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sábado, 21 de abril de 2007
 
El titular tiene una doble lectura: La Oficina es de Verdugo porque él fue uno de sus más carismáticos personajes; pero también fue su lugar de trabajo, es decir, su oficina.

 Por/ Julio Torres
 
 
Manuel Verdugo
Manuel Verdugo
Fundada el 8 de diciembre de 1944 por Enrique Fernández Remigio y Ramón Herrera Amaya, La Oficina tuvo sus orígenes en la antigua carbonería ubicada en la trasera del Teatro Leal, donde, junto con el carbón, se vendía el dorado vino herreño. Pero, el atuendo de sus clientes acababa mancillado por delatadores resíduos carbónicos; por lo que decidieron buscar otro emplazamiento más digno, que hallaron a dos pasos de La Concepción, en La Oficina. Para encontrarle un nombre hicieron varias propuestas; al final ganó el que hoy todos conocemos, precisamente apuntado por Manuel Verdugo. Fue La Oficina una de las tabernas literarias laguneras y la única que aún perdura. Sobre sus añejas y desgastadas barricas depositaron sus, al final, más o menos desequilibrados cuerpos, personajes de la notoriedad de: López Ruiz, Bonin, Nijota, Comado Bonilla, González de Mesa, Juan Oliva, Leopoldo Renciow..., figuras con diferentes profesiones e ideologías, pero con un punto de encuentro: charlar de literatura, de arte, de poesía, de política -siempre entre dientes- y, también, ¡cómo no!, de ese tema tan mundano y banal, práctica habitual de los laguneros, que es el "chismorreo". Si se hiciese una antología del chismorreo, nadie más preparado ni más mordaz que un lagunero; hablando "en plata", la amarilla prensa inglesa está "en pañales" ante cualquiera de las ingeniosas socarronerías de esos cultos contertulios de ayer y de hoy.
 
En definitiva, "la experiencia es la madre de la ciencia", y nadie tiene más práctica que los ensolerados en la Muy Noble, Leal, Fiel y de Ilustre Historia ciudad de San Cristobal de La Laguna.
 
Hay quien piensa que uno de los clientes de lujo de este local, síntesis de la personalidad lagunera, ecléctica entre lo mundano y lo trascendente, fue José María Pemán. Nosotros, sin desmerecer a este ilustre dramaturgo, atribuímos también esa categoría a Manuel Verdugo Bartlett. Nacido en Manila en 1877 e hijo del general Federico Verdugo y Massieu y de Julia Ignacia Bartlet de Tarríus, a la edad de 11 años ya escribía buenos versos, en muchos de los cuales hacía referencia a un autor que le apasionaba: Julio Verne.
 
Nadie como él supo captar esa dualidad inherente a la naturaleza de La Laguna, pues la describió como:

"Ciudad tranquila de los conventos y de las huertas..."
 
Pero, su monóculo también fue capaz de captar los organismos que vivían y viven bajo su epidermis superficial. Así conjugó esa caracterización conservadora de La Laguna con la ixónica metáfora de "clínica de urgencias":



Aquí está la de Tomás.
Si te parece mezquina
existen más por fortuna.
En esta triste Laguna
hay ventas en cada esquina.
 
 
Predicando con el ejemplo, Manuel Verdugo fue paciente habitual de estas clínicas que sanaban su ánimo y le hacían olvidar problemas, al mismo tiempo que enardecían su capacidad creadora. En ellas sin duda halló remedios para su controvertido espíritu.

Pero una fue su clínica predilecta: La Oficina, de la que escribió:

Tiene mucho de bar y de bodega
y también de colmado... Nadie llega
a definirlo de concreto modo.
Te diré con Bartrina: "no analices".
 Lleva el vaso fragante a tus narices
a tu boca después... y empina el codo.

Después de todo, para Verdugo se trataba de una clínica de urgencia, y nada había que analizar,sólo dejarse sanar por el "vaso fragante". Así lo explica en uno de sus más populares versos, que adorna las paredes de su oficina:

Contra la sed ardorosa,
es buena medicina
la inyecciónintra-vinosa;
para informes, La Oficina.
 
 
Image
 
Al trascribir estos versos evocamos el ambiente en que se gestaron: en un reducido espacio se congregaban interlocutores inteligentes y hábiles que, enardecidos por la euforia que producen los inmateriales vapores del vino - 2'50 el litro- y las más etéreas voluptuosidades del tabaco, que colaboraban a enrarecerlo, místicas musas, estaban al servicio de ordas de etílicos duendes invocados por Baco. Fluían entonces el humor, la ironía, las interminables charlas sobre literutura, poesía,..., siempre, eso sí, sin perder la compostura. Después de todo, Verdugo supo controlar las flaquezas del alma, que lo son si no se las controla; como ser inteligente supo reconocerlas y utilizarlas, permitiéndoles que tratasen de emerger para que lo iluminasen y luego relegar las al mayor de los olvidos.

 
Estas tertulias empezaron a languidecer a partir de 1951, precisamente al morir Verdugo, lo que demuestra que era uno de sus miembros más representativos.

En los versos que escribieron en las paredes de La Oficina -que aún conserva el reservado a los poetas famosos poetas del ayer lagunero, el visitante puede captar esa atmósfera intangible que es parte de la historia no escrita de La Laguna.


 
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