Por/Fidel Campo Sánchez A vista de Berode
 Panorámica de Santoña Vamos a recordar a un filósofo y dominador excelente de la palabra: don Felipe González Vicens.
Para encontrar una definición de su verbo, tan flexible, tan cálido, tan preciso, sería necesario recurrir a los grandes maestros de la antigüedad, a aquellos constructores de idiomas, que hacían un culto de la expresión promulgando que una verdad es tanto más grande cuanto más bellamente sea dicha.
Nuestro personaje, nació en Santoña (de nuestra Cantabria natal), en el año 1908. Cursó la carrera de Derecho en las Universidades de Valladolid y Madrid donde se doctoró. Se traslada más tarde a Oxford y Múnich para ampliar estudios, y comienza a publicar sus primeros trabajos doctrinales y sus traducciones de los más importantes maestros europeos de la Filosofía y el Derecho.
En el año 1935, con veintisiete años, don Felipe obtuvo la cátedra de Filosofía y Derecho en la Universidad de Sevilla, de la que fue separado en 1936, por circunstancias obvias e injustas, además de inhabilitado para ejercer docencia. Permaneció en el extranjero por especio de diez años, en las universidades de Berlín y Heidelberg, manteniendo extraordinarios contactos con los más relevantes juristas de la época.
Al recibir autorización para regresar a España, se incorporó en el año 1947, en la Facultad de Derecho de nuestra Universidad de San Fernando, en La Laguna en la que ostentó la cátedra de Derecho Natural, hasta su jubilación reglamentaria en 1978, pese a los numerosos y reiterados requerimientos de las universidades de Madrid, Valladolid y Sevilla para que se incorporara a su claustros prefirió permanecer jubilado.
Asistimos, pues lo admirábamos, a su última lección de cátedra, en junio de 1978, que versó sobre “El conocimiento del Derecho”
Había contraído matrimonio con una culta profesora, doña Ruth Dörner, que falleció antes que don Felipe, circunstancia que le afectó tremendamente.
Durante su larga etapa en nuestra Universidad de Canarias, desempeñó, en varias ocasiones, el Decanato de la Facultad de Derecho. Sus trabajos y conferencias adquirieron merecida reputación internacional, por su rigor jurídico y como original pensador crítico.
De su bibliografía merecen destacarse: La filosofía del Estado de Kant(1952), La Filosofía del Derecho como concepto histórico (1969), la Teoría del Derecho y el problema del método jurídico en Otto Von Gierke (1971), Fenbach y los orígenes filosóficos del marxismo (1976), La Filosofía del Derecho en Ludwig Knapp (1977).
Fue un incansable investigador pese a su precaria salud y avanzada edad, en definitiva un lujo para nuestra Facultad y para La Laguna. Su labor como traductor fue valiosa y ha permitido a los estudiantes de habla hispana conocer grandes obras jurídicas escritas en idiomas extranjeros.
En reconocimiento a su ingente labor docente el 5 de septiembre de 1987, recibió de manos del Rector, la medalla de oro de la Universidad de La Laguna y no perdemos la esperanza que doña Ana Oramas y González Moro, se acuerde de nominar una calle con el nombre de tan ilustre y prestigioso catedrático.
Fue su profesor adjunto don Jacinto Alzola Cabrera, recientemente fallecido quien con su talento, con su palabra, con su esfuerzo pedagógico descendía de las más altas cumbres de la retórica, al lenguaje llano pero seguro.
Y recordar, por último, la incorporación del amigo e ilustre letrado, don Rolando Rodríguez García, como adjunto de Derecho Natural, pero… en nuestra opinión, el profesor don Carlos de la Concha es el que más nos recuerda la escuela de don Felipe, ya que, igualmente cuida el verbo y la expresión, por lo que sería el único que podría explicar magistralmente la muerte de Sócrates, ingiriendo la copa de cicuta y diciendo, estas sus últimas palabras:”¡Criton, a Esculapio (médico de los cuerpos), le debemos un gallo, pagádselo y no lo descuidéis!”. |