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Ubay Murillo. Sueños y pesadillas de nuestro presente Imprimir E-Mail
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jueves, 25 de septiembre de 2008
 
25.09.2008.jueves, 20:30 h. inauguración en la Sala de Arte Contemporáneo de la exposición Ubay Murillo.
 
Image 
 
 Por/Alicia Murría

Estas pinturas pueden resultar engañosas a primera vista, requieren atención, de lo contrario la evidencia de aquello que representan, y presentan, ante nuestros ojos naufraga en su obviedad. De manera realista y ortodoxa aparecen edificios, interiores, paisajes; en la mayoría de las ocasiones los lugares son descritos en detalle, otras sin embargo (como en algunos de sus últimos cuadros) los elementos y motivos están silueteados en negro sobre un fondo claro, casi parecen como recortados a tijera. A veces los lienzos reproducen habitaciones de hotel, pasillos vacíos con infinitas puertas, o jardines y piscinas. Poco a poco vamos reconociendo esos, cada vez más comunes e idénticos, lugares del ocio contemporáneo.
 
El primer contacto con la producción de este artista fue a través de dos pinturas que, si no me equivoco, formarían parte de la serie que denomina Escenas, que también integra esta exposición. En la primera de ellas, y con una relativa apariencia de amabilidad formal, se veía a una pareja que descansaba plácidamente en una habitación de hotel mientras el televisor encendido ofrecía la información, tan habitual en las Canarias, de un rescate de inmigrantes que llegaban en una patera; la segunda, de título Avistamiento, mostraba a un turista en bañador oteando el horizonte marino en el cual se intuía, más que verse, otro infierno de gentes luchando por sobrevivir. Me refiero a esas dos obras porque la sintética descripción de su contenido explica el lugar desde el que habla este pintor. Más tarde, aquellos cuadros, cuya reproducción había visto aislada, se presentaron en una exposición junto a otros que ofrecían un repertorio de bañistas al sol, de surferos con sus tablas, personajes ociosos disfrutando de su tiempo de vacaciones. Pero ya ninguna de aquellas telas podía leerse por lo que representaban; su sentido había sido modificado por obra de aquel minúsculo televisor que aparecía casi como por casualidad, elemento de aspecto secundario pero que introducía un corte en el relato, una fuga en el ángulo del cuadro de los recién llegados a su feliz destino y maletas a medio deshacer.

¿Escenas, entonces, de apariencia feliz? Sólo relativamente. Ubay Murillo nos tiende trampas, nada es lo que parece. Sus personajes son autistas, no sabemos si han sido captados en un momento de soledad, de cansancio de sí o de todo lo que les rodea. El propio artista se autorretrata ensimismado, sentado al borde de la cama, recortado en la penumbra con el cuerpo inclinado hacia delante en un gesto de infinita dejadez; o mirando su propio rostro, desconocido, en un espejo: alguien que forma parte de la escena y a la vez la piensa o se piensa. En algún momento viene a la memoria la pintura de Edward Hopper, sus mujeres y hombres solitarios, desesperanzados.


Sin embargo es otra mirada sobre los seres humanos y sus comportamientos la que refleja estas pinturas. Los paisajes y exteriores que capta Ubay en la serie Escenarios, Decorados y Localizaciones son espacios vacíos, de los que todos se han marchado o que se encuentran a la espera de recibirlos; lugares construidos ex profeso para acoger ingentes masas de consumidores durante un breve lapso de tiempo, paraísos artificiales que se venden, o se intentan vender, como fantástica experiencia de vida al alcance de la mano. Lo cierto es que lugares fantásticos –o fantasmagóricos– lo son pues se limitan a ser pastiches de cartón-piedra. Hace pocos meses un amigo de Las Palmas me llevó a la zona de Playa del Inglés, y su extensión en el paraje de Las Meloneras, para que viera cómo habían ido cambiando las infraestructuras creadas para el ocio en las últimas décadas; resultó ser un impresionante paseo a través de la arquitectura turística, pero no sólo eso, con ser ya suficientemente ilustrativo, sino también una especie de informe visual y en detalle sobre la evolución de la Isla y su modelo de desarrollo, sus inversiones, su urbanismo, sobre el cambio del gusto a lo largo de los años setenta, ochenta, noventa y dos mil, y un retrato sociológico impagable. De aquellas colmenas de cuatro pisos, ya muy deterioradas y que debieron suponer el no va más para la clase media de finales de los sesenta y la década siguiente, con sus pequeñas tiendas de ultramarinos y souvenires económicos, a las delirantes instalaciones creadas en los últimos años con sus llamativas boutiques hiperiluminadas de altísimos techos y dedicadas a las grandes marcas de ropa o electrónica, y los hoteles y las urbanizaciones, las cafeterías y restaurantes “al estilo” de las más diversas geografías del mundo; acá estilo tailandés, allá detalles del México lindo, y una vegetación tan vistosa e impoluta que parece de plástico aunque no lo sea; y hasta un hotel que reproduce una iglesia de considerables proporciones, campanario incluido, de indefinible aire medievalista; conjuntos, en fin, cercanos a la idea de parque temático, mezcla de Disneyworld y Las Vegas. Sólo mirando el mar, y con cuidado de no desviar la cabeza a izquierda o derecha, podía descansar la vista de aquel patético jolgorio estético. La idea de pasar quince días allí daba bastante miedo. Ubay Murillo habla de todo eso y no sólo; siendo esta su tierra de origen, el pasmo, o la indignación, ante semejantes trasformaciones y las masas de turistas que las acompañan no debe de ser pequeño, pero habla de más cosas. “El turista –escribe– es una de las figuras que mejor explica la situación del sujeto contemporáneo a la búsqueda de la felicidad. Sensación simulada en estos espacios por un sistema que ha comprendido mejor que nadie que anudar deseos y consumo es la mejor manera de sacar rédito económico a nuestra ansiedad por volver al Paraíso. Somos unos Don Nadie que peregrinan por unos espacios que, repartidos por todo el globo, hacen indistinguible Bora Bora de Playa del Inglés (ejemplificando de este modo la insubstancialidad de las identidades territoriales) y poniendo a un sujeto, cuya identidad se diluye, en la constante búsqueda de un lugar originario que sabe, de antemano, nunca existió. En ese espacio que existe entre nuestros deseos, expectativas, y lo que conseguimos al final de nuestro viaje, se engarzan estas imágenes.”

Unas imágenes que a veces se sitúan conscientemente al borde del precipicio, como la serie que ha titulado Meditaciones sobre los objetos, donde reproduce con exactitud una galería de souvenires integrada por coloridos loros y cotorras de cerámica, una Pietá junto a un Príapo en cristal, o un lujoso escaparate con joyas y relojes de marca; el tipo de fetiches, regalos o recuerdos que complementan las vacaciones según el poder adquisitivo del turista en cuestión. Precipicio, digo, porque aquí, como en muchas de sus obras, juega peligrosamente y, desde luego de manera premeditada, a representar lo kitsch mediante lo kitsch, de forma que, muy probablemente, quien coloque el loro de cerámica en su sala de estar bien podría colgar uno de los pericos de Ubay Murillo, y quien dice loro puede decir paisaje o interior con personajes pensativos. Ese es su juego, reproducir meticulosamente para decir esto-es-así-si-así-os-parece y, del mismo modo, asumir que más de uno pueda torcer el gesto ante estas obras pensando que su pintura es un simple juego decorativo. Y desde luego también lo es, aunque su perspectiva sea otra; Murillo combina, como quien mezcla colores colores, desapasionamiento y mirada crítica o, si se prefiere, cinismo y mela



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