Por/Fidel Campo Sánchez A vista de Berode  Visitábamos hace unos días, la Iglesia de Santo Domingo, teníamos mucho interés en ver de cerca, una vez más, y sin prisas, los frescos pintados en 1948, por don Mariano de Cossio, con la inestimable colaboración del pintor don Antonio González Suárez, que representan escenas de la historia del Santo Rosario, batalla de Lepanto y milagros de la Virgen de Candelaria con retablos de personas muy conocidas de La Laguna de aquella época.
Estas pinturas son debidas a la iniciativa y celo del antiguo párroco de Santo Domingo, don José García Pérez. Podemos admirar los rostros del PIO XII, de Fray Albino, de don Domingo Pérez Cáceres, de los canónigos don José Ortega, don Bernabé González, don Heraclio Sánchez, don Serafín Velorio, don Jacinto Caballero, don Manuel Pacheco, don Antonio Marín, del Padre Francisco, famoso superior franciscano don José y Pedro Juan de seminarista, entre otros.
No faltaban don Manuel González de Aledo, don Andrés Acuña con el Estandarte, don Francisco Bonin, don Manuel y don Domingo Verdugo, el marqués de Celada, el conde Belalcázar que realizó en piedra los relieves que rodean el fondo del Altar Mayor. Infinidad de laguneros y laguneras, como la niña Asunción Riaño, las propias hijas de don Mariano con el uniforme del Colegio de las Dominicas, así como un autorretrato del autor.
Al salir del Templo pudimos contemplar con sorpresa la excelente cristalera, que dando al Coro y sobre la puerta principal, fue donada y tiene las escudos de los Duques de Medina y Rioseco y de los condes de Puebla de Montalbán y el título de Almirantazgo de Castilla.
Don Manuel Rodríguez de Acuña y Dorta, estudió Derecho en la Universidad de La Laguna, causando alta como Abogado en los Ilustres Colegios de Santa Cruz y del entonces Colegio de La Laguna. Fue brillantes escritor, amante de las artes y las letras, periodista destacado.
Perteneciente a la Ilustre casa de su apellido cuyo origen se remonta a los primeros reyes de León y Adelantados de Castilla con asentamiento en el antiguo Valle de Guerra.
Prestó servicios a su “Patria” como artillero, retirándose prematuramente con el grado de oficial, en el vecino cuartel de San Francisco, siendo por tanto Esclavo de la Pontificia, Real y Venerable Esclavitud de Santísimo Cristo de La Laguna.
Miembro del Instituto de Estudios canarios y de la Real Sociedad de Amigos del País de Tenerife. Perteneció al Ateneo de La Laguna y Madrid y a entidades como el Real Club de Hípica y al Gran Casino de la capital de España.
Miembro de la Nobleza de Madrid y de otras entidades aristocráticas de España
Traslada su domicilio a la Capital de la Corte, alojándose asiduamente en el Hotel Palace desde donde potenció el negocio familiar de elaboración de cigarros puros de extraordinaria calidad que competían con los cubanos y para cuya comercialización era muy importante relacionarse en ambientes cercanos al Ministerio de Hacienda y más concretamente a Tabacalera, compañía arrendataria creada para la administración de las rentas del tabaco que tantos problemas generó a los productores isleños de la época.
Dotado de una aptitud natural para las relaciones sociales y fruto de su asistencia a reuniones, fiestas y cocktailes con la aristocracia y nobleza de Madrid, conoce y contrae matrimonio con la Excma. Señora doña Bernardina de Sena Téllez-Girón y Fernández de Córdoba, duquesa de Medina de Rioseco y condesa de la Puebla de Montalbán
El diario “ABC” y la totalidad de la Prensa madrileña, se hace eco en sus columnas de crónicas de actualidad del enlace matrimonial que tuvo lugar en la Capilla del Palacio de la Nunciatura Apostólica, bellamente exornada con ricos tapices, reposteros y flores.
El nuncio de Su Santidad, monseñor Cicognáni, bendijo la unión del nuevo matrimonio. La duquesa vestía un elegante traje de seda negra y sobre el pelo llevaba una valiosa corona ducal de rubíes y brillantes, montada en platino. El novio usó para la ocasión el uniforme de Almirante de Castilla, propio del ducado. Fueron apadrinados por los condes de Barcelona, representados por sus altezas, don Fernando y doña María Luisa de Baviera. Como testigos firmaron el acta, por parte de la duquesa el marqués de Velada, el duque de Estremera, el marqués de la Florida y el duque de Sevilla representado por su hijo, francisco de Borbón.
Por parte del novio, su alteza real el Infante don Luís de Baviera, el almirante Arriaga, jefe del Estado Mayor de la Armada, el coronel Barba en representación del Capitán General de
Canarias don Francisco García Escámez, don Mariano Benlliure, don Joaquín Álvarez Quintero, don José Miguel de Sotomayor, don Luciano Urquijo, don Julio Bercedo y don Tomás Tabares de Nava, académico de la Historia que representaba a los hermanos del contrayente, don José y don Fernando.
A la ceremonia asistieron sus altezas reales la Infanta doña Mercedes de Baviera y la duquesa de Montpensier así como una destacada representación de jerarquías de las Ordenes Religiosas de Madrid.
Entre los numerosos invitados se encontraban embajadores, de Argentina, Santa Domingo, Estados Unidos, Cuba, Italia, Polonia, Inglaterra, Filipinas, Noruega, Bolivia. Agregados navales y el consejero de la Embajada italiana, marques de Cittadini. Los marqueses y marquesas de Murrieta, Mendigorria, Castronuevo, Valdivia, Vega de Arnedo, marqués de Tenerife, Prado Amero y Camposanto y una interminable lista de varones, condes, vizcondes y señores de la realeza.
Destacar que don Manuel se propuso construir un nuevo Templo para albergar al Santísimo Cristo de La Laguna, con ubicación en la ladera de San Roque, que diera frente a la Plaza. Le impidió cumplir su promesa una vieja controversia familiar que mantenía con una Orden Religiosa. No obstante debemos considerarlo como un auténtico embajador para los intereses de los canarios que le visitaban en su Casa Palacio, sita en el Paseo del Pardo número 22, donde solicitaban su intervención, consejo e influencia….
La Laguna, ciudad donde naciera nuestro Duque consorte tiene una deuda de gratitud que cumplir con el mismo, por lo que al menos debería dedicársele una calle, en recuerdo de personaje tan singular. Tarea que encomendamos a nuestra alcaldesa-diputada, doña Ana María Oramas, cuya familia es de arraigada tradición monárquica, detalle que sus sobrinos y parientes, seguro agradecerán profundamente. ASI SEA.
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