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miércoles, 29 de octubre de 2008
 
Por/J. Lavín Alonso
 
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Hojeando hace poco un libro del que tal vez fuera la mente mas privilegiada del pasado siglo en el campo de la Física, Albert Einstein, titulado “Mis creencias”, me he encontrado con unos cuantos pensamientos y aforismos suyos, algunos de los cuales quisiera comentar aquí por su indudable actualidad  e interés.

Un vistazo a la obra no estrictamente científica de Einstein, por somero que sea, demuestra que don Alberto era un gigante en muchos aspectos, Veamos algunos de sus puntos de vista, los cuales he procurado respetar en el espíritu pero con ciertos retoques de mi propia cosecha. Espero me sea perdonada tamaña osadía.

Sostenía Einstein que cualquier intento de combinar la sabiduría con el poder ha obtenido buenos resultados en raras ocasiones, y en esta ocasiones, durante muy poco tiempo. Tal parece que su sagacidad le hacía anticiparse a su tiempo y le permitía colegir con transparencia meridiana los que está sucediendo en el mundo actual. Decía, asimismo que pocos son capaces de expresar con justicia y objetividad puntos de vista que difieran de los prejuicios de su entorno social. Y añado yo que, caso de atreverse a ello, poco tardarían los alarifes de lo políticamente correcto, o del dogmatismo elevado a la categoría de artículo de fe, en ponerlos a los pies de los caballos. Respecto a  esto último, estamos sobrados de tristes experiencias por estos lares.
 
La primacía de los tontos, decía Einstein, es insuperable y está garantizada para siempre, empero, su falta de coherencia alivia el terror de su despotismo. Algo optimista me parece el sabio en este punto, y eso a pesar de que le tocó vivir la época más turbulenta del siglo pasado.  Hay tontocracias  hoy día,  y no señalo a ninguna en particular,  cuya prevalencia, por corta que sea - y las condenadas tienden a durar - parece una eternidad. Bajo su prescindible égida, el tiempo se ralentiza, como ya dejó previsto  el sabio en su teoría de la Relatividad General. En esas circunstancias, los minutos se hacen horas, las horas, días y los días, meses.

Tal vez algunos recuerden una frase suya: Dios no juega a los dados con el Universo, lo cual da lugar a pensar que al menos una cosa no era: librepensador. Continuar ahondando en sus escritos refuerza esta tesis. Dada su genealogía, más próxima al Talmud que al Nuevo Testamento, el ascenso en Alemania, su país natal, de la “marea parda” y de las huestes de la esvástica, hizo que Einstein se viese obligado a autoexiliarse, escogiendo como nueva patria los Estados Unidos, donde habría de permanecer el resto de su vida. El hecho de que eligiese como punto cardinal para su obligado éxodo el Oeste en vez del Este, tan alabado por entonces, demuestra que tenía las ideas políticas muy claras

A principios de agosto de 1939, a pocos días del comienzo de la II GM, y a instancias de otro físico, Leo Szilard, Einstein dirigió una carta al presidente Roosevelt en la que le instaba a que iniciase un amplio programa de investigaciones sobre la energía atómica, convencido de que la Alemania nazi ya había iniciado investigaciones en ese campo. Fue el germen  del llamado “Proyecto Manhattan”, que conduciría a la bomba atómica. Después de la destrucción de Hiroshima  y Nagasaki, que dio fin a la guerra en el Pacífico,  los mismos científicos – o muchos de ellos – del proyecto, asustados ante el cataclísmico poder que había logrado desarrollar, empezaron buscar la manera de impedir el uso futuro de la bomba atómica. Einstein se unió a ellos. No obstante, y como era de esperar, los políticos rechazaron sin más cualquier intento en este sentido. A buenas horas iban ellos a descartar el inmenso poder que los arrepentidos científicos - pero no todos, ya que Edward Teller, por ejemplo fue un acérrimo defensor de continuar con todo ello -  habían puesto a su disposición. Además, el intenso espionaje dentro del Proyecto Manhattan a favor de la URSS la había puesto en el buen camino hacia la obtención de la “bomba” proletaria, que según los iluminados de entonces y de siempre, era la “buena”. La Guerra Fría había comenzado. La espina que siempre tuvo clavada Albert Einstein fue el no haber logrado la formulación matemática de su teoría del Campo Unificado, que englobase ella solas todas las fuerzas de la Naturaleza. También le fue ofrecido el cargo de presidente del recién creado estado de Israel, oferta que declinó, al parecer por su aversión al ejercicio de la política, aunque fuese en un cargo más honorífico que real. Albert Einstein fue un físico y un humanista.

 
 
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