Portada arrow Canarias, Arte y Tradición arrow EL FRESCO DE MARIANO DE COSSÍO AYUNTAMIENTO DE SANTA CRUZ DE LA PALMA (II)
viernes, 09 de enero de 2009

Cosmos

El Tiempo

San Cristóbal de La Laguna
Temp.: 16°C
Sens. Térmica: 16°C
Humedad: 88%
Velocidad: 5 km/h
Direcc.: 80°
Barom.: 1014.9 mb
E
Más detalles
carnaval2009
agendacultural.jpg
LM Seguridad S.L.
PGO
Óptica Cosmos
gastronomia09
Mayco School
Chicolo
Idayli
Dulcería el Rayo

Formulario de acceso






¿Recuperar clave?
¿Quiere registrarse? Regístrese aquí
Bodegas Santa Cristina
EL FRESCO DE MARIANO DE COSSÍO AYUNTAMIENTO DE SANTA CRUZ DE LA PALMA (II) Imprimir E-Mail
Calificación del usuario: / 5
MaloBueno 
martes, 28 de octubre de 2008
 
Por/José Guillermo Rodríguez Escudero

ImageImage
 
LA ICONOGRAFÍA DEL FRESCO

En la primera pared, la siembra del trigo “evoca la semilla como símbolo de la fecundidad”. Una yunta de bueyes tira el arado que produce en su avance hondos surcos en la aridez del terreno, mientras un labrador lanza las semillas que, lejos de caer en la tierra, lo hacen en el regazo de la linda muchacha de aspecto melancólico que surge en el centro de la escena.

En la estampa de la recolección del trigo, dos jóvenes ataviadas con trajes típicos de La Palma portando sendas cestas de mimbre sobre sus cabezas, caminan descalzas detrás de un labriego que, arqueado, soporta el peso de un haz de trigo sujetado sobre sus hombros por una larga vara de madera. Una de las doncellas mira al espectador mientras exagera su largo paso con un sugerente movimiento de pies y brazos hacia atrás. Dos burros cargados preceden la escena, dejando tras de sí las huellas de sus pisadas.

La importancia de la agricultura, la belleza, el trabajo, el agua, el transporte, la ganadería… va quedando perpetuada a medida que recorremos la estancia y estudiamos su simbología. Cada visitante tendrá una sensación diferente, pero nunca quedará impasible ante esta visión.
 
Se suceden las escenas relacionadas con las actividades de pesca y de vendimia, precedentes ambos del trabajo cotidiano. En esta última, justo debajo de la siembra, aparecen tres jóvenes descalzas vestidas con trajes típicos palmeros de faena trabajando al lado de un lagar. Llama la atención la postura de las tres. Mientras una mujer alta y delgada se aleja de puntillas, con elegancia y con un peso sobre su cabeza, otra, de rodillas sujeta un cedazo por el que deja pasar la harina para la preparación del gofio sobre una trapera en el suelo. Por último, la tercera “maga” apoya su mano izquierda en la pared, descansando, y la derecha sobre la cadera. Mira de soslayo o reojo. Una mirada que puede presentar varias interpretaciones: bien “de envidia” a la primera moza que se aleja (recordemos la inscripción del dintel de la Planta Noble, de 1567: “Invidos virtute superabis” – Vencerás a los envidiosos por la virtud, y que aquí cobra su sentido), bien “de desconsuelo” a uno de los dos hombres que, semidesnudos, trabajan en el vecino lagar. Éste se presenta como un  enorme instrumento de madera que penetra hacia el fondo de la gruta. Está muy bien conseguida la interconexión entre ambas viñetas. Por un lado, el color azul añil de la falda, corpiño y forro de la montera de la campesina arrodillada y el de los dos pantalones cortos y fruncidos  de los trabajadores; y por otro, el rojo de las faldas típicas de las otras doncellas que sobresalen del fondo marrón, lúgubre y oscuro de la bodega. En el fondo de ésta emergen varios toneles colocados contra la pared donde se encuentra un postigo por donde entra la poca luz. Ésta incide en las mangas blancas de las muchachas e imprime todo un juego de sombras al escenario.

En la esquina izquierda, grandes cestas llenas de uvas blancas y negras- más bien azuladas, muy realistas-, dan un toque colorista a esta bella estancia. Ésta es la primera pintura con la que el espectador es sorprendido de frente al ascender los primeros peldaños. El joven trabajador del lagar, de espalda descubierta, presenta una buena musculación y su bien conseguido movimiento y sombreado hace pensar en el estudio anatómico previo que el artista efectuó con algún modelo. La enorme cesta llena de uvas blancas es conducida por aquél al recipiente donde se prensará para obtener el mosto. Todo el peso de la fruta es descargado sobre su hombro derecho, lo que desestabiliza el paso del hombre sobre el  primer escalón de la prensa. Lo mismo sucede con el otro lugareño, de aspecto más viejo que, con gran esfuerzo, gira la manivela del torno para iniciar el prensado. La importancia de la vendimia en La Palma queda así reflejada.

En otra escena aparece una dama vestida con traje de manto y saya palmero asociado quizá con el municipio de Mazo, cuya postura hierática y estática sugiere estar dando instrucciones de compra a una vendedora de unas telas de seda (a juzgar por los pliegues y el brillo) que se desparraman por el suelo. Por el lado de la compradora, tocada con sombrero negro de copa, se inclina la tendera cubierta con un pajizo ancho. Parece estar aconsejándola. Las telas son sujetadas por dos costureras de pelo recogido gris y amplios y sencillos ropajes blancos que, arrodilladas, una más que otra, sugieren estar cosiendo, tal vez retocando la prenda, según las directrices de la rica señora. La ventana del fondo está semiabiera y es por donde entra luz y el viento que mece la cortina blanca. De reconocido prestigio, la artesanía palmera ha traspasado ya las fronteras archipielágicas y sus fabulosos trajes folklóricos constituyen un fiel y digno exponente de ello.

Aparece una mujer con un niño y una anciana; según don Miguel Galván, “sería la apología de las tres edades del hombre”. Las tres figuras aparecen de espalda, despidiendo a sus seres queridos que marchan en un barco como emigrantes en búsqueda de trabajo y mejor vida. La joven madre agarra la mano del niño desnudo mientras mueve el pañuelo blanco despidiéndose del ya, añorado marido. La anciana, vestida de riguroso negro, se suena con el pañuelo mientras levanta la mano en curiosa actitud de bendición. Aquí los colores también juegan un importante papel de equilibrio, contraste y simbolismo más profundo. El pelo rubio de la criatura inocente, ingenua, y el amarillo de las listas del justillo de la joven madre aportan colorido y optimismo a la triste escena, mientras que el negro de la anciana, por el contrario, imprime amargura y negatividad o mal presagio. La pobreza, el paro, el abandono familiar fueron las lacras de una sociedad que no puede olvidar tan fácilmente.

Galván continúa su estudio sobre el mural informándonos acerca de lo que para él significa la otra escena de la recogida de frutos, como referente del fin del trabajo, “y por lo tanto del final de la vida”.
      
En el astillero, varios hombres semidesnudos se afanan por colocar las tablas del barco en unas posturas que sugieren equilibrio y esfuerzo para no caer de los andamios. Otros cinco, con los torsos descubiertos, se hallan dentro de una barcaza ultimando los detalles de la madera. Tan sólo uno de ellos se presenta de frente al espectador con los brazos extendidos hacia arriba, mientras que los otros, cabizbajos, trabajan  dentro del marco de la barca. El importante pasado naval de la capital palmera queda perpetuado en estas escenas. Es de todos conocidos que Santa Cruz de La Palma se erigió como el tercer puerto más importante del Imperio de Carlos V, tras Amberes y Sevilla. Su astillero aportó mucha riqueza y gloria a la historia de la Isla.

Al lado, en la fragua, varios obreros se afanan por dar forma a los utensilios y aparejos del barco. Un ancla reparada y unas poleas yacen junto al yunque. El rojo del fuego del horno y del hierro candente -  sostenido fuertemente por uno de ellos para que el otro lo moldee con un gran martillo-, se refleja en los rostros de los dos herreros. Es una pincelada de color sobre un monótono fondo de marrones y grises. Alguien ha querido ver en la escena cómo la chispa de vida y la alegría surge incluso de las profundidades de un mundo pesaroso plagado de dificultades.

Una madre con un hijo desnudo en brazos y otro de pie junto a ella dan la nota maternal al mural. La joven mujer, que mira al espectador con grandes ojos rasgados y azules y bajo ellos unas profundas ojeras, parece triste. Se desprende de esta pintura una profunda nostalgia y soledad. El hijo mayor, conmovido por el llanto del pequeño, lo acaricia y mira con dulzura. Un oasis de ternura en la vorágine del duro trabajo en el campo que rodea a esta escena. Un homenaje pictórico al gran oficio que es ser madre.
 
< Anterior   Siguiente >
Canarias, Arte y Tradición
Protocolo
TeatroLeal2009

Encuesta

loteriaradioisla
 

Editorial

Obispo 2009

Opinión

Trattoría - Pizzería Da'Stefano
Carnicería La Candelaria
Nima Calzados y Complementos
La Laguna Centro
Borrella

Sindicación

Blue Muestrarium
Óptica Herradores
Patrimonio
home contact search contact search