Por/José G. Rodríguez Escudero
HAGIOGRAFÍA, CULTO E ICONOGRAFÍA
La historia de esta noble jovencita nacida en Santo Stefano Quisquina en Agrigento en 1130 nos informa de que llevó una vida solitaria e ignorada en una cueva del Monte Pellegrino desde los 16 años. Así lo había decidido para consagrarse a Cristo. En la puerta de la gruta había esculpido esta decisión en una roca: “Yo, Rosalía, he resuelto habitar esta cueva por amor a mi Señor Jesucristo”. La patrona de Palermo, Nápoles y Niza – pretendida sobrina del rey Guillermo II de Sicilia- murió cerca de esta ciudad siciliana en 1160 cuando contaba tan sólo con treinta años. Sus restos fueron hallados en 1624 por un cazador y fueron colocados en un sarcófago de plata que fue depositado solemnemente en la catedral de Palermo. Se cuenta que sus reliquias habrían puesto rápido fin a una epidemia de peste que devastaba a la población. El Papa Urbano VIII la incluyó en el martirologio romano fijando su onomástica el día 4 de septiembre, aunque también la Iglesia celebra su fiesta el 6 de marzo y el 15 de junio. El culto a esta Santa italiana eremita se generalizó a partir de la Contrarreforma. No obstante, se supone que anteriormente, los jesuitas ya habían introducido la devoción en Roma a la Vergine Palermitana (Virgen de Palermo) en 1627. Fue “rival” de Santa Águeda de Catania (Patrona, por cierto, de Santa Cruz de La Palma), a quien un hagiógrafo siciliano comparó con Judith, que se impuso a Holofernes, es decir, a la “peste”. Luego, la orden de los jesuitas difundió el culto en Francia, después de haber transportado a París (iglesia de San Luis) una de sus reliquias. Se le invoca sobre todo contra la peste y los seísmos. Esta veneración se popularizó, no sólo en Europa sino también en América, donde abundan los ejemplares, tanto pictóricos como escultóricos, ya que por su intersección, como decíamos, se protege contra los terremotos y epidemias mortales.
En el Archipiélago canario es poco corriente su culto, aunque existen ejemplos interesantes en Tenerife y en La Palma.
Según su iconografía – se remonta al siglo XVII- se la viste simplemente con una túnica, ajada y ceñida, con un cordón. Cabellera suelta o cubierta la cabeza con tocas blancas. Su atributo personal es un pequeño fardo o talega y un bastón rústico (tal y como salió de su casa). Otros atributos se refieren a su vida de anacoreta y en conmemoración de su penitencia, un crucifijo, una calavera, etc. El cráneo, que inicialmente era un emblema de ascetismo, en la obra de Van Dyck se convirtió en el símbolo de la peste. No le falta a veces el buril con que grabó la inscripción antes mencionada. Con relación a su nombre, acostumbra llevar una corona de rosas -en alusión a su nombre y a su leyenda, y a manera de armas parlantes- , que recibe tal vez de manos del Niño Jesús o de los ángeles. El tema predilecto de los pintores italianos y flamencos es la santa recibiendo la corona de rosas blancas de manos de Jesús Niño. Otras veces se representa vistiendo el hábito de las agustinas
En nuestra imagen no se dan todos estos atributos, como veremos en la continuación.
|