen deseo; cuantos en el mar viven, venían al torneo; arenques y besugos vinieron de Bermeo.
Allí andaba la hurta, con muchos combatientes, derribando y matando a las carnosas gentes; matan a las torcazas las sabogas valientes, el delfín al buey viejo arrancóle los dientes.
Los sábalos y albures y la noble lamprea, de Sevilla y Alcántara, entran en la pelea; sus armas cada uno en don Carnal emplea no le sirve de nada aflojar la correa.
Muy bravo andaba el sollo, un duro zagalón, en su mano traía gran maza de trechón; dio en medio de la frente al puerco y al lechón, mandó que los salasen con sal de Belinchón.
El pulpo a los pavones no dejaba parar, ni aun a los faisanes permitía volar, a cabritos y gamos queríalos ahogar; con tantas manos, puede con muchos pelear.
Allí luchan las ostras con todos los conejos, con la liebre combaten los ásperos cangrejos; de una y otra parte bien baten los pellejos, de escamas y de sangre van llenos los vallejos. Fernado Carratalá Teruel
Allí combate el conde de Laredo, muy fuerte: el congrio, seco y fresco, que trajo mala suerte a don Carnal; le acucia y le empuja a la muerte. Don Carnal está triste, inconsolable, inerte.
Cobrando algún esfuerzo, levantó su pendón, valiente y esforzado va contra don Salmón el cual de Castro Urdiales llegaba a la sazón; hizo frente el hidalgo, no le dijo que no.
Porfían mucho tiempo, ambos pasan gran pena; si a don Carnal dejaran, triunfara en la faena, mas vino contra él la gigante ballena; abrazóse con él, derribólo en la arena.
Casi toda su tropa estaba ya vencida, parte de ella muriera, parte se dio a la huida, pero, aun derrotada, siguió en la acometida; peleó cuanto pudo, con mano enflaquecida.
Ya conservaba pocas de sus muchas compañas; el jabalí y el ciervo huyen a las montañas, le van abandonando las otras alimañas, las que con él quedaron no valen dos castañas.
Si no es por la cecina con el grueso tocino -que estaba ya amarillo, pasado y mortecino y luchar no podía de gordo, sin el vino-, se encontraría aislado, rodeado y mezquino.
La mesnada del mar reunióse en tropel, Victoria de doña picando las espuelas, dieron todas en él; Cuaresma y no quisieron matarle, tuvieron pena de él prisión de don y, junto con los suyos, le apresan en cordel. Carnal.
Trajéronlos atados, para que no escapasen, ante la vencedora, antes que se librasen; mandó doña Cuaresma que a don Carnal guardasen y que a doña Cecina y al tocino colgasen.
Mandó colgarlos altos, a modo de atalaya; que, para descolgarlos, allí ninguno vaya. Pronto los ahorcaron en una viga de haya; el sayón va diciendo: -“Quien tal hizo, tal haya.”»
Mandó que a Don Carnal custodiase el Ayuno; cerrado lo tuviesen, no lo vea ninguno si enfermo no estuviese, o confesor alguno; que le diesen al día tan sólo manjar uno.
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