NUEVOS TIEMPOS
Publicado en La Opinión de Tenerife el 06/10/2008
ADRIÁN ALEMÁN DE ARMAS Dice la referencia que publica el Museo de la Historia que "en 1566 el Cabildo de Tenerife encargó la compra del Cañón Hércules, ubicado de manera definitiva en el Castillo de San Cristóbal en 1577. Durante tres siglos contribuyó a la defensa de Santa Cruz y de la isla en distintas batallas. De manera significativa, en 1657 contra el ataque de una flota británica a las órdenes de Robert Blake; en 1706 intervino asimismo frente a otro ataque británico comandado por el contralmirante John Jennings. En 1840 pasó a formar parte de los fondos del Museo de Artillería, en Madrid".
No deja de ser sorprendente que un "documento" de la época de Felipe II, haya vuelto a la isla y al lugar donde estaba el Cabildo que lo compró, para ser exhibido casi en su quinto centenario; en la ciudad de cuyas arcas salió el dinero para comprarlo. Es de agradecer que de vez en cuando nos muestren restos históricos, a pesar de ser, como este, un elemento destructor, defensor, aniquilador de una antigua sociedad que resolvía sus cuitas a cañonazos.
Pero parece que el presidente de Canarias, don Paulino Rivero ha querido reforzarse con el Hércules, al visitar las obras del Obispado, recorriendo los amplios espacios renovados con costosas maderas y renovados basaltos, al decir que se rebelaba contra el gobierno socialista por los silencios ante la definición de las obras de la Catedral.
Seguramente él sabe que aquello que visitó con las autoridades eclesiásticas ya no es el Palacio Salazar, por mucho que se hable de su rehabilitación y se muestre su interior; es sin duda una lamentable reconstrucción que intenta dejar las cosas como estaban y eso ni el señor Obispo con todo su poder, ni el señor Vicario con todo su esfuerzo, ni siquiera el señor Presidente con toda su magnificencia, lo van a conseguir, porque lo que se hace no es restaurar, es sencillamente reconstruir, volver a construir lo destruido y eso, en el siglo XXI tiene otras reglas que no se han cumplido y eso lo saben los responsables del rediseño y de la dirección de obra. Y eso, desde luego, tiene mucha importancia en una ciudad Patrimonio de la Humanidad, donde no ha habido institución responsable que se haya mojado ante tamaños disparates.
No enfadarse ante la lentitud en el proceso de la catedral, echando culpas al gobierno Central, con los disparates que se están cometiendo con edificios singulares como el palacio Salazar o el abandonado Palacio Nava, mientras se pagan inmensas cantidades en andamiajes inútiles en el templo catedralicio, -ya van más de quinientos mil euros-, por órdenes técnicas desafortunadas, pensando que el templo se cae, cuestión difícilmente creíble por su propia estructura cupular; mientras se marchitan los retablos, los lienzos, los tesoros, los mármoles, las maderas, que no se han puesto bajo controles y suceda lo que ya pasó con el traslado a la Concepción a comienzos del siglo XX por las obras de entonces, donde sin saber por qué, se perdió mucho material religioso, incluso de gran valor económico. Y estos disparates no se arreglan ni con diez cañones por banda...