La Opinión de los lectores/as
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Santiago Calzadilla Herrera
Sombras sobre la procesión del Cristo

Aunque hoy tocaba escribir sobre el descendimiento y la procesión del traslado, es tan grande el agravio comparativo con lo que vimos ayer en Terol, que bien merece escribir sobre ello para que puedan pensar y abrir los ojos, la imagen que precede este articulo lo aclara todo, unas veces sale mejor que otras y en Tenerife siempre nos toca la peor parte. Lo último que he oído sobre la procesión del Cristo de esta tarde, es que la procesión pueda tener un bajón tremendo achacable a la propia jerarquía eclesiástica, que no acababa de ver conveniente, el sacar al Señor de La Laguna de nuevo con sus artilleros por las calles, Las autoridades, naturalmente, acabarán más pronto que tarde autorizándola. Precisamente cuanto más se trata de reducir la religión a la conciencia individual, es más necesario defender el culto público, que la sociedad también debe rendir culto a Dios, por mucho que el Estado deba ser aconfesional, naturalmente. Fue precisamente Juan Pablo II el mayor defensor de la aconfesionalidad y de la libertad religiosa.

A mí me emociona todos los años ver, desde las filas del público, pasar al Señor de La Laguna. Siempre acudí con todos los niños laguneros, nos íbamos a ver formar a la Compañía de soldados en la Plaza del Cristo, y cómo se iban colocando después, en posición de descanso, más tarde firmes y presentando Armas, que yo todavía, años después, aprendí en la instrucción del CIR. Entiendo que cuando llegamos al grupo de artillería de montaña del Cristo, todos los laguneros queriamos ser Gastadores, para acompañar al Cristo en nuestra Procesión, la del honor de ser lagunero y artillero, esta gran manifestación, también militar, propia entonces del Estado confesional, no esta de más ahora, teniendo en cuenta la mayoría católica de nuestro país, que es lo que no quiere reconocer, por los compromisos y la sombra alargada de su valedor, el Obispo Bernardo. Así estamos. La tradición no cuenta, para los desarraigados que viven dando la espalda a la historia.