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domingo, 06 de julio de 2008
 
Por /JUAN RODRÍGUEZ DORESTE
Junio de 1961
 
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La Romería de San Benito se ha inscrito definitivamente en el cuadro de las grandes fiestas populares de nuestra región. Comenzó timidamente por ser la fiesta mayor de un barrio.

Poco a poco robusteció su organización y cobró entidad de fiesta campesina de todo un valle, todo ese anchuroso valle, jugoso y fértil, en que la vieja ciudad de La Laguna asienta la pulcra trama de su caserio, noblemente vetusto. Más tarde el encendido amor de los laguneros logró acrecer el área de la fiesta para convertirla, no en la romería de un valle ni de un pueblo, sino en la romería campesina de toda una isla que guarda celosamente el amor de sus mejores tradiciones. y en estos últimos años se ha dado un paso más a la jocunda cita del campo lagunero, fijada simbólicamente en las lindes mismas del estío como para despertar ecos de antigua paganía, siempre latentes en el alma de los pueblos viejos, han acudido romeras y romeros que han llevado a las engalanadas calles de la ciudad ecos, danzas y cantos de otras islas Lo que fué modesta anécdota local va a convertirse en suceso de categoría regional: he ahí el secreto: del creciente éxito de esta bulliciosa, alegre y pintoresca asamblea que todos los años se coloca bajo la advocación de un santo que fué también labrador. Buscando razones para fortalecer este carácter esencialmente regional de las fiestas de San Benito, podemos encontrarlas en dos grupos: las que se vinculan a la naturaleza de la ciudad de La Laguna y las que son expresión del anhelo de nuestro pueblo de preservar y cultivar su propia personalidad.

Ha ocupado siempre La Laguna una posición central, de tolerante y prestigiosa neutralidad, en las menudas contiendas que llenan muchas páginas de nuestra historia. Ello se debe, sin duda, a muchos factores: los anales de su antigua capitalidad, anteriores al despertar de aquellas pasiones de supremacía política que tanto conturbaron a nuestros abuelos; su tradición universitaria, académica y eclesiástica. el lustre de sus viejos profesores, de sus podas, de sus cenáculos literarios y de sus fiestas de arte, la irradiación, en fin, de su vida espiritual que siempre tuvo acentos de clásica serenidad. También contribuye a conferirle esa privilegiada situación marginal el atractivo que se deriva de elementos geográficos: su traza urbana y sus abiertas perspectivas que hacen de ella a la vez campo y ciudad, un campo lleno de íntima ternura y una ciudad cuyo sencillo empaque rezuma acogedora hospitalidad. En el fondo lo que nos atrae a todos es que constituye, sin disputa, la ciudad más entrañadamente canaria de todo el Archipiélago. Por ello no sólo está llamada a ser el mejor escenario de unas fiestas de tan acusada canariedad, sino que es deber de los isleños de todas las islas contribuir a que se afirme esa significación antológica de lo canario que La Laguna ha asumido siempre con plena dignidad, En cuanto a las otras razones que nos inducen a querer otorgar a estas fiestas un ámbito cada vez más amplio y una adhesión cada año más nutrida, hallan su raiz en el mismo amor de nuestra personalidad. Se disputan el mundo de hoy las fuerzas físicas - el vapor, la electricidad, la aviación, la energía nuc1ear- que tienden a la universalidad, a la igualdad, a la abolición de la distancia y de la diferencia, frente a las fuerzas espirituales, a las fuerzas psíquicas que sigen apegadas a la diversidad, a las distancias, a las costumbres, a los gustos, a los lugares. De un lado, pues, las fuerzas de la universalidad igualitaria, del otro las de la particularidad diferenciadora. El nacionalismo, un nacionalismo inteligente, puede ser una fuerza espiritual frente a la amenaza niveladora del progreso meramente mecánico. Tratemos de salvar la calidad frente a la cantidad, ha dicho un gran pensador. Este es el profundo sentido de estas fiestas en que los pueblos exhiben con orgullo el precioso legado de hábitos, cuitas, ritos, gestos, melodías y adornos que les confiaron sus antecesores. Cuando promovemos romerías como la de San Benito, no hacemos otra cosa que mostrar y defender nuestro tesoro.

El cual, como todos los tesoros verdaderos, tiene su hontanar en entrañadas vetas de la tierra, arrancado por la mano, el corazón y la fantasía del campesino, último gran señor de nuestras islas.
 
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