Domingo García Barbuzano Pregón leído en La Laguna el 16 de junio de 2007
La fiesta de San Juan no es una fecha más en el calendario de las celebraciones, ya que posee un día especial, donde la naturaleza, el hombre y las estrellas celebran una fiesta, cargada de gran poder y magia, y en la que los agricultores dan gracias por el verano, las cosechas, las frutas y disponer de más horas para cumplir con sus tareas. La celebración del solsticio de verano surge porque se creía al principio que el sol no volvería a su esplendor total, pues después de esa fecha, los días eran cada vez más cortos. Por esta razón, surgieron las hogueras para simbolizar el poder del sol y ayudarle a renovar su energía. Los orígenes de la fiesta de San Juan son muy anteriores a la religión católica, por lo cual se afirma que en la víspera del Precursor se abren las puertas invisibles del otro lado del espejo por las que se accede a un mundo mágico, donde, como sigue ocurriendo en la actualidad, las mujeres enamoradas sueñan y adivinan quién será su futuro marido, las plantas medicinales aumentan sus virtudes y, al dar las doce de la noche, los helechos florecen y dejan a la vista unos granos que llenan de suerte, fortuna y felicidad a quien los coja. La noche del 23 de junio está dedicada a San Juan en un esfuerzo por cristianizar las numerosas fuerzas que se manifiestan en esta mágica jornada, en la que la sociedad pone en marcha numerosos rituales de antiguo origen y profunda funcionalidad cultural. Por ello, hombres y mujeres manipulan diversos instrumentos simbólicos con la finalidad de luchar contra los diferentes males que les puedan perjudicar. Un hecho significativo es que el 24 de junio se celebra el nacimiento de San Juan, lo que no debería ser, pues los santos siempre son recordados el día en que murieron. En el caso de San Juan, la excepción se fundamenta en que el Bautista fue santificado en el vientre de su madre, y su venida al mundo representó una inmensa alegría por contar con el que iba a anunciar la proximidad de la Redención
En Evangelio de San Lucas cuenta que el padre de San Juan, el sacerdote Zacarías, se había quedado sin voz por dudar de su mujer, Isabel, al estar embarazada. Pero, cuando nació San Juan, su padre recuperó milagrosamente la voz, como se lo había anunciado el ángel Gabriel. La alegría que envolvió a Zacarías fue tan grande que encendió hogueras para anunciar a familiares y amigos el nacimiento de su hijo, siendo notorio que, cuando siglos después se cristianizó la fiesta, la noche del 23 de junio se convirtió en santa y sagrada, sin abandonar por ello su aura mágica.
Juan significa en hebreo “Dios es misericordioso” y otra etimología añade que “Dios está a mi favor”, y deseo que la venerada imagen esté esta noche junto a mí, en esta antigua iglesia, para hacerles llegar su encanto y virtud invencibles y que se imponga en vuestros corazones con la fuerza positiva del sol, con la viveza del fuego y con la protección de la planta mágica conocida como verbena, que aporta amor, paz y curación, ahuyenta males y atrae la fortuna.
Cuando tanto se ha hablado por parte de anteriores pregoneros de datos sobre la ermita, su fiesta, sus tradiciones, su hermandad y la propia imagen de San Juan, como investigador no pude resistirme a buscar algunos datos no muy conocidos de la celebración del Santo Precursor. Y fue en ese momento, cuando una de las pequeñas estrellas de la hoguera que encendí al comienzo de esta disertación, me iluminó unos viejos documentos en el Archivo Histórico Diocesano de Tenerife, atados con una cinta de color blanco que, desde su traslado del Archivo de la parroquia de La Concepción de La Laguna, nadie había desatado. Aquellos legajos me hablaron que con el alcalde Eugenio Sainte Marie, su sucesor Sánchez Rivero y el municipio, valiéndose de uno de sus concejales, distinguido caballero y católico, se suplicó infructuosamente la devolución de la ermita de San Juan, convenientemente enjalbegada y fumigada, ordenándose a su mayordomo, Fermín Cedrés, que entregara la llave del templo al obispo, ya que el citado responsable de la ermita había realizado la tarea encomendada. La ermita de San Juan fue desinfectada por haber servido de hospital de enfermos de viruela, a raíz del temporal que azotó a La Laguna el 14 de junio de 1898, y mejorada por la presencia de las tropas que albergó. El mayordomo Fermín Cedrés llevó a cabo la obra con la ayuda de varios devotos, dejando la ermita en perfectas condiciones higiénicas, arreglando la sacristía que sirvió de dormitorio a los enfermos y enjalbegando todo el inmueble. El 22 de junio de 1907, los vecinos pidieron al prelado que bendijera la ermita para que pudiera ser puesta de nuevo al culto.
El 8 de septiembre de 1885, la Vicaría Capitular de la Diócesis de Tenerife autorizó a los mayordomos de la Congregación del Glorioso San Juan Bautista que sacaran en procesión a San Juan en la forma prescrita para las rogativas, presidiendo la Esclavitud de San Juan Evangelista por ser más antigua que la formación religiosa del Precursor.
También es muy significativa la relación existente entre la Virgen de Candelaria y San Juan, ya que hay un dato que podría cambiar la historia pues se ha escrito que la epidemia de landres o peste entró en la ciudad en 1582 con motivo de desdoblar el día del Corpus unos tapices traídos de Levante para colgarlos de las ventanas y adornar el trayecto procesional, y que San Juan fue tomado como patrono y abogado de la epidemia que azotó La Laguna, por acabar con dicha enfermedad a raíz de las rogativas que hizo el pueblo a San Juan. Ante ello, me pregunto: ¿Por qué nadie ha valorado la traída de la Virgen de Candelaria en el citado año de 1582 a La Laguna (presten atención que esto es importante) como protectora por la epidemia de peste bubónica que azotó la isla de Tenerife? ¿No le echaría también una mano la Patrona de Canarias al copatrono de La Laguna?
El 27 de mayo de 1607, la Virgen de Candelaria es trasladada a La Laguna para que acabara con la plaga de langostas, y, al llegar la primavera, al ser la ermita de San Juan patronato del Cabildo, quiso colocarse en el templo la imagen de la Virgen Morenita, pero los Dominicos no lo permitieron. En 1624, Juan de Ninojosa y Vargas, mayordomo del Cabildo, se fue en caballo a La Orotava para visitar al obispo y pedirle licencia para depositar a la Virgen de Candelaria en esta ermita, pero ninguno de los técnicos del Archivo Municipal de La Laguna han podido encontrar si fue otorgado el citado permiso. Sólo sabemos que en 1650, la Virgen de Candelaria fue traída a la ciudad de Aguere por las sequías existentes y que paró en la ermita de San Juan para colocarla sobre andas y llevarla a varios templos de la ciudad y que fue conducida a San Juan antes de irse para su Real Casa, no diciendo ningún historiador si entró en el templo del Bautista. Quizá sería de justicia que un pequeño cuadro o imagen de la Patrona de Canarias se añadiera al rico patrimonio mueble de esta iglesia, con una leyenda explicativa de lo dicho, en memoria a los intentos del pueblo lagunero sin éxito para que la Virgen de Candelaria estuviera cerca de San Juan Bautista.
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