Por/José Guillermo Rodríguez Escudero
Una de las hipótesis que se barajan en cuanto al origen de su liberalismo nos lo cuenta el biógrafo y amigo de Díaz, el también palmero Antonio Rodríguez López. Nos cuenta que en 1810 habían llegado a la Santa Cruz de La Palma un grupo de franceses hechos prisioneros en la Guerra de la Independencia. Don Manuel, consciente de que la “religión católica, que posee un idioma para todos los pueblos del mundo, la caridad, tenía necesidad de hablar á los prisioneros ese universal lenguaje y llevar á su ostracismo los consuelos de la penitencia sacramental”. Para ser el intérprete en la misión, procuró aprender el idioma francés para poderlos confesar y “traducirles el divino idioma cristiano”.
En la imprenta Ibarra de Madrid se encuentra el original de una alocución llamada Exhorto, pronunciada en el púlpito de El Salvador en 1820, “con motivo de haberse leído y jurado la Constitución de la Monarquía Española” en dicha parroquia, tras el triunfo del pronunciamiento de las Cabezas de San Juan.
“…Falsos políticos, rencorosos fanáticos, ¡qué vergüenza para vosotros! Esos liberales á quienes tratasteis de impíos y enemigos de todo bien, esos mismos han honrado el siglo presente con una revolución, que por sabia y virtuosa, grande y sublime no cupo jamás en la idea. Y vosotros los llamados leales, que ostentabais el título de defensores e la religión y el trono, vosotros deshonrasteis el mismo siglo con una revolución que principió en Valencia el 4 de mayo de 1814, y feneció en Cádiz el 10 de marzo de 1820. No digo mas que me lleno de horror…” Este mitin-sermón trajo consigo las mayores acusaciones de sus enemigos políticos, quienes lo acusaron de –como recuerda Paz Sánchez- “infidencia, motivo por el cual tuvo que abandonar La Palma en 1824, fijando su residencia en Tenerife hasta febrero de 1835”. El Padre Díaz había dado claras muestras de sus inclinaciones políticas desde que fue nombrado junto a David O’Daly, en 1808, representante de La Palma en la Junta Suprema de Canarias, en La Laguna.
Se asoció con todos los clérigos liberales –si bien él se erigió como la personalidad más destacada del grupo- : Vicente Cabezola, Domingo Carmona, José María Carmona, José Gabriel González, José Joaquín Martín de Justa, Leonardo Reyes, etc. Y contó con los demócratas: Silvestre Batista Abreu, licenciado en Derecho por la Universidad de San Fernando en 1830, fiscal en La Palma y juez en La Laguna; Juan Antonio Pérez Pino, doctor en medicina en la Universidad de París en 1825, Fernando Cabrera Pinto y José Alejandro de Medina Lorenzo, ambos licenciados en la Universidad de La Laguna y este último, además, director de la Sociedad Económica, director del Colegio de Santa Catalina y del Instituto de Segunda Enseñanza de La Palma. Todo esto hizo que a don Manuel lo acusaran de masón. Según el investigador De Paz Sánchez, no estuvo afiliado a la logia masónica, “pues la leyenda que dio pie a esta creencia, no sólo se sustenta sobre el hecho de la acusación de infidencia y destierro sobre su probado filantropismo o sobre sus ideas liberales, sino que, en última instancia, responde al afán reivindicando de la masonería sobre un personaje de la calidad humana de Díaz, hecho corroborado por el interés que los masones de finales de siglo (1897) pusieron en la erección de su estatua en la plaza principal de Santa Cruz de La Palma”. Esta escultura pública es magnífica obra del catalán José Monserrat Portella (1860-1923) y fue fundida en los talleres barceloneses de Francisco Masriera. El monumento se erigió gracias a la tenacidad del entonces alcalde de la ciudad, José García Carrillo, grado 33 de la masonería. Desde el año de la muerte del Cura Díaz (1863) se trató de elevarla, pero no sería hasta 1897 cuando pudo materializarse esta propuesta que contaba ya con numerosos adeptos. Ubaldo Bordanova confeccionaría los planos del pedestal. Según Fuentes Pérez: “se puede afirmar que, con estas conclusiones surgidas desde el púlpito de la parroquia de El Salvador, se inaugura lo que el historiador don Juan Lorenzo Rodríguez ha querido llamar el Renacimiento Palmero, que, en el campo de la cultura tuvo su primer brote en la apertura de la Escuela Primaria de la capital de la Isla, gracias a las ideas liberales que don Manuel, apoyado por el presbítero y arquitecto don José Joaquín de Justa, y del partido don Francisco García Pérez”. A través de sus viajes a Gran Canaria y Tenerife, se empapó de los acontecimientos políticos, sociales y artísticos. En Las Palmas destacaba Luján Pérez, toda una institución en el campo de la escultura desde principios del XIX, mientras que en Tenerife, sobresalía, entre otros, el artista Fernando Estévez del Sacramento. En el primero de los tres viajes que haría a Tenerife (1809, 1824 y 1830), don Manuel –de 32 años- conoció a este afamado escultor orotavense –de 21- . Una estrecha relación que daría como fruto la llegada a Santa Cruz de La Palma de un magnífico catálogo de obras suyas, consideradas las mejores de su producción, como el Señor del Perdón (pagado con el propio peculio de Díaz) y San Pedro Penitente, la Virgen del Carmen y los Ángeles Adorantes y Turiferarios, todas ellas en El Salvador-; la Virgen del Rosario, la Dolorosa y el Nazareno, en la iglesia de Santo Domingo-; la Magdalena en San Francisco, etc. “Debo mencionar el nombre de un venerable sacerdote, que cuenta hoy una avanzada edad, que vive en la capital de la Palma, querido y respetado, porque es en efecto, una celebridad que la isla puede presentar con orgullo; orador sagrado de primer orden, poeta distinguido, pintor y genio artista en todo el rigor de la palabra. Este digno sacerdote es el beneficiado Díaz, perseguido en su juventud por sus opiniones liberales. Todos los grandes sentimientos, lo mismo que las grandes ideas, tienen cierto vínculo de parentesco; y siendo esto verdad, ¿puede el sentimiento de las bellas artes dejar de hermanarse con el sentimiento de la libertad, ni podría el Sr. Díaz, siendo consumado artista, dejar de ser apasionado liberal?” Después de una vida de entrega a los demás, consecuente con su religión, lo que no le impidió luchar por sus ideales renovadores, el 5 de abril de 1863, en la madrugada de la Pascua de Resurrección, don Manuel Díaz cayó por las escalinatas de acceso a su amada parroquia de El Salvador. El alcalde Blas Carrillo Batista –secretario 1º de la Junta Soberana de la ciudad en 1868 y masón de alto grado y responsabilidad- en su panegírico sobre el sacerdote, dijo que estaba “dotado de un carácter franco y liberal, caritativo y sensible, humanitario y desprendido; fue el consuelo de la viuda, el amparo del huérfano, el albergue del pobre mendigo…”. El símbolo liberal de La Palma –en el sentido más amplio de la palabra- dejaba de existir y su muerte fue profundamente sentida en toda la Isla. “¡Gloria al ínclito Díaz!¡gloria, gloria al santo sacerdote, al noble anciano que supo hacer eterna su memoria en esta bella flor del océano! ¡su nombre queda en la palmense historia grabado de la Fama por la mano, y tendrá por patrióticos blasones el cariño de hermanos corazones”
Francisco Cosmelli y Sotomayor |