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Corpus Christi de La Laguna (II) JUSTAS PARA SOLEMNIZAR EL CORPUS CHRISTI (1684) Imprimir E-Mail
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martes, 13 de mayo de 2008
 
Por/Julio Torres Santos
 
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En 1684 las celebraciones del Corpus Christi en la ciudad de La Laguna fueron singularmente renombradas, según narra con pluma gongoriana y cortesana el clérigo don Juan González de Medina, beneficiado de la iglesia de Los Remedios, en Descripción y Aclamación solemne de las fiestas del Corpus, en la M. I. y  M.N. ciudad de La Laguna,
 
Las celebraciones de las que aquí damos noticia fueron organizadas por los diputados de fiestas del Cabildo y capitulares municipales, don José Tabares de Cala y don Luis de Alarcón.

Celebrose el Corpus Christi en el mentado año de 1684 en la parroquia de turno, que correspondió a la Concepción. En ella pontificó el obispo don Bartolomé García Ximénez, de grato recuerdo en Tenerife. Acto seguido, se organizó la procesión, presidida por las autoridades, la cual recorrió el trayecto de calles acostumbrado, y durante la misma, junto con las preces de rigor, hubo gran variedad de danzas y música, acompañados de un órgano portátil. Asistieron el gobernador y capitán general de las islas, don Félix Nieto de Silva, conde de Guaro, y el corregidor de Tenerife y Palma, don Juan Aguado de Córdoba.

Mención especial merecen los festejos populares con motivo de esta solemnidad religiosa. En la tarde del mismo día festivo se presentó la comedia titulada San Juan Bueno; el viernes inmediato, se corrieron toros; y el lunes siguiente se puso en escena otra comedia, La mujer contra el consejo.  Por aquel entonces el teatro funcionaba bien al aire libre, o dentro de los mismos templos, aunque cabe señalar el curioso dato de que en estas farsas teatrales no intervenían las mujeres, limitándose su papel al de meras espectadoras.

Pero, indudablemente, la parte más lucida y brillante de estos festejos populares fue una especie de justa celebrada el sábado, día 10 de junio, en la plaza del Adelantado. En ella tomo parte lo más granado de la nobleza, con el general Nieto a la cabeza, mientras que los engolados regidores perpetuos presenciaban el espectáculo desde los antiguos balcones del Ayuntamiento.
 
El llamado despejo de la plaza estuvo a cargo del corregidor, que entró caballero en brioso alazán, “y dando el paseo con la gravedad más atenta, dejó la plaza con la quietud más gustosa”. Aparecieron enseguida los padrinos de campo, don Esteban de Llarena Calderón y don Fernando Matías Arias y Saavedra, en sendos caballos andaluces, al frente de dos cuadrillas caballerescas. Las galas iban haciendo ostentación de los dueños, pues con lo costoso daban a entender el poder; por lo lucido, el buen gusto; y por lo grave, el señorío.
 
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Figuraba en la primera cuadrilla el general conde de Guaro, “cuya majestad en lo serio, representaba la persona en el garbo”. Ostentaba su adarga este mote: Si me alumbra, he de correr con un Sol por empresa. Era jefe de la segunda el Marqués de Lanzarote, como se llamaba don Juan F. Duque de Estrada, quien a la sazón se entraba en Islas. Le acompañaba su amigo el Marqués de Villanueva del Prado. “Hicieron la tarde breve porque epilogaron lo largo de los lucimientos con su entrada, despertando con su generosa fatiga la memoria de las más ilustres empresas”.  Lucía como mote el primero: No divide la distancia, y el segundo: La mejor quietud lograra, si lo más asegurara.

Cada brillante equipo ocupó su puesto; “tomaron sus adargas y empezó la escaramuza, que se executó con singular acierto”. Terminado el palenque, “en que tuvo el concurso nuevo motivo para la admiración, y mayor asunto para el aplauso”, la cabalgata desfiló por delante de las Casas Consistoriales; “soltaron un toro, acudiendo todos con las cañas y burlando su fiereza con los amagos”.

Para mejor evocar el sabor de esta justa, transcribimos en la contraportada interior algunos romances en los que el autor hace mención honorífica del porte y actuación de algunos protagonistas de la misma.

      Los dos Marqueses insignes,
Admiraron arrogantes;
El primero con asombro;
El segundo con donaire.
Valdés y Molina, a un tiempo,
Con unión fina, y brillante,
Lucieron sin división.
Que no lo admite su sangre.
     Don Juan de Herrera y Velasco,
Fueron émulos del aire,
En la carrera, al menor
Aviso del acicate.
    Baulén y Ponte, se vieron
Unos vivientes celajes,
En la unión veloz que hacían,
Partiendo y parando iguales.
Causaron los Samartines,
Al gran Bucéfalo ultraje,
Y a ser Alejandro vivo,
Les envidiara los lances.
Ardientes Boza, y Solís,
Fuego de los brutos laten,
Tal que pudiera encender
El frío humor de los Alpes.
 
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