Por/Fidel Campo Sánchez A vista de Berode.
Fueron uno de los principales establecimientos en La Laguna, hasta su cierre definitivo, que podemos estimar se produjo al final de los años cincuenta. Su ubicación se encontraba debajo de la casa que ocupa la Librería el Águila, Óptica Rieu y el antiguo Casino en dirección a la Concepción y en dirección a la Catedral, la casa de don Jacobo Melo, los víveres finos de don Enrique, la tabaquería Ayo, la antigua Telefónica y los Almacenes Ramos, al frente de los cuales estaba el amigo Manolo, el padre de “Minuto” Sus dueños y empleados eran personas muy atentas con la clientela y fundamentalmente se podía adquirir ropa masculina, no en la proporción de los actuales Almacenes Borrella y Wehbe, pero contaban con variedad de chaquetas, pantalones, camisas, gabardinas, abrigos, bufandas, corbatas, paraguas, guantes… Un señor muy conocido en La Laguna, intelectual, ex edil, miembro de la Real Sociedad Económica de Amigos del País e incluso miembro del Instituto de Estudios Canarios, fiel a las tertulias del Ateneo y del casino de la época, era un eterno solterón pero… mantenía relaciones amorosas, con una también conocida y bella dama, en expectativas de un futuro matrimonio, que por cierto nunca llegó a formalizarse, a pesar de que desde la República mantenían relaciones. Un día, a propósito de la onomástica de su amada, nuestro caballero visitó el establecimiento de Brumel, con la idea de adquirir un par de guantes para su novia, ya que por habérselos puesto para evitar el frío lagunero, se le rompieron, pues, se los colocó violentando la talla muy inferior a la suya. Al tiempo en que le atendían, entró una señora para adquirir un culot, pantalón corto de color rosa, muy de moda por aquellas épocas. La dependienta se equivocó al envolverlos y entrega a la señora los guantes y el culot a nuestro aludido caballero, que sin examinar el contenido del paquete, lo envía a su novia con la siguiente nota:”Querida Lola, en el adjunto paquete encontrarás un pequeño obsequio, en sustitución de los guantes que anoche tuve la mala suerte de romperte. No sé si te gustarán, pero son los mejores que había y la misiva seguía expresando: La dependienta que me los despachó, me enseñó unos suyos iguales, asegurándome que los había usado durante años, lavándolos tan solo una vez, por cierto que los tenía bastante sucios por el centro, seguramente por la poca atención y descanso que le daba a la pobre prenda. Desearía que te los pusieras y que “ninguna mano que no sea la mía”, tuviese la dicha de acariciarlos, pero me figuro que como tienes que salir de compras, otros también lo harán.
Como verán era un caballero muy celoso. También desearía que los tuvieras puesto esta noche cuando yo vaya para ver cómo te sientan, y ser el primero en estrecharlos fuertemente entre mis manos. Te recomiendo que no te los quites ni en el tranvía, ni en la cirila, pues el frío podría estropearte esa piel tan fina y aterciopelada que tienes. ¡Tuyo y hasta la noche, Fernando! Los nombres, por supuesto son ficticios, pero la anécdota es real y ocurrió tal y como la hemos contado. Dio lugar a que conocieran a un personaje, que era muy despistado y siempre llegaba tarde a las tertulias del Ateneo. Y cuando le preguntaban donde podrían comprar unos guantes, con gran enfado por parte de nuestro caballero aludido, les contestaba, que preguntaran a la Farmacia de Renedo, pues, el famoso don Joaquín, tenía y despachaba unos dediles magníficos, de procedencia alemana, de todos los colores y que se podían utilizar para misiones muy variadas. Se pasó la vida nuestro caballero, queriendo poner a prueba su cariño y sacó en consecuencia que le faltaba malicia o le sobraba inteligencia. Y así llegó, por la cuesta de la vida, el caballero cantando, recitando poesías, llevando la frente alta y el corazón en la mano. Han muerto muchos crespúsculos, han paso muchos años…es la historia de una boda, que no se llegó a celebrarse, mientras, una brillante comitiva lo miraba por la calle desfilar, y murmurando triste y pensativo:¡Es un amor que llevan a enterrar.“Mi espíritu es isleño, como los riscos donde vi la aurora”. Con mi recuerdo y respeto a aquellos laguneros como las niñas de Solís, Rosarito Mora, María Antonia Baucells, Lidia García, Manuela Marrero, cronista oficial de La Laguna, Yayita y Laureana Ríos y sobre todo a la gran María Rosa Alonso, cuyas obras completas acaban de publicarse y presentarse por nuestra alcaldesa Ana María Oramas. Para ella, para nuestra alcaldesa es para quien dedicamos salud y fuerzas, pues su vida es una gran peripecia, para que nos quede perdida en un triste y desordenado partido de intereses. Que todo su trabajo redunde en actitudes puramente democráticas, que den prestigio a la raza y a la tierra de mis amores e ilusiones. A sus píes y a los del Santísimo Cristo de La Laguna ponemos nuestro corazón y los de muchos ciudadanos y esperando no reciba sino rendidos homenajes. El único paquete no envenenado que le pedimos es que hable con nuestro amigo el Obispo (el señor de las Breñas) para que reponga la Escuadra de Artilleros. AMEN. |