Por/José Guillermo Rodríguez Escudero
...Para el profesor Pérez Morera , “la figura de María, que describe con su cuerpo acusado contraposto y extiende sus manos hacia los lados, parece sacada de la estampa grabada por el antuerpiense Peter de Iodde el Joven (1570-1634), que divulgó el tema entre los artistas canarios y americanos”. En esta representación, el pintor ha prescindido del resto de los personajes que aparecen en el grabado, en el que la Virgen de la Merced aparece como una Virgen Protectora o de la Misericordia, acogiendo y protegiendo bajo su gran manto al Papa, a reyes, obispos, religiosos y diversos caballeros ilustres, todos arrodillados ante Ella. La investigadora Fraga González nos informa de otros precedentes iconográficos en el Archipiélago. Nos señala, por ejemplo, la representación de la Virgen de la Merced –atribuida a Gaspar de Quevedo- que se custodia en el Santuario del Cristo de La Laguna, así como otra conservada en la ermita de El Palmar (Buenavista del Norte), también en Tenerife. En este oratorio se encuentra San Ramón Nonato acompañado de un pequeño paje y Jesús, a lo alto y entre nubes, se dispone a coronarlo como santo. Como también hizo notar la doctora Fraga, aquel grabado de Amberes de principio del siglo XVII, sirvió de inspiración para otra pintura que culmina el retablo colateral de la Epístola de la parroquia tinerfeña de Santa Úrsula. Así mismo, en la iglesia matriz de La Asunción, en San Sebastián de La Gomera, conserva otra versión del mismo tema en el ático del retablo del mártir mercedario. En Santa Cruz de La Palma existe otra preciosa pintura cuya composición parece derivar de la misma estampa y que Pérez Morera nos descubre en su obra sobre la saga de los Silvia. Se trata del cuadro del Patrocinio de San José (pintura sobre lienzo conservada en la iglesia de San Francisco de Asís), “afín al estilo y a los estereotipos formales (ángeles, rostros, calidades textiles) que caracterizan la pintura de Juan Manuel de Silva”. En este caso, el Patriarca que sostiene al Niño Jesús, cubre con su gran manto alzado por ángeles, a los representantes de la Corona española y de la Iglesia.
La profesora, tras un análisis estilístico de esta bella pintura sobre lienzo, fecha esta tela en el primer tercio del siglo XVIII, “en la órbita artística de los continuadores de Cristóbal Hernández de Quintana (+1725)”. Hay que recordar que uno de sus hijos estuvo viviendo en Santa Cruz de La Palma, de modo que en el testamento de su hermano Francisco –otorgado en La Laguna el 27 de abril de 1767- se lee lo siguiente: “Assimismo he satisfecho la parte que tambien le tocaba al expresado Don Cristobal que falleció en la isla de La Palma, pero porque tengo algun escrupulo de si le restare alguna cosa de la citada herencia, para subsanarlo, mando se le den de mis bienes a sus herederos mill reales corrientes por una vez que assí es mi voluntad”.
En el Archivo Parroquial de El Salvador de la capital palmera, consta que Cristóbal Hernández de Quintana, “el joven”, había muerto el 22 de noviembre de 1752 y fue enterrado, como miembro de la Tercera Orden de Santo Domingo, con el hábito dominico en dicha iglesia matriz. La doctora Fraga concluye su estudio indicando que “dadas las relaciones con los Predicadores, cabe sospechar que, mediante su intervención, se encargara este lienzo a su hermano Domingo, pintor también como su padre, o a alguna persona de su círculo”.
El profesor palmero Pérez Morera, sin embargo, atribuye esta obra al palmero Juan Manuel de Silva, hijo del polifacético artista Bernardo Manuel de Silva. Por cierto, éste, su padre, fue contemporáneo de Cristóbal Hernández de Quintana. Según el prestigioso investigador, “las caracterizaciones de los rostros, ángeles y querubines son los habituales en Juan Manuel de Silva, a juzgar por las pinturas conservadas en el convento franciscano o en la ermita de San Sebastián, de técnica afín, concomitancias formales que se hacen más evidentes en la Santísima Trinidad…” Efectivamente, esta técnica es próxima a la que figura en el lienzo de San Francisco de Borja de la Venerable Orden Tercera de la capital de La Palma.
Juan Manuel pintó, no sólo conjuntos lignarios, sino también composiciones exentas de tema sacro, pero no han de olvidarse sus retratos de D. Antonio José Vélez y Dña. María Ana Vélez del Hoyo, hoy conservados en sendas colecciones particulares de Las Palmas de Gran Canaria.
La tela de la Virgen de la Merced que había sido encargado por la familia Van de Walle de Cervellón para su capilla como ostentación pública de su parentesco con Santa María del Socors, fue recortada, lamentablemente. El desaparecido investigador Fernández García explicaba que esto se produjo “ya que en la parte baja del mismo aparecían las armas de la noble familia de Cervellón a la que pertenecía la santa”.
Una autoridad en la investigación del arte sacro en Canarias, Jesús Pérez Morera, indicaba en su obra que se suponía que fue pintado por voluntad del castellano y alcaide de las fortalezas don Luis José Van de Walle y Herrera (1680-1753), patrono de la capilla de Santo Tomás, regidor perpetuo, gobernador de las armas de La Palma y poseedor de los mayorazgos de Van de Walle. Además, era contemporáneo de Juan Manuel de Silva Vizcaíno (1687-1751). Nos informa, además, de que “es probable que haya sido realizado para conmemorar el decreto pontificio por el que la Santa Sede concedió, el 28 de enero de 1735, la extensión del rezo propio de la santa a toda la provincia tarraconense”.
Juan Manuel de Silva –que había sido teniente de cabo escuadra del castillo real de Santa Catalina de Alejandría de su ciudad natal- estuvo muy vinculado con el monasterio dominico, donde el tío de su esposa, el Padre Félix Zacarías, era conventual. Fue en dicho cenobio donde Silva trabajó para retocar el cuadro de la “media naranja”, exitosa labor por la que recibió 400 reales, según las cuentas presentadas por doña María Alberto Salazar y Frías, patrona de dicha capilla, el 21 de agosto de 1731. Pérez Morera concluye informando de que esta pintura había sido ajustada, en 1703, por la comunidad en precio de mil reales con los “pintores con quien tenemos consertada su hechura”. Así se desprende de la copia de la escritura otorgada ante el escribano Antonio Ximénez el 18 de noviembre de 1703. Probablemente se trate de Bernardo Manuel y su hijo Juan Manuel, quién más tarde se ocuparía de perfeccionar y retocar el cuadro.
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