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Por/Julio Torres Santos
 Desde época bastante remota se han hecho o imaginado representaciones del Carnaval y de su antónima, la Cuaresma. De ellas, la que nos introduce mejor en el mundo de las creencias que han dado origen a tales personificaciones es la que reflejan los versos geniales del Arcipreste de Hita, que plasman la oposición entre dos períodos o, mejor aún, entre dos formas de vivir que se enfrentan en una cruenta batalla en la que las huestes de Doña Cuaresma (productos de la huerta, peces del Mediterráneo y del Atlántico,...) vencen a las de Don Carnal (jamones, tocinos, quesos suculentos,...). Así, tras una época de licencias de todo tipo, comienza una época de ayuno y abstinencia.
Los cuarenta y seis días que van del Miércoles de Ceniza inclusive hasta el Domingo de Resurrección son días de seriedad y recogimiento; tras un agitado periodo festivo, el tiempo de Cuaresma resulta silencioso y callado.
Desde época muy remota se prohibía dar culto incluso a los santos en Cuaresma, así como celebrar matrimonios y nacimientos y, por supuesto, todo tipo de juegos y espectáculos. Hubo leyes civiles que proclamaban este periodo como de excepción y los servicios religiosos se multiplicaban, así como las comuniones.
En suma, la Cuaresma se relaciona con una época de sermones, una época santa en la que las alegrías exteriores se limitan casi por completo.
La representación popular de la Cuaresma debía estar en consonancia con todo esto, por lo que a la gente no se le ocurrió otra cosa que representarla como una vieja, plasmando así el tipo contrario somática (y psicosomáticamente) al del Carnaval, gordo y opulento. El refranero popular está lleno de alusiones a tal visón de la Cuaresma: una mujer chupada y larga parece una Cuaresma, uno es más largo que la Cuaresma,... Una personificación popularísima de la Cuaresma es la que la representa como una dama con siete pies, uno por cada semana, portando en una mano una cesta repleta de hortalizas, legumbres y pescados, en la otra, un bacalao.
Como escribió el genial poeta Verdugo, La Laguna es “ciudad de conventos y de huertas”, descripción a la que habría que añadir la riqueza piscícola del término municipal. Por ello no resulta difícil establecer una clara analogía entre todo lo dicho hasta el momento sobre la Cuaresma y el profundo recogimiento que emana la ciudad en esta época. Desde luego, es fácil imaginar a La Laguna como esa dama de siete pies, seria, respetuosa y respetada, reclamando y anunciando el fin de los excesos, el advenimiento de la espiritualidad.
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