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miércoles, 21 de mayo de 2008
 
Por/Julio Torres Santos
 
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Los tapices de flores


Como acabamos de relatar, en La Laguna, al igual que en otros lugares de la isla, en los siglos precedentes al XIX, e incluso bastante avanzado éste, era tradición enramar y embellecer las calles por las que procesionaba el Santísimo Sacramento. Sin embargo, se trataba únicamente de una mixtura informe de brezo con pétalos y flores más o menos aromáticas y de diverso colorido.

Fue en La Orotava donde se generó la original y creativa idea de transformar esa ecléctica mescolanza vegetal en un tapiz no menos aromático que representase la ofrenda imaginativa de su creador al Santísimo, al mismo tiempo que una suerte de alfombra, tan sutil y efímera que sólo Él la pudiera pisar.

Tal idea partió de doña Leonor Castillo de Monteverde, en torno a 1847, pues la celebración del Corpus en La Orotava había decaído bastante. Ella diseñó una alfombra que, con motivos barrocos, se confeccionó frente a su casa. Alentadas por su empuje, siguieron su ejemplo otras familias, como los Sres. Lercaro, Díaz-Flores, García Lugo, Bethencourt Castro, conde del Valle de Salazar,...
 
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Basta con releer los apellidos antes mencionados para comprender que tales tapices florales no tardaron en cubrir las calles de La Laguna durante el Corpus -no en vano estas familias tenían su segunda residencia en nuestra ciudad-, convirtiéndose en una arraigada tradición.

También fue en el seno de la familia Monteverde donde se engendró esta tradición. La confección del tapiz floral en La Laguna fue tan importante para los miembros de esta familia que invertían gran parte de su tiempo en experimentar con diversos arbustos y flores, observando y analizando su textura, perennidad, firmeza e inalterabilidad, probando su estabilidad bajo diversos firmes (pavimeto, adoquines, estera), así como la persistencia de su aroma y los resultados de combinar aromas diferentes.
 
Esta compleja y cuidadosa investigación les llevó a descubrir una “misteriosa” flor que embelesó a todos los que contemplaron su tapiz. Con la misma flor, pero recogida en distintos momentos y tratada de diferentes formas, confeccionaban su tapiz. Y es que, según cuándo se recogiese y la forma en que se tratara, dicha flor ofrecía tonalidades y texturas muy diversas. El nombre de la misma fue uno de los secretos mejor guardados de la familia durante mucho tiempo, y en La Laguna, e incluso en La Orotava, llegó a ser un auténtico enigma que, afortunadamente, la familia Monteverde acabó desvelando: se trataba de la siempreviva que florecía en un barranco de Valle de Guerra.
 
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