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martes, 08 de julio de 2008
 
Por/Julio Torres Santos
 
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En un carro, rejijides, cantos, risas, guitarreos, ramas verdes, dos tablones: ¡Es un carro de romeros!

De todos es sabido que en la cultura canaria continúan  presentes algunas costumbres aborígenes. Puesto que numerosos aspectos de la misma, especialmente el folclore, encuentran en las fiestas una de sus mejores manifestaciones, no es raro que esta herencia esté presente en las romerías. Así, en varias de ellas subsisten los gritos de júbilo, conocidos como ajijides o rejijides y 1os toques de bucio, acompañados por la música del tajaraste.

Un buen ejemplo lo tenemos en la Romería de San Benito, en la que, desde sus inicios, los carros iban cubiertos de arcadas de hojarasca tierna y gajos de palmas y ramas de brezo. A la sombra relativamente fresca de esa bóveda vegetal se sentaban los magos, magas y maguitos, sobre unos tablones dispuestos a ambos costados del carro, sirviéndoles de respaldar los maderos laterales del tambaleante vehículo, que avanzaba lentamente. Sobre el acompañamiento musical hallamos una interesante anotación de Amaro Lefranc  a las coplas qué compuso para un concurso de isas y folías convocado por el Ateneo de La Laguna en 1927 y de la que reproducimos un fragmento:

Oíd... La rústica compañía manifiesta ruidosamente, su júbilo. Asistimos a la más absoluta de las anarquías “armónicas”: uno rasguea una guitarra; otro estira un acordeón; otro bate palmas; otro canta a voz en cuello; otro lanza al aire “rejijides” penetrantes; otro silba con estridencia... y todo sin la menor cohesión; cada uno por su cuenta, en un tono distinto, cual si anhelase únicamente producir más ruído que sus vecinos.
 
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El fragmento anterior es sólo un ejemplo que deja constancia clara de la presencia de los rejijides en nuestra romería, los cuales, según los expertos en nuestra cultura aborigen, se remontan a las fiestas celebradas en el Tagoror, previamente ornamentado con ramajes. De cualquier forma, sólo hay que escuchar algunos de estos gritos de júbilo para entender que su sencilla estructura y sus simples notas demuestran su origen ancestral. Sobre su sonido también encontramos referencias en las mencionadas coplas de Lefranc :
 
Pasó un carro de romeros. -¡Cuán gritan esos malditos!”, exclamó, bromeando, un forastero peninsular... “Parecen cacareos de pavos y relinchos dc potros”, añadió, refiriéndose a los ajijides...

Yo que lo oí, sentí deseos de replicarle pero, para no provocar una discusión, opté por quedarme callado.

Y un mago le contestó:
 
No son relinchos de potros ni cacareos de pavos. Son voces de gente humana. ¡Son rejijides de magos!

Y yo que creía haber evitado un incidente.

En las citadas anotaciones hallamos una explicación más detallada de lo acaecido.
 
Al parecer, cuando pasaba un carro de romeros, una voz dominadora se elevó de repente sobre el estruendo general. Era una maga esbelta y guapa que “violentamente, como presa de un arrebato de locura, profirió, hasta perder el aliento, un agudo y prolongado ¡tururururururú!”. A este grito de júbilo respondieron todos los ocupantes del carro, “en una especie de convulsiva carcajada, con un estrepitoso “Ji-ji-ji- jiji-ji-ji”. Entonces fue cuando el forastero manifestó su extrañeza ante los extraños gritos, y aconteció lo ya relatado. A continuación, Lefranc  le explicó que “Ajijides o rejijides, señor, llamamos aquí a esos salvajes relinchos humanos. Son (...) un equivalente atávico de aquel estrépito fiero que, según el bachiller Antonio de Viana, producían los guanches en ciertas ocasiones”.

Esos mismos ajijides son los que hoy escuchamos en boca de un grupo de laguneros que, recopilando la tradición, emiten, año tras año, sus: “tu-ru- ru-ru-rú, viva San Benito”, al que todo el grupo replica: “ji-ji- ji-ji-jí”, al mismo tiempo que hacen sonar los bucios y los tambores.
 
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