Estimado Sr. Director.
Mis más sinceras gracias por publicar las líneas que, en forma de opinión más o menos estructurada, envié a su periódico. El esfuerzo por “culturizarme” (reconozco que con la ayuda de los más jóvenes), digitalmente hablando, ha valido la pena.
Vaya por delante mi agradecimiento por el apoyo a mis reflexiones de uno de sus colaboradores, el Sr. don Fidel Campo, en su artículo del 18 de agosto del corriente. Sin embargo, aunque captó la esencia de lo que quería expresar, cuando hablaba de que la decisión de Obispo–ya sabemos cuál- transmitía a los católicos (o cristianos…si se quiere, creyentes) el mensaje subliminar de que las oraciones y las promesas son banales y fútiles, puso en mis líneas, palabras que no escribí, como “Sr. de las Breñas”, “ínclito” o, subyacentemente, “pecador”. A cerca del riesgo de estos calificativos o similares, me referiré más adelante.
Antes quiero expresar mi acuerdo con algunas de las afirmaciones del mencionado colaborador, como la que hace referencia a los siete pecados capitales y a su correspondiente antítesis en forma de milagrosa cura (“a buen entendedor…”) Y también mi desacuerdo con otras; algunas me parecen desafortunadas y otras peor que eso.
Me parece desafortunado titular la colaboración a la que me refiero como “epístola”.Ello es perfectamente lícito y estilísticamente correcto, pues merece tal denominación un “escrito enviado a una persona o grupo de personas, que habitualmente toma la forma de carta”. Es más, estamos hablando de una forma de expresión que, con el Renacimiento (quizá, mejor con el Humanismo, pues fue la filosofía que lo sustentó) se transformó en un texto casi ensayístico, dignificado por un estilo exigente y formal, muy a menudo provisto de intención didáctica o moral. Sin embargo, para muchos cristianos, “epístolas” son las cartas de los Apóstoles, por lo que, si bien comprendo la licencia poética, no todos tenemos el mismo humor, y algunos podrían considerarlo una falta de respeto equipararse a los primeros seguidores de Cristo. En resumen, a veces los más veraces argumentos pierden fuerza por las formas, especialmente si éstas pueden ser interpretadas como mofa.
Entre las consideraciones que me parecen peor que desafortunadas se encuentran las que siguen. El estimado Sr. Campo introduce en este artículo elementos ajenos al debate, cuando seguidamente diserta sobre “los clérigos (que) deben dejar de sentir atracción erótica hacia los niños o adultos”. No es que quiera hacer oídos sordos, callar y/o volver la espalda a la “paidofilia”. Todo lo contrario. Pero es que me parece un tema tan sangrante, lacerante, doloroso, execrable (se me acaban los adjetivos más decorosos y sólo dispongo de otros de naturaleza escatológica que no apunto por dignidad y respeto a los lectores) que merece más que un párrafo; debe ser tratado seria y largamente, no “de paso”. Hablemos de la ausencia del ejército en las procesiones de Tenerife, de la de la Batería de Montaña en la del Stmo. Cristo, del porqué en una provincia, tan cercana geográficamente (similar, por lo tanto, sociológica y contextualmente hablando –tanto desde el punto de vista histórico, cultural y RELIGIOSO-), los tres ejércitos rinden honores a la Virgen del Pino, y, por el contrario, otras advocaciones como la de las Nieves, la Candelaria, Guadalupe o la de Los Reyes son privadas de tal honor. A parte hablemos de la pederastia, de las voces que se acallan y de las víctimas que obviamos, acrecentando, si cabe su dolor. Y si el Obispo se “manifestó a la ligera” o hay más calado en sus declaraciones, si se demoró en la respuesta a los medios o no,… opinaremos. Pero demos a cada tema su relevancia y su importancia. Flaco favor hacemos a las víctimas y a la dignidad humana si aprovechamos este tema, para eso, para sacar provecho.
Como soy de las que opinan que las promesas deben cumplirse, sin paliativos, (¡qué triste es que cuando nos empeñamos en ello se nos impida!), paso a opinar, como dije más arriba, sobre algunos calificativos que vierte el Sr. Campo, sobre el Obispo, que en realidad son “descalificativos”. Como muestra, el siguiente botón, extraído de otra colaboración del Sr. Fidel Campo:
“El señor de las Breñas con esa estola folklorista y de colorines traída de su viaje a Guatemala, colgada del cuello que ha usado incluso para las inauguraciones de las bodegas de vinos que, sus colorines de mal gusto hacen que el pueblo la rechace así como a su portador, por ser muy dado a cuestiones contrarias a su ministerio. ¿En qué quedamos Bernardo, señor de las Breñas, en el duro o en las cinco pesetas?”
En buena lid democrática, las críticas se argumentan. Es decir, cuando no se está de acuerdo con una idea, una actitud o una acción, se expone el porqué. Esto es lo fundamental: argumentar. Si lo que hacemos es descalificar, ridiculizar, caricaturizar,.. los más poderosos y veraces argumentos pierden fuerza y toda credibilidad. De ahí mi crítica constructiva al Sr. Fidel: muchos de sus argumentos son interesantes y conducen a la reflexión. Pero se desvanecen en la descalificación “per sé”. Hagamos críticas constructivas, serias y respetuosas (como exige la democracia) a las decisiones del Sr. Obispo, para que éste no pueda escudarse en otra cosa que no sea la razón.
Creo, Sr. director, que debería vigilar las formas con las que se expresan sus colaboradores, para que estos no se pierdan en descalificaciones. Su periódico, lo loable de su iniciativa y la importancia de estas y otras reivindicaciones así lo exigen y merecen.
P.D.: don Fidel, sus artículos serían más respetados si una pluma tan prolífica y audaz como la suya separase “la parva del grano”. Sr. director, le pido humildemente que recapacite, para que no le pase a su periódico lo mismo que a otro de máxima tirada en la Comunidad Autonoma que ha perdido toda credibilidad, o como a cierta emisora de radio, que no hay quien tenga dos dedos de frente que la escuche.
Afectuosamente.