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sábado, 06 de septiembre de 2008

Por/José Guillermo Rodríguez Escudero
 
LA VIRGEN Y EL DIABLO.LA FIESTA, EL ARTE Y LA TRADICIÓN SE FUNDEN EN TIJARAFE.
 
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EL DIABLO
 
Tal vez por este motivo, al tijarafero de “pro” no le guste excesivamente el que las fiestas patronales en honor a su “Virgencita” pasen ya a conocerse y llamarse de forma generalizada por los forasteros como “Fiestas del Diablo”. En todo caso, las “Fiestas de la Virgen” o “Fiestas de La Candelaria” son su denominación original y verdadera. El Diablo es un acto.

En la madrugada del día 8 de septiembre, puntual con su cita con la multitud que anhela su presencia después de todo un año, el “Diablo de Tijarafe” hace su entrada sigilosa en la gran plaza de la Iglesia, cubierta a modo de cúpula de banderitas de todos los colores. En el programa se lee: “2,30 H. suelta del Tradicional “DIABLO” acompañado de gigantes y cabezudos”. Normalmente se hace esperar y aparece entre las 3:30 y 3:40.

La orquesta lleva un buen rato amenizando la verbena de la larga espera y el gentío tiene ya ganas de disfrutar con el baile de fuego. En estos últimos años, la organización ha estimado en más de 5.000 personas las que se dieron cita en la plaza y aledaños. Algunos mascarones (gigantes y cabezudos) anuncian la entrada del “machango negro” y marcan la cuenta atrás. La emoción se desborda. La hora ha llegado. Un elemento que también aporta más tensión a esos instantes es el hecho que nadie, excepto los miembros de la organización, sabe por dónde va a hacer su aparición el Diablo. Es una sorpresa y el secreto se guarda hasta el final.
 
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De repente, entre los claros y sombras de la plaza, surge la diabólica figura negra de grandes ojos rojos llamativos. El griterío de la sorprendida y asustada concurrencia es ensordecedor mientras la música de la orquesta arrecia con sus mejores piezas.  El “bicho” entra en la plaza escoltado por un grupo de voluntarios, a modo de cordón de seguridad, que trata de velar por que el acto se desarrolle según lo previsto, sin incidentes. Cada año se convierte en una tarea más difícil, por la aglomeración de público dentro del recinto. Otro gran obstáculo que encuentra el sufrido bailador, con una carga a cuestas de más de setenta kilos, es la acumulación de botellas, zapatos y otros objetos que deja el público en la plaza en su carrera y que puede hacer que el Diablo tropiece.

Una gran cantidad de voladores y fuegos de artificio van estallando desde el exterior de la carcasa que protege al valiente voluntario que lo baila. En estas últimas ediciones ha sido el tijarafero Ricardo García Castro quien ha hecho vibrar a su pueblo con su frenético baile de fuego. Un orgulloso lugareño que empezó bailando dos años los cabezudos y luego otros nueve los gigantes. A estos era más difícil manipular por su peso, ya que eran de yeso, y nadie quería bailarlos. Ahora son de fibra y pesan menos. Según cuenta Ricardo, el Diablo pesa entre 70 u 80 kilos, después de que se le ha colocado encima unos 30 o 40 kilos de pólvora. Cuando ésta prende, la temperatura interior puede alcanzar entre 50 y 60 grados.
 
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Primero se enciende la horqueta, luego el rabo y poco a poco se van quemando las distintas partes del cuerpo. Aproximadamente en los veinte minutos que tarda la danza, más de quinientas piezas de fuego de artificio salen disparados de la carcasa para iluminar el cielo en el ya “Día de la Virgen”. En la edición de 2004 estuvo encendido dentro de la plaza unos dieciséis minutos; en la de 2003 unos catorce y en la de 2002, debido a un error, tan sólo ocho minutos; en 2001 la quema duró diecisiete minutos… Ricardo decía: “sería feliz si pudiera estar una hora allí dentro corriéndolo con la gente”.
 
El público extasiado lo rodea e incluso lo provoca para que dance con más brío y disfruta con la gran descarga multicolor de fuego que inunda toda la plaza, causando más de una chamusquina en camisas y pantalones e incluso en alguna que otra melena. El “mito” popular es correr tras el Diablo y tocarlo.

Cuando se sitúa dificultosamente en el centro de la plaza, se produce la apoteosis de la noche: la cabeza explota entre aplausos, vítores y humo. El olor a pólvora se extiende por todo el pueblo y cuando el espeso humo desaparece, también lo ha hecho ya el Diablo hasta el año que viene.

Los orígenes más remotos del Diablo, según las investigaciones efectuadas por José Luis García Francisco, datan de la primera década del siglo XX. Inicialmente estaban ligadas a un personaje llamado “Cataclismo”. Algo más tarde, otros vecinos como Pedro Brito, Antonio Cruz y Osorio Martín crearon la figura del “Diablo”, bailándolo a principios de aquel siglo. Consistía en un armazón de madera y cañas, forrado con tela de sacos y sujeto por arcos. Más tarde se recubría con una lechada de cal para protegerlo del fuego. Luego llegó un pelele al que los lugareños bautizaron “Sinforiano”. Su figura era humana y se situaba sobre un barril que permanecía fijo en el suelo desde el cual un valiente voluntario movía por medio de unos hilos sus manos. En la boca, a modo de cigarro encendido, se hallaba una bengala que iba prendiendo fuego uno a uno los voladores que se encontraban en los dedos de su mano. Concluía el espectáculo con la quema de los cohetes alojados en la cabeza.

Aquella vieja carcasa pesada, más tarde de lata, fue, afortunadamente, sustituida por otra más ligera hecha de fibra de vidrio. Los tiempos cambian. Ahora la seguridad prima más que la espectacularidad. Esto no es óbice, sin embargo, para que la fisonomía tradicional del machango se siga manteniendo, incluso se haya mejorado.

Para el que baila el Diablo, o lo “corre”, como aquí se dice, esto es una tranquilidad añadida. Aquella asfixia que sentía el pobre bailador ha quedado reducida al mínimo. Ya en la edición de 2003, a sugerencia de la persona encargada de correr el Diablo, el mencionado Ricardo, se usó una pequeña botella de oxígeno que le aseguraba el constante suministro de aire mientras duraba la agotadora sesión de baile. Ricardo recuerda en el baile de 2002, cuando se encerró en humo y no podía casi respirar. Por un error toda la pólvora se quemó en poco menos de diez minutos. Por este motivo, otro elemento importante en la seguridad es la utilización de un traje ignífugo compuesto por un pantalón de amianto y un casco. Con ellos se completa la curiosa vestimenta del “Maligno”, tardándose tan sólo unos tres minutos en colocársela.

Aparte de los mencionados historiadores de nuestras costumbres populares,  también han sido dos estudiosas las que han profundizado en el “Baile del Diablo”. Me refiero a la periodista María Ángeles Sánchez – autora del libro  “Fiestas Populares. España día a día”-  y a la abogada e investigadora María Victoria Hernández – escritora de “La Palma. Las Fiestas y Tradiciones”. En estos dos excelentes trabajos, ambas tratan profundamente la “Fiesta de la Virgen y del Diablo de Tijarafe”, una de las más conocidas y multitudinarias fiestas del verano de La Palma.
 
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