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Por/José G. Rodríguez Escudero
Se ignora la fecha exacta de la fundación de la Cofradía del Santo Rosario, encargada de hacer la “Fiesta de la Naval” con procesión por las calles y su octava; “salve y letanía todos los primeros domingos de mes, por la tarde, y los entierros de sus congregantes con un aniversario general por los mismos”. Sus nuevas constituciones fueron aprobadas por Real Orden de 4 de abril de 1862, “en las cuales se hace protesta de que, al reorganizarse bajo nuevas reglas, se hace con la antigüedad del año de 1530”.
Su Majestad la Reina doña Isabel II, en Real Orden de 11 de septiembre de 1862, se dignó aceptar el cargo de Hermana y Camarera Honoraria que le fue propuesto por esta Cofradía.
El día 5 de octubre de 1729 comenzó a hacerse en esta ciudad la procesión de la Virgen hasta la Cruz del Tercero, en la Plaza de la Alameda; se originaron varios pleitos porque “los frailes se excedieron de su territorio, saliendo del círculo acostumbrado”.
El Provisor y Gobernador del Obispado, don Luis Manrique de Lara mandó que los frailes eligiesen las calles, y que, elegidas, quedasen demarcadas para siempre, y los religiosos señalaron “las que se han venido siguiendo, que son las mismas de cualquier procesión general”.
El 4 de noviembre de 1709 la Hermandad de la Virgen acordó hacer la fiesta de octava de La Naval a la que se obligaba a participar en los actos de la mañana y de la tarde. Luego, don Pedro Massieu Monteverde, Oidor de la Real Audiencia de Sevilla, llegó a hacerse cargo voluntariamente de esta festividad desde 1713.
Las Fiestas en honor a la Virgen, llamadas de “Naval”, llegaron a ser una de las más alegres, espectaculares y multitudinarias de cuantas se celebraban en la Isla después de las de la Bajada de la Virgen. La plaza se iluminaba con hachos de tea y montoncitos de serrín y brea que se repartían por toda ella y se le colocaban unos palos con brazos de hierro en forma de “ese” asemejando un gigantesco candelabro, rematados por farolillos con velas.
Pero luego llegó la luz eléctrica. Éste es otro dato curioso que nos da una idea de la importancia que tuvieron estos festejos. “El Electrón”, fundada en la capital palmera para el suministro de luz eléctrica a la población, debía encender el alumbrado público: “en dos de los tres días de Carnaval, Domingo de Piñata, Nochebuena, Vísperas de las Fiestas de La Naval y San Francisco… incluso los festejos que se celebraran cada cinco años con motivo de la Bajada de la Virgen…” Recordemos que Santa Cruz de La Palma fue la pionera en Canarias en tener, entre tantos otros avances, luz eléctrica. Con ello, las fiestas se vieron mejoradas en todos los aspectos. Eran realmente espectaculares. Como también lo eran los “paseos de gala”, en los que las damas estrenaban y lucían los complicados atuendos a la última moda, y la plaza de Santo Domingo se convertía en el centro neurálgico de las reuniones de la capital palmera. Ésta lucía los más vistosos adornos.
Con motivo de una epidemia de viruela en el vecino Barrio de San Telmo, las fiestas fueron suspendidas en 1897. Tan sólo tuvieron lugar los actos religiosos.
Con la apertura de la plaza a la calle de San Telmo (finales del siglo XIX y principios del XX) se dio inicio al plantado de los laureles y la plaza cobró aún más belleza. La autorización para las obras la dio el arcipreste don Benigno Mascareño. Lamentablemente en nuestros días fueron cortados y tan sólo quedan un par de ejemplares. Un triste fin para unos magníficos árboles y una espléndida plaza. No queda ya el menor vestigio de su esplendor.
Por esa época, la imagen mariana comienza a hacer su salida por el mencionado Barrio de San Telmo en la víspera de su onomástica, iniciándose gracias a la generosidad de don Miguel Lorenzo González, una vez éste regresó de Venezuela. También el Barrio de San Sebastián quiso que la procesión pasara por sus calles en la misma víspera, asunto que ocasionó algún que otro disgusto a los de San Telmo. La Hermandad decidió que el 1902 la Virgen ascendiera por primera vez las engalanadas calles del Barrio de “La Canela” – como popularmente se le conocía al de San Sebastián. Las calles parecían un bosque de faya por la frondosidad de las ramas cortadas para adornarla y en la fuente de El Dornajo, al final de la pendiente, se colocó un pabellón diseñado por Ubaldo Bordanova bajo el cual se situó el trono para recibir el canto de loas y fuegos de artificio. Una vez la procesión llegaba a la abarrotada plaza, la Virgen era colocada detrás de un gigantesco arco formado por piezas de pirotecnia, dando la sensación de que la imagen estaba nimbada de fuegos de artificio. Luego se iniciaban los acordes del aria “Rosario de María de misterioso emblema…” cuya letra se debe al poeta palmero Domingo Carmona Pérez y cuya música es obra de Victoriano Rodas (1827-1916). Más tarde, el músico Manuel Henríquez Arozena (1888-1920) compuso la loa que se ha venido cantando en los últimos años. También don Domingo Santos Rodríguez en 1927 dedicó a la Virgen otra partitura, junto con su letra.
Fernández García nos describía con profusión de detalles en la prensa local de 1963 cómo la plaza de Santo Domingo se convertía en una especie de “gran salón” en el que llegó a interpretarse para estas fiestas en 1940, un Carro de la Bajada de la Virgen titulado “Reina de La Paz”. Esto nos da una idea de su importancia.
Como hemos visto, la Virgen desfilaba procesionalmente por las empedradas y empinadas calles de los barrios colindantes a la iglesia en los días 6 y 7 de octubre de todos los años. En estas últimas ediciones tan sólo lo ha hecho el día de su onomástica. Todo un espectáculo artístico que se ha desarrollado entre la devoción ancestral de un pueblo que, ambiguamente, no olvida sus tradiciones pero, lamentablemente, sí las deja morir. Aquellas “Fiestas de la Naval” competían en espectacularidad con las de San Francisco de Asís, también de la capital palmera. Eran tiempos de loas, cuadros plásticos, banderas, mantones, altares efímeros, comparsas de “gigantes y cabezudos”, reuniones vecinales para limpiar las calles y embellecerlas con gallardetes y damascos, etc., en un tiempo donde el pueblo orgulloso y diferente se unía en este dulce “pique” para demostrar a propios y extraños de lo que era capaz. Lamentablemente esto ya se ha ido acabando. El pueblo palmero, poco a poco, está perdiendo su identidad y esto, irremediablemente llevará a convertirlo en uno más, en una copia clonada de otro pueblo cualquiera falto de la gloriosa historia que el nuestro sí ha tenido.
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