Por/J. Lavín Alonso
Creo que llega una época en la vida de las personas en la que, a falta de cosa mejor en la que echar el tiempo que les sobra, por aquello del jubileo, se sacan a pasear las nostalgias como acompañante mas asiduo. Se aprovechan, si los cada vez mas pertinaces y diversos achaques y alifafes lo permiten, las mañanas luminosas y las tardes tibias y soleadas del estío, que en este clima nuestro suele ser casi todos los días, y allá que vamos trenzando, mientras caminamos, una larga ristra de recuerdos, cada vez mas diluidos en le lejanía del tiempo y siempre bajo la intangible pero devastadora amenaza del mal que carcome las neuronas y disuelve la memoria en un mar de grisura inconexa.
No es raro, tampoco, que en estos pasatiempos peripatéticos nos asalte la nostalgia, ese extraño sentimiento agridulce que a veces sentimos por los episodios y recuerdos del pasado que conforman la memoria personal, hecha de vivencias, unas agradables y otras no tanto.
Acuden en tropel a la mente los recuerdos de amores incipientes o las peripecias de colegiales; los retazos que aun quedan en la memoria de lo sucedido en la transición de la infancia a la adolescencia, e incluso en el tránsito a la madurez, todo lo cual deja, en forma transitoria, afortunadamente, un poso agridulce en nuestro espíritu, y, como se dice en alguna parte de los Evangelios: quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
¿De que se nutre la nostalgia? El poeta Mario Benedetti apunta en uno de sus poemas algunas fuentes: cielos atormentados y tormentas celestiales, escándalos sin ruidos y paciencias estiradas; árboles en el viento y oprobios prescindibles; bellezas del mercado, cánticos alborotados y lloviznas como penas; perdones bien ganados – y si no es así, que le vamos a hacer. Pero todo ello, continúa el poeta, no arma la nostalgia; solo son simulacros. La única causa válida está en nuestro interior. En nuestro espíritu inmortal.