Por/José Guillermo Rodríguez Escudero
En toda la Isla se conoce a este importante inmueble solariego del casco urbano de Puntallana como “Casa Luján”. Este apelativo le fue puesto por don Jaime Pérez García -decano de los Cronistas Oficiales de Canarias y actual Cronista de la ciudad de Santa Cruz de La Palma- tras haber realizado una profunda investigación sobre la célebre familia de ese apellido. El popularmente conocido y admirado edificio está compuesto por un conjunto de dos plantas en forma de “L” y por un amplio patio exterior, amurallado y con una portada almenada coronada por una cruz que se orienta hacia el sur. Tiene un amplio corredor balaustrado a lo largo de toda su fachada. Desde el muro bajo que rodea el precioso templo parroquial de San Juan Bautista, la casona se puede apreciar al otro lado del barranco –hacia el norte- en todo su esplendor. A través de su historia se le ha conocido como recinto de diversas actividades. Tras haber sido una vivienda privada, pasó a ser juzgado del municipio y dependencias policiales, luego fue una escuela e incluso llegó a ser la sede del Consistorio puntallanero. Curiosamente también se usó como “corral para guardar temporalmente los animales extraviados”. Afortunadamente se ha conservado a través de los tiempos con su planta original gracias a las labores de restauración llevadas a cabo.
En el piso superior se aprecia una magnífica galería consistente en un amplio balcón cubierto por la prolongación del tejado que se apoya sobre unos pilares de madera de tea. Estos, a su vez, lo hacen sobre unas basas de piedra localizadas en la planta inferior. En ésta destaca un recinto abovedado, un horno y varias habitaciones al más puro estilo palmero y canario.  Garrido Abolafia, en su estudio sobre Puntallana, nos informa de que la casona se erigió “en tierras que pertenecieron a los antepasados del Doctor don Isidoro José Ferrera Arteaga de La Guerra, presbítero de la Parroquia de El Salvador, donde ejerció desde 1739 hasta 1774”. Enfermo de muerte, redactó testamento en agosto de 1776 ante el escribano Bernardo José Romero. Ante este notario declaró poseer “una hacienda en el lugar de Puntallana, con su casa de tea y teja que está en el pueblo con sus latadas de viña, compuesta de tierras de pan sembrar y árboles que heredó de sus antecesores…” Falleció una semana después y fueron sus albaceas los encargados de poner la hacienda “en remate por pregones ante el señor juez eclesiástico…” Se adjudicó a don Francisco de Paula Luján y Carta “soldado distinguido” quien la dejó a su muerte en herencia a su hijo de mismo nombre. Aquí aparece por primera vez el célebre apellido que da nombre a la mansión. Su sucesor fue don Manuel Luján y Lecuona, esposo de doña Juana Abreu. Al fallecimiento de aquél, la finca se dividió en tres partes para sus vástagos. Doña Tomasa de la Concepción compró la “casa, patio y sitio” por siete mil quinientas pesetas. De los trabajos de investigación de Pérez García, se desprende que dicha dama tuvo que hipotecar la finca. También informa de cómo ésta pasó a manos del Pósito de Puntallana, “entidad que había avalado a la mencionada señora en un préstamo no satisfecho”. En mayo de 1912, el “Pósito enajenó la finca a favor de don Juan Molina”. La Corporación Municipal alquiló el inmueble para situar una escuela de niñas hasta que lo compró en 1919 a su dueño de entonces, don José María de Castro y Felipe. El alcalde de Puntallana que suscribió el contrato de compra por siete mil seiscientas pesetas fue don Juan Concepción Rodríguez. Cuatro mil pesetas se pagaron al contado y el resto en cuatro anualidades. Desde esos instantes, la “Casa Luján” pasaría a formar parte del patrimonio del orgulloso Pueblo de Puntallana. |