Por/Fidel Campo Sánchez A vista de Berode
Comienza el día luctuoso del Viernes Santo y desde muy temprano se oirá por todas la calles de la ciudad, el desfile incesante de las gentes que confluirán hacia la Madrugada en la Plaza de San Francisco. Allí es esperada anhelantemente la aparición del Cristo de La Laguna, clavado en la Cruz, porque la devoción a esta bella imagen del Crucificado es también una de las que más hondo arraigo tienen el corazón de los tinerfeños y canarios en general.
 Fragmento Programa década de los 50: colección La Laguna Ahora A las cuatro en punto de la madrugada saldrá el Señor de La Laguna y bajo un respetuoso silencio, aparecerá ante aquella muchedumbre ilusionado y bendiciendo a todos. Marcha junto al Trono del Señor, la Pontificia Real y Venerable Esclavitud, disputándose el honor de permanecer ¡siquiera un instante a su lado!.
El secreto de esta devoción es ciertamente inexplicable, pues, se dan cita los que se alejan, los indiferentes, los pobres, los desdichados, los humildes, los acomodados, los pudientes, los impedidos que sin embargo jamás han dejado de hacer puntualmente su visita al Cristo todos los viernes del año en su Santuario. En ese Convento de San Miguel de las Victorias en el que estuvo sepultado el conquistador de Tenerife. Santuario del Cristo de La Laguna, con su torre, sus campanas, su cuartel de Artillería de Montaña, que no es solo un santuario lagunero, sino que lo es de toda la Isla, que se enreda a los píes del Cristo como esa pasionaria que antiguamente trepaba en torno a su Cruz de Madera, propia de la Madrugada, ya que todo, absolutamente todo, gira alrededor de esa venerada imagen.
En esta procesión no hay cohetes, ni campanas, solo las luces de las promesas y las velas de los Esclavos, que iluminan la oscuridad de la noche, acompañando al Cristo que con la Dolorosa, San Juan y la Magdalena dan vida y ritmo a las calles, en las que miles de personas, rezan, observan y miran su paso. Hasta hay un momento en que al subir el Cristo por la calle La Carrera, sonaba la Banda de Música Municipal, hoy desaparecida por políticas anticulturales, que inundaba el amanecer con el tradicional ”Adiós a la Vida”, mientras el cielo se iba tiñendo de azul de la amanecida. Los pajarillos alborotados revolotean en la vieja Plaza, piando con insistencia… Es el momento en que las voces del Coro del Orfeón La Paz, rompen de nuevo el silencio hecho música y elevan una plegaria al Señor.
Asimismo se disputaban el honor de portar al Cristo, Panchito, Perita, Manzanilla, Fagó, Jeromito, Daniel y Sastrón y, tantos otros laguneros humildes, modestos pobres pero… con buen humor y temple como el genial Panduro que ante la insistencia de unos Esclavos, para que aceptara una gratificación, respondió, siguiendo los impulsos de su temperamento y generosidad, lo siguiente: “”Señores, aunque mañana no tenga para comer y mis hombros estén como un zumaque( molidos), no quiero nada por llevar a mi Morenito en la Madrugada. Y mirando fijamente al Cristo exclamó:” ¡ como pesas Señor, si lo sabré, que te llevo en mis hombros hace años, como me pesas Cristo de La Laguna”!
Es madrugada, en el fondo resplandeciente, en su Cruz de madera noble, el Cristo de La Laguna, así de sencillo, la imagen más antigua de la Isla. De El puede decirse que forma parte de las simientes de la ciudad. Anda su sagrado nombre en coplas y romances de ilustres poetas, que lo han cantado en todos los tiempos.
Es en La Laguna, una presencia indiscutible, pues toda su crónica da vueltas a su alrededor. Cronistas e historiadores y sobre todo los poetas recogieron en sus versos la Madrugada, en la que la fe de un pueblo que reza y canta coplas, guarda silencio cuando desfila ante El, la imagen del crucificado. AMÉN.
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