Por/José Guillermo Rodríguez Escudero
Las obras de la parroquia de El Salvador, iniciadas en 1818 y llevadas a cabo con el legado del mecenas indiano Cristóbal Pérez Volcán, se realizaron gracias al celo de los sacerdotes, Manuel Díaz y José Martín de Justa. Precisamente también a don Manuel se deben – según el alcalde y cronista Lorenzo Rodríguez – “todas las pinturas de jaspes, cortinajes, maquinarias del sagrario, escabel, velo negro y al segundo, toda la parte de arquitectura, en cuyo arte sobresalía”. El contraste con el retablo barroco que poseía la capilla mayor – célebre en el Archipiélago- fue notable. A aquél, dividido en tres cuerpos, con abundancia de elementos decorativos tallados y exceso de hornacinas para esculturas, se opone a la pureza de líneas del nuevo retablo, simple y a su vez grandioso marco arquitectónico de una pintura. Asimismo, el acondicionamiento de las capillas tuvo por objeto cambiar totalmente el aspecto que ofrecía el interior del templo, con profusión de altares barrocos y flamencos, adquiridos a través de los siglos anteriores. Las polémicas obras se realizaron con vistas a su adaptación a las nuevas exigencias del neoclasicismo que tanto amaba Díaz. Toda aquella decoración anterior, tan distinta a la actual, desapareció para dejar paso a un interior dominado por la severidad y simetría del arte clásico. Pérez Morera continúa diciendo que “orden, equilibrio y proporciones armónicas fueron, en efecto, las ideas que inspiraron a sus promotores, los presbíteros Díaz y Martín de Justa, para la reforma que dio por resultado el templo tal y como hoy lo conocemos”. Manuel Díaz influyó profundamente en todo el ámbito artístico de La Palma. Por ejemplo, hasta la lejana y antigua ermita de San Mauro – o San Amaro- Abad, del municipio de Puntagorda, llegaron las intervenciones dirigidas por el sacerdote, con la sustitución de los antiguos retablos perdidos durante el incendio acaecido en 1811, por los elementos neoclásicos ya en boga en ese momento. Lo mismo sucedió con el desaparecido retablo mayor de la parroquia de San Francisco de la ciudad estrenado el 8 de julio de 1848. Su ático estaba formado por una alegoría al Santísimo Sacramento realizado por el célebre religioso. Su influencia sobre los nuevos proyectos constructivos y estéticos era indiscutible. En uno de sus viajes a Tenerife llegó a pintar al óleo el cortinaje de la capilla mayor de la parroquia de la Peña de Francia en el Puerto de La Cruz, hoy desaparecido; también el de Santa Catalina de Tacoronte y las pinturas teatrales de la iglesia de la Concepción de La Laguna. Su visión técnica también lo llevó a colaborar en la planificación de la canalización del barranco de Martíanez, cuyas aguas se habían desbordado en 1826. Otro de sus logros más interesantes fue, en el sentido filantrópico, la creación de una “sopa económica” tras las desolaciones que afectaron a todo el Valle de la Orotava en 1828, con la que “pudo complacerse con la dulce satisfacción de alimentar diariamente a más de doscientos pobres”. En La Laguna dio muestras de su notable ingenio, pues en abril de 1831, “se acordó poner en funcionamiento la máquina de hilar seda costeada por esta Sociedad y dirijida por el Venerable Beneficiado Dn. Manuel Díaz, aceptando la oferta realizada por éste de enseñar una persona este nuevo método de sacar la seda con más perfección”. Precisamente en esta ciudad tinerfeña llegó a residir en un cuarto de la mansión del marqués de San Andrés. Recordemos que los avatares del rigor absolutista le obligaron a trasladarse a Tenerife durante dos lustros y allí contactó con José Agustín Alvarez Rixo (1796-1883), entonces alcalde del Puerto de La Cruz, el cual posteriormente redactará la biografía de nuestro clérigo.
Fue también tan querido en Gran Canaria que, en la iglesia de San Agustín de Las Palmas, en honra y memoria del Señor Díaz, se levantó tras su muerte un magnífico catafalco funerario, prueba de el cariño y respeto que le tributó el pueblo grancanario.
Sin embargo, toda su atención artística se centralizó en El Salvador de la capital de La Palma. No se podía dar un paso artístico si no se contaba con su beneplácito. Su figura se erigía como un “mecenas”, una “academia” en sí misma, una “institución” a la que todo el mundo obedecía. Entre muchas obras efectuadas en la parroquia podemos citar la llamada Mesa de Corpus – hermoso y enorme altar efímero que se colocaba frente al coro para el descanso del Santísimo Sacramento en la octava de Corpus Christi- , varios retablos, siendo el más importante el que se desarrolla en el altar mayor, que acoge el enorme lienzo del prestigioso pintor de la Corte, Antonio María Esquivel (1806-1857) y que representa la Transfiguración del Señor.
Practicó restauraciones de todo tipo, y dentro del orden escultórico, desechó muchas imágenes y tallas antiguas por considerarlas de poca calidad artística, y procedió a sustituirlas por otras. De las imágenes eliminadas del culto, se reservaba las partes mejor talladas, las que luego añadía otras con tal de completarlas. Un ejemplo es la pareja de los Santos Varones (confeccionados en madera policromada y cuya altura es de unos 1,56 mts.) que toman parte en la Procesión del Santo Entierro cada Viernes Santo y que ahora se custodian en la iglesia de Santo Domingo. En la década de los 70 estaban guardados en la ermita de San Sebastián, y mucho antes, en la parroquia de El Salvador. Sus manos pertenecían a unas imágenes del siglo XVII arrinconadas en El Salvador. Fuentes Pérez nos dice: “la diferencia entre el buen acabado de dichas manos y los rostros defectuosos de los Varones es extremadamente notoria”. Fuentes nos informa de que “fueron concebidos como dos altos dignatarios de la sociedad judía, quizá inspirados en personajes romanos, a pesar de ser candeleros. Los rostros ofrecen una pobreza extrema, pareciendo más bien mascarones modelados con cierto interés artístico”. Las dos efigies salían en andas independientes en dicha procesión hasta 1977, fecha en la que se colocan en una misma base bajo una cruz desnuda y otros atributos de la Crucifixión.
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