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EL «SEÑOR» DÍAZ (1774-1863) EL CURA ILUSTRADO (V) Imprimir E-Mail
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jueves, 04 de septiembre de 2008
 
Por/José Guillermo Rodríguez Escudero
                   
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La Cofradía del Carmen quiso encargar una nueva talla como titular de la misma y el Cura Díaz estimó que no debía de salir de su gubia, sino que era preciso encargársela a su gran amigo Estévez del Sacramento. La antigua pasó a la ermita de San Telmo, y cambió de advocación en Virgen de La Luz. El propio beneficiado hizo las gestiones para que la nueva imagen mariana fuera adquirida en La Orotava y desde entonces se venera en la capilla lateral de la Epístola de El Salvador. Consciente de sus limitaciones y de su incapacidad como buen imaginero, su mentalidad abierta y talante humano originaron que “no hiciera del arte un escudo móvil de su fama, sino supo plantear una cuestión educativa”. Su arte es eminentemente clasicista, pero sin esquemas fijos,  “en cuanto que tanto se inclina hacia soluciones barrocas como se ciñe a los programas escultóricos del siglo XIX”.

La antigua efigie de María Magdalena, modelada asimismo por Díaz en pasta de papel, había sido retirada de la procesión del Viernes Santo hacia 1945. Tras ser sustituida por la talla de Estévez -venerada actualmente en la parroquia de San Francisco-  Poggio Capote nos recuerda que “se cuenta alguna anécdota como fue la rotura de su nariz y posterior aderezo por Félix Martín en los años que se conservó en el umbral de la puerta de la sacristía de El Salvador. La estela de esta santa se prolonga más tarde en la ermita de San Sebastián de Santa Cruz de La Palma, donde su rastro terminó por desaparecer”.  El propio Poggio nos informa de que en la década de los sesenta se empleó como Dolorosa en la Cruz de Botazo durante las fiestas de mayo. El investigador palmero menciona otra de las obras de Díaz: el Señor Muertito. Una imagen “de aspecto amable, aunque carente del exhaustivo modelado anatómico de la imaginería procesional del barroco. La técnica empleada para la misma era la del modelado en papel encolado”. Una venerada imagen que desfiló en Santa Cruz de La Palma hasta el Viernes Santo de 1948. La talla era llevada unos días antes a la casa de la familia Vandewalle y Álvarez para su adorno. Se cubría con un mantón de manila y se presentaba a la adoración de los fieles. “Entrada ya la noche, acompañada por la cómplice intimidad de la oscuridad, la imagen era devuelta a la parroquia matriz”. Una anécdota curiosa se ha transmitido por tradición oral. Se dice que doña Rafaela Álvarez Álvarez (1856-1934), dama de la mencionada familia que se ocupaba del ornato del Señor en su casa principal, murió precisamente el 28 de marzo de 1934, cuando ya la imagen se encontraba allí. La capilla ardiente instalada en el salón de su domicilio estuvo presidida por el Señor Muertito y al lado, el féretro de doña Rafaela.
 
Afortunadamente, no llegó a emprenderse la reforma de todas las cubiertas  como se había proyectado en 1851, reemplazando por techos de cielo raso las espectaculares armaduras mudéjares que aún hoy podemos admirar. Ese año el beneficiado había manifestado su deseo de sustituirlas ya que, según su opinión, era el modo más adecuado para representar el espacio infinito y diáfano, en contraposición de la “pesadez y obscuridad” de aquéllas. Como bien anunciaba Pérez Morera, “hoy agradecemos la falta de medios económicos para afrontar este proyecto”.

La labor del Señor Díaz se ciñó a los jaspeados de apariencia marmórea y los cortinajes fingidos que decoran el testero de la capilla mayor. El mismo investigador palmero nos informa de que “la ingeniosa y teatral maquinaria que acciona el expositor del tabernáculo descubriendo la custodia con el Santísimo Sacramento, en la mejor tradición de la escenografía barroca y calderoniana, es también de su invención”. La reforma neoclásica se completó entre 1836 y 1840 con dicho tabernáculo y el retablo mayor, colocado el día del Salvador de 1841. Una obra que ha pasado a la historia como un símbolo del liberalismo palmero del siglo XIX y como un “altar masónico” (Pérez Morera), “hecho sorprendente que no tiene ningún otro paralelismo en el resto de España”.

Pero también el Cura Díaz cultivó el campo de la composición y la dirección de orquesta. Compuso varias piezas, siendo la más conocida el Miserere, compuesto ya en su vejez. Fue el primero en crear e introducir en La Palma la música de cámara. Fue un músico inspirado, compositor también de himnos eucarísticos y motetes para la Semana Santa, para la que modeló algunos pasos.

Hasta mediados del siglo XIX, La Palma no había producido sino obras menores dentro del teatro. Fue a partir de ese momento cuando comenzó el auge cultural del mismo, por autores nacidos y educados aquí. Por eso, el caso de Antonio Rodríguez López (1836-1901) –gran amigo y biógrafo de nuestro religioso- no tiene precedentes en el género creativo, aunque su formación partiría, hasta cierto punto, de la lectura de las obras francesas que le cedía su gran maestro, el Cura Díaz.
                   
 
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