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domingo, 06 de julio de 2008
 
Por/Fidel Campo Sánchez
A vista de Berode
 
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Nos permitimos transcribir por su antigüedad, domingo 26 de septiembre de 1937 (periódico El Día), procedente de los archivos de nuestra difunta suegra, natural de Tacoronte, doña Adelina Galán y Hernández, el cual está producido y suscrito por B. BONNET.

“Empresa difícil ha sido siempre la de averiguar el origen de las imágenes tenidas en gran veneración por el pueblo. Las leyendas piadosas forjadas en su alrededor acerca de sus milagros y apariciones impiden en muchas ocasiones al crítico conocer la verdad, ya que a todas se les asigna una antigüedad exagerada o un origen fabuloso. Una de esas imágenes es la del Cristo de Tacoronte, de la cual apenas hemos conseguido documentos, a pesar del interés que dentro de la escultura española representa por la evolución artística que señala este tipo, relativamente moderno.

Durante un milenio, del siglo VI al XVI, el arte presentó al Hombre Dios siempre clavado en la cruz, y en ese milenio no se advierte variación alguna, salvo el perfeccionamiento en la técnica. Le estaba reservado a un genio como Miguel Ángel romper atrevidamente con la tradición secular: su Cristo en mármol de la iglesia de Santa María de la Minerva, en Roma, fue una innovación que causó sensación. Jesús aparece desnudo y abrazado a la cruz.

Esta concepción del gran maestro en nada se parecía a lo conocido hasta entonces y consagrado por la costumbre. Su Cristo más parecía una escultura pagana que la representación de un acontecimiento de nuestra religión, pero la innovación triunfó y fue seguida por los escultores, si bien la modificaron en sentido cristiano.
 
En España se acusa la nueva tendencia con el Cristo de Atocha, cuyo paradero se desconoce, y en Alemania con el Durero llegando hasta tiempos muy modernos. Por lo que se refiere a nuestra Península, se cuenta que estando en Madrid por el año 1630 la beata Francisca de Oviedo con el propósito de fundar un hospital en Serradilla ( Cáceres) con el producto de las limosnas que alcanzara, vio el Cristo de Atocha con la muerte y la serpiente en los píes, y entonces concibió la idea de obtener un Cristo semejante al que contemplara para que fuera el tutelar de su hospital.

Con este objeto se dirigió al celebrado escultor Domingo de Rioja. No correspondió el interés del maestro a las ansias de la beata; pensó el artista que una humilde y pobre mujer no tendría recursos para sufragar los gastos de la obra, y por ello daba largas a su ejecución: entendiéndolo así Francisca, ofreció al imaginero el puntual pago de su trabajo y le rogó indicara el madero en que había de tallar su Cristo, y ya señalado, no se separó de él.

Sugestionado Rioja por la devoción y constancia de aquella mujer extraordinario, hizo una de sus mejores esculturas, indudablemente se inspiró en Miguel Ángel, pero el espíritu cristiano que la anima, es muy superior a todo lo conocido con anterioridad en entendimiento religioso. Jesús está de píe abrazado a la cruz del cristianismo; su mano derecha señala el corazón que oprime suavemente, significando con ello que aceptó el sacrificio por amor, el píe izquierdo descansa sobre la serpiente. El triunfo de Cristo sobre la muerte y el pecado.

La escultura, obra maestra por su ejecución y vigorosa expresión, fue expuesta en la iglesia de San Ginés. El pueblo acudió a contemplarla, y la fama transcendió a palacio; Felipe IV quiso verla y fue trasladada a la capilla real donde recibió culto algún tiempo (1635-1637).

Trabajo costó a la beata Francisca recuperar la imagen, que al fin llevó consigo a Serradilla, donde aún se venera. El monarca quiso poseer una imagen semejante en su capilla, y encargó a Rioja una copia, que en efecto obtuvo. Ese Cristo se llamó de los Dolores. Es el mismo que hoy se conserva en la iglesia de los Jerónimos en Madrid y antes en la capilla de la V.O. Tercera de la iglesia de S. Francisco el Grande, a donde se trasladó el 3 de mayo 1639. Dicen los cronistas de la época que hubo solemnísimos cultos ese día, que se levantaron seis altares en los barrios de Madrid. Donde descansó la imagen, invirtiéndose en las fiestas 33.783 reales.

Por lo que se refiere al Cristo de Tacoronte, sabemos que don Diego Pereyra de Castro y don Tomás Pereyra de Castro Ayala, su sobrino, ambos regidores y capitanes, fundaron en 1662 el convento de Tacoronte, en solar ocupado por una ermita dedicada a San Sebastián, donde se colocaron la imagen del Cristo de los Dolores. Esa escultura es una copia, no del Cristo de Serradilla, sino del que existía en la capilla real, y que desde el año 1668 se venera en San Francisco el Grande, y ahora en la iglesia de los Jerónimos. Estos datos los hemos obtenido antes de comenzar la tragedia roja.

Las afirmaciones anteriores están corroboradas con el testimonio del historiador Núñez de la Peña, que coetáneo de estos hechos escribía en el año 1676, lo que sigue: “Está en la iglesia de este convento (Tacoronte) una devotísima imagen de Jesucristo nuestro señor, a lo natural, en píe, abrazado con la Cruz, llagado, y puesto el píe sobre un dragón; es de la hechura del que en la capilla real de su Majestad ha obrado muchos milagros” (pag.327).

El Cristo de Tacoronte quizá no sea una obra perfecta, pero tiene un realismo que conmueve profundamente. Es un magnífico estudio de la carne lacerada y sangrante que jamás ha sido rebasado; sublime creación inmortalizada en una soberbia escultura plena de angustia y vibrante de dolor”. B. BONNET.

NOTA.- Para este trabajo hemos consultado la obra del P. E. Cantera sobre el Cristo de Serradilla (Cáceres), y la historia de las iglesias de Madrid por E. Torno, así como a los historiadores de etas Islas”

Existen en el documento dos fotograbados, uno del Cristo de Tacoronte y otro con la siguiente leyenda: Fotograbado de la antigua estampa que representa el Cristo de los Dolores en la Capilla de la Orden Tercera en la iglesia de los Jerónimos, en Madrid. Una copia de esa escultura fue traída a Tenerife para el convento de San Agustín (Tacoronte). Las dos imágenes derivan del Cristo de la Victoria conservado en Serradilla (Cáceres); obra del célebre artista español Domingo de Rioja (1630-1635)



 
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