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sábado, 17 de mayo de 2008
 
Por/Julio Torres Santos
 
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La visión de los viajeros

A lo largo de los siglos, especialmente entre el XVIII y el XIX, fueron muchos los viajeros que visitaron las Islas Canarias. Exploradores, naturalistas, historiadores, abogados, médicos, cosmógrafos, artistas, militares, matemáticos, sacerdotes... describen en innumerables relatos las peculiaridades de un archipiélago envuelto por esa especial aureola que confiere lo desconocido y lo diferente. Muchos son los datos que aportaron, sin embargo, entre estas múltiples narraciones son escasas las referencias a la celebración del Corpus Christi en La Laguna. Es por esto que reproducimos a continuación la visión de John White, médico irlandés que recaló en Tenerife en 1787 como miembro de una flota que pretendía crear una penitenciaría en Botany – Bay (Australia).
    
“Había observado que los habitantes de esta isla, en los días consagrados a la religión, se mostraban muy interesados por decorar las iglesias e incluso sus viviendas. Como nos encontrábamos allí el día de Corpus Christi, fui a tierra con el teniente Ball, oficial de refuerzo para ver la procesión. Antes de desembarcar habíamos tomado la decisión de evitar dar a los más devotos el menor motivo de escándalo, mientras dependiera de nosotros. Pero la experiencia nos demostró que el tema no era tan fácil. Cuando llegamos a la iglesia comenzaba a salir el Santo Sacramento. Este momento siempre es anunciado por el sonido de campanas y descargas de artillería. Tuvimos mucho cuidado de arrodillarnos, siguiendo el ejemplo de nuestros vecinos. Como el suelo estaba compuesto de arena y de pequeñas piedras que nos hacían esta postura extremadamente incomoda, nos vimos obligados a permanecer apoyados en una sola rodilla. No habiendo escapado este acto herético a la atención de uno de los santos padres que velaba por el sagrado cumplimiento del ceremonial, nos puso muy mala cara y nos trató con mucha descortesía; para calmarlo, doblamos enseguida las dos rodillas. Sin embargo, a pesar de esta deferencia, no cesó de expresarnos su vivo resentimiento por medio de gestos injuriosos. La procesión, a la que asistía el gobernador acompañado de los principales habitantes, regresó a la iglesia, que estaba ricamente adornada y en la que se quemaban una gran cantidad de cirios”.


La celebración de 1817
 
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Conforme con la concordia aprobada por Carlos V y confirmada por Felipe V, en 1817, por ser año impar, correspondió a la parroquia de Ntra. Sra. de La Concepción celebrar la festividad del Corpus Christi. Ésta comenzó el 25 de mayo. Domingo de Pentecostés, cuando, al toque de los clarines del Cabildo y el Regimiento, la voz del pregonero leyó el acostumbrado bando.

En esta ocasión, conforme a las Ordenanzas de la isla, correspondió al gremio de labradores, del que en aquel entonces era Domingo Díaz Alcalde y Hermano Mayor, cortar y traer el follaje de los montes, así como enramar y embellecer las calles del trayecto procesional. En el seno de dicho gremio se acordó quiénes habrían de ir al monte para cortar la rama, las caballerías y carretas que la transportarían al Lomo de la Concepción y las carretas y yuntas que tapizarían las calles, con sus respectivas cuadrillas y capitanes directores.

Cuenta Rodríguez Moure que en la madrugada de la noche del domingo siguiente comenzó la algarabía en las casas de labranza de El Tanque de Abajo, barrio de San Juan, San Francisco, Cruz de la Hiedra y calle Empedrada, pues los jóvenes se reunían para ir al monte, vestidos con los trajes de faena más pobres y deteriorados, “porque el breñal del monte se los desgarraba”. Amenizaron la marcha con rejijides o ajijides, charlas, risas y cantos a las muchachas que, medio adormitadas, salían a las ventanas a verlos pasar. Les esperaba una dura jornada, pero tenían la esperanza de buenas y abundantes raciones de pan, queso y vino, y mucha sería la desgracia si no lograban echarle el guante a un carnero ú oveja machorra que, sacrificada, descuerada y dividida en trozos y caldeada a las llamas, pendiente de una vara de acebuche, la transportaban a las tripas entre trago y trago de tintillo.
 
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Transcurrido el tiempo, en el albor de la tarde, once carretas abarrotadas de rama alta y baja y varias caballerías, también cargadas de follaje, subían por El Lomo de la Concepción. Mientras “rejijaban”, “dando brincos y tumbos”, los jóvenes descargaban y apilaban la rama, para después limpiarla y cargar con ella las carretas que, hacia las doce, se dirigieron hacia las calles del trayecto procesional, depositando una carreta en cada centro de las distintas cuadras.

Por la tarde, las muchachas de los barrios de los labradores, convenientemente comandadas “por mujeres de asiento y todo crédito”, comenzaron el deshoje de la rama. Entre éstas y los afeitadores de gajos se inició, como siempre, un continuo tiroteo de pullas y dicharachos que no sólo a ellos y a ellas hacía pasar gratamente la tarde.

Ya en la aurora del miércoles, el ruido metálico de las barras de hierro que abrían los huecos necesarios para introducir las varas enramadas, al rebotar sobre las piedras del pavimento, despertó al vecindario de las casas limítrofes.

A las dos de la tarde, el capellán de la ermita de San Juan, de manteo y bonete y con la bandera de damasco rojo del Sacramento, sobre una mula bien enjaezada, comenzó la tradicional ceremonia de invitar al pueblo a las fiestas. Le precedían clarines a pie y los ministriles del Corregimiento, sobre caballos paperos. Delante, el pregonero, que gritaba: ¡ De orden y mandato de la M.N. y Leal Ciudad de San Cristóbal de La Laguna en Tenerife, y de su Cabildo, Justicia y Regimiento, se convida a este noble vecindario de caballeros, hombres buenos y escuderos para la sacra solemnidad de Jesús Sacramentado!

Al mismo tiempo, en las calles crecía el bullicio, pues los gremios de panaderos y molineros comenzaban a llenarlas de artefactos para la iluminación de la verbena de la noche: cada cuatro esquinas disponían un barril de harina lleno de maraballas rociadas de alquitrán y, por el centro de las calles, a modo de rosario, “a tramos como de a tres varas”, ganiguillos de barro cocido provisto de estopa  y mediados de alquitrán que incendiaban al unísono al comienzo del repique que en todas las iglesias anunciaba el fin de los Maitines. Este rústico alumbrado se completaba con los farolillos que pendían de las ventanas de las casas de los más pudientes o, en las de menos, con las bujías de sebo que colocaban tras los ventanucos superiores.

Pero el bullicio alcanzaba su cenit en El Lomo de la Concepción, donde se mezclaba el gran montón de brezo picado, a modo de mortero, con flores de retama amarilla, hojas de rosas, marañuelas y florecillas blancas de guaidiles y poleos, cuyo aroma y fragancia embalsamaba el ambiente, a medida que se manipulaban.

Y llegó el día del Corpus Christi. El 5 de junio, al despuntar el alba, la esquila de las iglesias comenzó a llamar a los fieles a Misa.

Desde las siete, las muchachas labradoras, ataviadas con sus mejores galas, comenzaron a distribuir el follaje por el piso del trayecto procesional. Mientras, los muchachos se acicalaban, tras haber dejado convenientemente engalanadas a  las parejas de bueyes que tirarían de las carretas.

A las diez y media, las cinco compañías del Batallón de La Laguna salían de su acuartelamiento para dirigirse al Lomo de la Concepción. Les precedían, “junto a una turba de rapaces y chicuelos mayorcillos”, el batir del cuerpo de tambores y los acordes de los pífanos. El coronel acampó cuatro compañías en El Lomo, mientras la de veteranos se situó al pie de la torre de la iglesia.
 
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La procesión comenzó a las doce de la mañana, cuando el pregonero, con voz bronca y pausada comenzó a gritar: ¡Los gigantones, la “Tarasca”, la “Vicha” y los “Papahuevos”!. A su voz, estos fenomenales muñecos comenzaron a desfilar. Después el pregonero dio la voz a la danza, y la Danza de los Machachines comenzó a bailarse en torno a la vara de la que pendían las cintas, al compás que marcaban el tamborilero y los arpegios de la flauta.

Posteriormente llamó a los diferentes gremios, que empezaron a procesionar, terminando por el de labradores que, como los otros, acompañaba a su patrono, en su caso, San Benito Abad. Tras éstos, el Hermano Mayor del Santísimo, con el Guión Sacramental, precedía al trono, “bajo palio de respeto”, llevado por turnos de seis individuos de las distintas hermandades asistentes. Seis sacerdotes batían otros tantos incensarios. Cerraban la procesión las autoridades civiles y militares.

La procesión cumplimentó su trayecto entre el ruido de las campanas de los templos y de los cañones disparados desde lo alto de la montaña de San Roque.
 
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