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Por/José Guillermo Rodríguez Escudero
 
....Así mismo, se dedicaría en cuerpo y alma a una de sus pasiones: el Arte. Si bien ha sido conocida su labor como escultor, es precisamente esta faceta artística la que menos trabajó. De ahí el pequeño catálogo de obras suyas. En ellas, nuestro autodidacta, refleja una poca formación, tanto en dibujo como modelado, con la que contó desde sus primeros comienzos. El único maestro que pudo dejar en él cierta huella artística, según el profesor Fuentes Pérez, “fue Marcelo Gómez, cuyas formas barrocas servirían de base al iniciado Díaz. Pero los dominicos fueron los que marcaron su inclinación por todo lo relacionado con el arte”. Este polifacético religioso ocupaba su tiempo en varias cosas a la vez, lo que conllevó una falta de atención hacia su labor escultórica. Sin embargo, sus feligreses se lo perdonaban. No ya porque el resultado fuese una obra de alta calidad artística, que no lo era, sino porque procedía de una persona muy querida y admirada. Su arte se iba convirtiendo en una mescolanza de tendencias y estilos, sin una clara y precisa orientación. En Gran Canaria conoció al maestro Luján Pérez, que estaba concluyendo una de sus obras: el San Pedro Mártir de Verona para la iglesia de San Juan Bautista de Telde. El Padre Díaz pretendía con estos contactos recoger el máximo de ideas y soluciones técnicas posibles para poder ir concluyendo con sus propios proyectos y su ambicioso programa de restauraciones. No puede ser amparado dentro del alumnado de Luján, porque, aunque aprendió mucho con el polifacético maestro grancanario de las técnicas y la calidad del dibujo, se alejó bastante de él en cuanto al modelado. Don Manuel conocía muy bien sus limitaciones en el campo de la escultura. No se atrevió a realizar una obra que estuviera fuera de su alcance artístico, si bien más se aproximaba al estilo de su querido amigo Estévez que al de Luján Pérez.
En el cuerpo de su Crucificado, custodiado actualmente en la Parroquia de La Encarnación de Santa Cruz de La Palma -cuya cabeza se halla en la sacristía de la ermita de San Sebastián de la misma ciudad-, se encuentran unos resultados que se acercan más a la imaginería andaluza que a la canaria. Fue esculpido hacia 1862 y tiene 1,60 mts. de altura. Fue un encargo de la Cofradía de la Misericordia del convento franciscano, y aunque consciente de sus limitaciones y de su avanzada edad, quiso complacer a la hermandad y no desagraviarla. La figura de Cristo aparece con la mirada puesta en el Cielo, recordando a los Crucificados andaluces. Es probable que el Beneficiado Díaz conociese la obra de Franciscano Ruiz Gijón, el Crucificado llamado cariñosamente el Cachorro de Sevilla, mediante algún grabado o dibujo… Aunque el resultado nada tuvo que ver con este venerado modelo barroco, plasmó en su famoso Cristo palmero prácticamente las mismas soluciones. Sin embargo a Díaz escultor le faltó una mayor especialización en la escultura. Fue necesario haber permanecido junto a Luján o Estévez a fin de perfeccionar más su técnica y capacidad artísticas. Sus grandes compromisos eclesiásticos le impidieron desarrollar un método escultórico determinado. En cuanto al Cristo en la Cruz de La Encarnación, destaca el dibujo en cuanto se supo cuidar la estructura anatómica, pero el modelado es realmente mediocre, abundando las formas hinchadas, redondas. Se puso al culto precisamente en el año de la muerte del autor, 1863. Se encargó al polifacético artista palmero Aurelio Carmona, posteriormente, la ejecución de una nueva cabeza para el Señor a fin de corregir las diferencias que habían entre ella y el resto del cuerpo escultórico. Actualmente la cabeza del Cristo de Díaz (en madera policromada de 42 cms. de altura) se custodia en la ermita de San Sebastián de esta ciudad. Este busto carece de originalidad artística, aunque se observa un conocimiento del modelado. Según Fuentes Pérez, “parece como si hubiera querido hacer realidad el dolor de la cruz, pero le faltó fuerzas y conocimientos. Recuerda tibiamente el rostro del Cristo de Limpias, pero el enorme número de defectos en toda su ejecución –incorrecta posición de los ojos, con un claro estrabismo, deformaciones en los pómulos y en la oreja izquierda, así como en el acabado del cabello- indican la mediocridad del autor”.
Sí estuvo más comprometido con la pintura y las restauraciones, algunas practicadas en Tenerife. Si bien no se le conoce obra de caballete, sí concluyó complicadas representaciones murales, algunas lamentablemente desaparecidas. Aún se pueden apreciar en El Salvador un bello conjunto de grandes cortinajes rojos que decora la capilla mayor así como las de las naves laterales: del Señor del Perdón y de la Virgen del Carmen. El famoso pintor madrileño Ubaldo Bordanova Moreno pintó el techo del presbiterio. Los gastos fueron sufragados por el beneficiado Pedro Morera, según voluntad dejada en su testamento redactado en 1817. Hizo lo mismo en la iglesia parroquial de la Virgen del Rosario de Barlovento.
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