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NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE «SEÑORA DE LA GOMERA» (III) Imprimir E-Mail
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sábado, 04 de octubre de 2008
El próximo 6 de octubre la Virgen de Guadalupe saldrá en barca desde su ermita en Puntallana para llegar a San Sebastián de La Gomera, aunque será el día 7 cuando se celebren los actos más importantes de estas fiestas lustrales que acogerán a unas 40.000 personas.
 
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Por/José Guillermo Rodríguez Escudero
 
APARICIÓN DE LA VIRGEN

En un relato muy parecido al de tantas otras devociones marianas, cuenta la tradición -envuelta en leyenda- sobre la aparición de la imagen. Se dice que un navío, en aquella época de las primeras grandes rutas al Nuevo Mundo, pasó al amanecer cerca de la isla de La Gomera. Sus tripulantes (posiblemente extremeños, como tantos, cuya protectora es la Virgen de Guadalupe) advirtieron en tierra muchas luces brillantes que salían de una cueva. Atraídos por el resplandor y con la ayuda de una chalupa descendieron a tierra. Allí encontraron, sobre un arbusto que se conoce con el nombre de “Salado”, una pequeña imagen sonriente de la Virgen María con su Hijo en brazos. La trasladaron al barco y la colocaron en la cámara principal mientras el capitán ordenaba desplegar velas rumbo a la Península. Pero, por más que lo intentaban, no podían navegar. El velero no se movía de su sitio. Se cuenta que la tripulación, extrañada, contempló atónita cómo una fila de palomas blancas revoloteaban en torno a la peña donde fue encontrada la imagen. Formaban una cadena desde tierra hasta la nave. En vista del prodigio, el capitán –consciente del significado- ordenó devolver entonces la imagen al mismo lugar donde la encontraron: la Señora de los Acantilados quería quedarse en La Gomera. Tras depositarla cuidadosamente en el lugar donde la encontraron, se dirigieron presurosos al puerto cercano de San Sebastián, informando a las autoridades, al clero y al pueblo del hallazgo y de todo lo sucedido.

En multitudinaria procesión, todos fueron a pie al lugar, llamado Punta Llana, una marisma a la que se accede en pequeños barcos de vela, a rendir homenaje a la milagrosa imagen. Ante Ella, se comprometieron a erigirle en su honor el pequeño santuario que hoy conocemos de la que, a partir de entonces, sería proclamada como Señora de la Gomera. Se ignora quién la dejó en aquella costa, pues entonces la isla ya estaba conquistada y cristianizada. Tiene cofradía propia que cuida celosamente de su fiesta y tradiciones. Cada primer domingo de mes se acude al santuario –ubicado en un promontorio próximo al acantilado y al que también se accede por camino de tierra- para asistir a una misa solemne en honor de la Morenita de Puntallana.

El hallazgo en el siglo XVI en Puntallana de la imagen de la Virgen puede considerarse, según el actual prelado nivariense, don Bernardo Álvarez, "una visita de María al pueblo gomero de entonces, ya que la imagen es encontrada, por lo que el hallazgo no es fruto de una búsqueda o investigación, sino que se trata de una visita no pedida, inesperada y gratuita”

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SANTUARIO

Una vez descubierta la Señora de los Barrancos, se acordó construir una ermita. La fábrica corrió a cargo de Guillén Peraza de Ayala y Bobadilla, I Conde de La Gomera, tal y como aparece indicado en el Libro de Mandatos que se custodia en la parroquial de la Asunción de la Villa capital. El acaudalado noble tenía muy buenas relaciones con el convento extremeño de Nuestra Señora de Guadalupe, por lo que no es casual que el santuario que mandó edificar fuera dedicado a esta advocación mariana.

En la fachada principal del venerado y visitado oratorio está colgada una placa de piedra en la que se dice que fue fundado en 1542. Aún conserva parte de la fábrica original. Su planta en forma de “T” es única en la Isla. Tiene sólo una nave principal que termina en el presbiterio con tres capillas cuadrilongas. Riquelme nos informa de que “el esquema constructivo, en cuanto a materiales y elementos arquitectónicos se refiere, guarda paralelismos con la ermita de San Sebastián, donde se encuentra el copatrono de la Isla”. Una profunda reforma tuvo lugar en el siglo XIX, tal vez la más significativa de su historia. Se procedió a la ampliación de la ermita en 5 varas por la cabecera; también se reconstruyó el arco toral de medio punto en cantería, para así adaptarlo a la nueva dimensión de la única nave, descansando sobre pilastras. La cubierta es un artesonado de par e hilera con tejado a dos aguas al exterior. El pavimento es de piedra, la tradicional losa chasnera. Dadas sus proporciones, “de 12,78 m. por 4,8 m., en el que escasamente caben unas cuarenta personas, su cofradía presentó un proyecto de ampliación en 1994, que por fin fue aceptado”.

 
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