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 La fiesta del Corpus comienza con misa solemne. Los pasos a seguir están codificados, como se recogen en los mandatos episcopales laguneros de Martínez de Ceniceros de 1602. Tras ella tiene lugar la procesión. A su fin quedará expuesto el Santísimo “colocando ante Él mucha cera, conforme las posibilidades de la cofradía del Santísimo con todo ornato y estando siempre presentes dos clérigos con sobrepellices”. Después del canto de Vísperas y Completas se podía representar una comedia. Finalmente había una procesión con el Santísimo Sacramento bajo palio y con incienso dentro de la iglesia. La Octava se comenzaba cada día abriendo el sagrario o expositor del Santísimo Sacramento, dentro del cual se encontrará el Santísimo Sacramento con su viril y custodia. Se inciensa sin canto y a continuación se canta Tercia, Misa, Tantum Ergo, con incienso, versículo, oración y cierre del sagrario. Por la tarde era igual que por la maña después de vísperas. El día de la Octava por la mañana era como en los restantes días. Por la tarde después de Vísperas, sale la procesión en la que se llevará el Santísimo Sacramento a la parroquia donde se celebrará la fiesta al año siguiente. Las calles deberán estar adornadas, como ocurría en la fiesta, con sedas, ramos, hierbas, etc. si no se hace por ellas, se efectuaría por el interior del templo, como los otros días de la octava .
El eje central de la fiesta del Corpus, el que más distinción alcanzó dentro de la trama social, fue su procesión. En una sociedad jerarquizada los elementos simbólicos juegan un papel decisivo para codificar el papel que sus individuos traslucen y desempeñan en ella. nada como la procesión ejemplificó como representación de la Iglesia de Cristo. En plena batalla contra la herejía protestante esa simbiosis de Cuerpo de Cristo y de Cuerpo Social la privilegió como escenificación de la exaltación del Dogma y de la estricta división en clases y grupos de la sociedad. En 1629 el Prelado Cámara y Murga, tan riguroso y opuesto por otro lado hacia las expresiones de la religiosidad popular, hace una excepción bien significativa con esta celebración. Al dedicarle un capítulo exclusivo en las Constituciones Sinodales estaban significando su prevalencia y trascendencia para la sociedad de la Contrarreforma. Por ello manifiesta que “es la más regocijada y con mayor solemnidad recibida entre las fiestas del año, por su grandeza, culto y veneración que se debe al Santísimo del Altar; y así es justo se acuda con gran demostración y no se repare en el gasto que cada Iglesia pudiera hacer semejante día”. Por ello todas las iglesias deben “estar aderezadas lo mejor que se pudiere y las calles con doseles, tafetanes, tapices y sembradas con variedad de ramos, rosas y flores por cuenta de las fábricas, si las ciudades y lugares no acudieren por tener alguna costumbre y obligación”. En ese sentido no debe obviarse ni contenerse gastos en cera, hachas y cirios, animándose las cofradías a ganarse con ese derroche indulgencias en ese día y la Octava .  Ese interés en jerarquizar rigurosamente la sociedad está nítidamente presente y descrito con minuciosidad. Deben ir los pendones de las cofradías “ y tras ellos los santos de su advocación y título de dichas cofradías, conforme a la costumbre y antigüedad que tuvieren”. Sólo el pendón del Santísimo ese día irá más inmediato a la Custodia. La incorporaciones de los santos, luego tan criticada por la Ilustración, ocupa un lugar preferente para mover a devoción al integrar de esa forma el Corpus todas las devociones colectivas. Después de éstas irán las Cruces de las parroquias, a continuación las ordenes religiosas según su antigüedad. En esa jerarquización sí dará preeminencia al clero secular, algo por lo demás común de su posición en una época en la que el regular imponía su hegemonía. Coloca en primer lugar a los beneficiados enteros y medios, castigando con multas de dos ducados a los que lo contravinieren, pues no deben perder ese lugar destacado por encima de “las religiones” “hasta el último mozo de coro” .
Los mandatos del Prelado Francisco Martínez de Ceniceros (1597-1607), conservados en el archivo parroquial de la Concepción, insisten en ese orden jerárquico. Muestran la lucha contumaz del clero secular por ganar la prevalencia y el lugar preferente en la fiesta. Así refieren que no deben permitirse asientos levantados en la iglesia, ya que “si la ciudad quiere adornar y alfombrar su asiento, deberá adornar también el otro paralelo, pues el ornato de ese día no se hace para los hombres, sino para el Santísimo Sacramento, por lo que todo debe ser igual en la capilla mayor”. En ese orden jerárquico procesional, tras el clero secular, iría el Santísimo Sacramento. Le precederían los incensarios, el guión, el subdiácono junto a la cruz procesional, el diácono junto al preste, dos clérigos revestidos con capas y cetros delante del preste, éste, siempre detrás del Santísimo con la capa más rica que hubiera en cualquiera de las dos parroquias, un monaguillo llevando el misal, cuatro clérigos que llevarán las Andas. Para mantener tal orden, el alguacil de la iglesia velará por su efectivo cumplimiento. El vicario si lleva sobrepelliz irá en el mejor lugar junto al preste. Pero en todo se atendrá a su categoría. Si no es beneficiado, y por tanto viste con manteo irá detrás, aunque irá cumpliendo su oficio “mandando y disponiendo. A continuación iría el cabildo lagunero. Las hachas y cirios grandes, por su parte, alumbrarían en dos filas en medio de la procesión .
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