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EL SANTÍSIMO CRISTO DE LA LAGUNA PROCESIONÓ OTRO 14 DE SEPTIEMBRE Imprimir E-Mail
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domingo, 14 de septiembre de 2008
 
Impresiones de un lagunero en las fiestas mayores de su Ciudad, a modo de crónica
 
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Los días anteriores había llovido, incluso copiosamente; amenaza de un denso cielo gris que, algunos días del Quinario, llegó a despertar espeso y apretado de nubarrones, anunciando que, como siempre, “por el  Cristo, el otoño asoma en La Laguna”. La advertencia se había hecho presente en el preciso momento que, al finalizar la Procesión del Traslado, la imagen del Crucificado Moreno traspasó el arco de medio de punto que custodia las puertas de la parroquia matriz de la Concepción, como queriendo amagar, pero al mismo tiempo respetar a la Sagrada Imagen.

Sin embargo, la mañana del 14 de septiembre de 2008 despuntó luminosa, bajo el azul cálido, de ese índigo majestuoso, sereno, suave pero poderoso, que sólo puede lucir en Canarias, impregnado del reflejo de su mar Atlántico. Hasta el cielo quiso inaugurar, con toda su magnificencia, el día mayor de la Ciudad de los Adelantados, dando lustro y resaltando así la inerme suntuosidad de sus señoriales y centenarias piedras.
 
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Puntual a la cita, a las 10:00 a.m., el Estandarte Real, concedido, allá por 1511 por la reina doña Juana a la entonces capital de Tenerife, procesionó, con la asistencia de las primeras autoridades civiles y militares, desde las Casas Consistoriales hasta la Concepción, sede catedralicia. Puesto que ostenta “Honores de Infante” (privilegio que, tras la Constitución de 1978, sólo puede concederse a los miembros de la Casa Real, aunque se han respetado los históricos concedidos a algunos, muy pocos, bienes muebles, como tiene el honor de suceder con nuestro Real Estandarte), fue recibido, en los soportales del Ayuntamiento, con las doce salvas pertinentes y el ejército le rindió tales honores, escoltándolo y desfilando ante él. Éste, y no otro, es el motivo de la presencia de las tropas en las calles laguneras, si no, no podrían desfilar por motivos de todos conocidos.

Gratamente sorprendidos fuimos testigos de la numerosa afluencia de público en la Plaza de Abajo, para presenciar este acto; circunstancia ésta que nunca se había dado, al menos desde que nuestra memoria nos permite recordar. Esta nutrida concurrencia, que acompañó a la procesión cívico-militar a lo largo de la calle Carrera, se hizo multitud a las puertas de la Iglesia de la Concepción, donde el Estandarte fue recibido por el Cabildo Catedral, con el Sr. Obispo al frente.

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A las 11:00 a.m. había llegado a las puertas de la parroquia matriz la representación oficial de S.M. D. Juan Carlos I, Rey de España (q.D.g.), Esclavo Mayor Honorario Perpetuo, que ostentó el Excmo. Sr. D. Antonio Castro Cordobez, Presidente del Parlamento de Canarias, que fue cumplimentado por las autoridades civiles y militares y por el Esclavo Mayor, quien le hizo entrega del bastón de plata de la Pontificia, Real y Venerable Esclavitud del Stmo. Cristo de La Laguna. Cuando sonó el último acorde del himno nacional, poderosamente interpretado por la Banda de Música del Mando Unificado de Canarias, la multitud allí congregada irrumpió en cerrado y caluroso aplauso.

Seguidamente dio comienzo la solemne Celebración Eucarística, presidida por el Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Bernardo Álvarez Afonso, Obispo de la Diócesis de San Cristóbal de La Laguna y con predicación a cargo del Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Julián Barrio Barrio, Arzobispo de Santiago de Compostela. Como es tradición desde 1918, cantó la Santa Misa, el Orfeón La Paz.

Al término de ésta, se desarrolló la solemne Procesión del Retorno. Puesto que este año, el 14 de septiembre coincidió con un domingo, la afluencia de esclavos fue masiva e impresionante; aquellas largas filas de esclavos que inmortalizara en sus versos el poeta Verdugo, ocupaban, apretadas, ambos lados de la extensa calle de San Agustín y se perdían en la distancia. No en vano, la devoción al Stmo. Cristo de La Laguna supera los límites de la ciudad, de la isla y de la provincia; sin embargo, la celebración de su día sólo es festividad en la primera, por lo que muchos esclavos no pueden arroparlo en su día, dadas su obligaciones laborales. La feliz coincidencia de este año también lo fue para el pueblo canario, pues Lo acompañaron y rezaron ante Él fieles de los más distantes pueblos de Tenerife y de otras islas, como pudimos constatar. Entre el apretujado gentío destacaban anónimos soldados que presenciaban el paso solemne del Crucificado Moreno luciendo sus lustrosos uniformes de gala; como todos, se persignaban a Su paso y murmuraban su oración de respeto, devoción y rogativa. Él parecía escucharlos a todos y a todas y ampararlos con sus desnudos brazos abiertos, plenos de generosidad y misericordia.

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Abrieron la procesión las Cruces alzadas del Cristo, la Concepción y los Remedios. Aunque como laguneros de nacimiento y sentimiento no queremos enturbiar el que para nosotros es el Día, con mayúsculas, más relevante, no podemos evitar hacernos una pregunta: ¿Dónde estaban las Cruces alzadas del resto del arciprestazgo de La Laguna? Al margen de cualquier boato, la expresión de su devoción al Cristo, la manifestación de su fe cristiana, exigía (y somos conscientes del término que usamos) su presencia, de la que tenía que haberse asegurado de quien es competencia.

Tras las autoridades religiosas (algunas en los varales al paso de la comitiva ante el Casino de La Laguna): el Representante Real; el Esclavo Mayor, Francisco González de Aledo y Buergo; la representación de la Junta de Hermandades y Cofradías; y el Estandarte Real, portado por un concejal del ayuntamiento lagunero y, a las borlas, otro del ayuntamiento santacrucero y un representante militar. A continuación: las representaciones de las corporaciones de Santa Cruz de Tenerife y La Laguna, bajo mazas y presididas por la alcaldesa de La Laguna, Ana Oramas González-Moro y el representante del alcalde de Santa Cruz de Tenerife; representantes del Cabildo, con su presidente, Ricardo Melchior a la cabeza; representantes de la Universidad de La Laguna; Cuerpo Consular; representación del Parlamento de Canarias; Diputados nacionales; representantes del Gobierno de Canarias, con su presidente, Paulino Rivero, a la cabeza; y las primeras autoridades de la zona militar de Canarias. Cerraba el cortejo la Banda de Musíca “La Fe” de La Laguna.

Así trascurrió la procesión hasta su finalización en los soportales del Real Santuario. Mientras tanto, la tropa, paciente y rigurosamente formada en la calle Anchita y presidida por la laureada bandera del Regimiento de Artillería 93, esperaba poder finalizar la ceremonia que rinde honores al Estandarte Real.

Pasó el Cristo con su cortejo por la calle del Agua. Pero la multitud de fieles apostada a ambos lados no se movió; esperó, estoicamente, bajo un sol abrasador, a que la Venerada Imagen llegara a la Plaza de San Francisco. Entonces se oyó el inconfundible sonido del cornetín cursando lar órdenes de: “¡Atentos!”, “¡Firmes!”, “¡Sobre el hombro!” y “¡Marcha de frente!”. Ante el primer acorde de la marcha que interpretaba la banda militar  anónimos laguneros y laguneras irrumpieron espontáneamente en un sentido y cerrado aplauso. Algunos gritaron: “¡Vivan los artilleros laguneros”; otros: “¡Ustedes son nuestro orgullo”. El aplauso arropó a la escuadra de gastadores, a la banda y a las tres baterías hasta que arribaron a la Plaza del Cristo. Allí una inmensa multitud se agolpaba, esperándolos. Allí el cerrado aplauso se hizo ensordecedor. El pueblo lagunero mostró su orgullo y reconocimiento, su amor y añoranza hacia sus artilleros de un modo tan sencillo e indeliberado, que fueron uno solo. La Laguna arropó a los hombres y mujeres que conforman las baterías de su artillería. Nos faltan palabras, pues la emoción nos embargó. Tan emotiva fue esta muestra de cariño que abrazó a los artilleros que la Corporación lagunera se sumó a los aplausos.

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En fin, un día para recordar con AMOR y con mayúsculas a nuestro Cristo, a nuestra Laguna y a nuestros artilleros. Como dijeron, en palabras y emoción de un artillero de la Batería de Montaña de La Laguna de 1921-22, nuestros antepasados, de quienes la Historia nos obliga a ser orgullosos testigos y representantes: “¡Viva el Cristo de La Laguna!”, “¡Vivan los artilleros!”,“¡Vivan sus hijos, los laguneros!”
 
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