|
La costumbre de intercambiar huevos de chocolate y de caramelo como obsequios de Pascua data de poco más de un siglo, pero el de huevos de verdad en primavera es una costumbre muy antigua, que precede en varios siglos a la Pascua. Desde tiempos muy remotos, en muchas culturas el huevo simbolizaba nacimiento y resurrección. Los egipcios enterraban huevos en sus tumbas y los griegos los colocaban sobre las sepulturas. Los romanos acuñaron el proverbio “toda vida procede de un huevo”, y la leyenda asegura que Simón el Cireneo, que ayudó a Cristo a trasladar la cruz hasta el Calvario, tenia como oficio el de vendedor de huevos. Por tanto, cuando la Iglesia empezó a celebrar la Resurrección, en el siglo II, no tuvo que buscar muy lejos para encontrar un símbolo popular y fácilmente identificable. En aquellos tiempos, las personas adineradas envolvían con pan de oro los huevos que regalaban, y los campesinos solían colorearlos, hirviéndolos con ciertas hojas, flores o cortezas, o con unos insectos llamados cochinillas. Se empleaban las hojas de espinaca y los pétalos de anémonas para obtener el verde, el brote velludo de la aulaga para el amarillo, el palo campeche para el morado intenso, y los jugos de las cochinillas producían el escarlata.
A principios de la década de 1880, en ciertos lugares de Alemania los huevos de Pascua sustituían los certificados de nacimiento. Una vez teñido un huevo con un color indeleble, se grababa en la cáscara, con una aguja o un punzón, una inscripción que incluía el nombre y la fecha de nacimiento del destinatario. Estos huevos de Pascua eran considerados en los juzgados como prueba de la identidad y la edad.
En esta época se elaboraron a mano los huevos más valiosos. Obra del gran orfebre Peter Carl Fabergé, fueron encargados por el zar Alejandro III de Rusia como obsequios para su esposa, la zarina María Feodorovna. El primer huevo de Fabergé, presentado en 1886, media seis centímetros de longitud y tenía un exterior engañosamente simple, pero dentro de la ciscara de. esmalte blanco había una yema de oro que, una vez abierta, revelaba una gallina también de oro cuyos ojos eran rubíes. La gallina podía abrirse a su vez levantándole el pico, y con ello quedaba al descubierto una diminuta reproducción en brillantes de la corona imperial. Un rubí todavía más pequeño colgaba de esta corona. Hoy en día, el conjunto de tesoros de Fabergé se evalúa en casi quinientos millones de pesetas. Cuarenta y tres de los cincuenta y tres huevos que supuestamente produjo este artista se encuentran en museos o forman parte de colecciones privadas. |