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CASTILLO REAL DE SANTA CATALINA DE ALEJANDRÍA SANTA CRUZ DE LA PALMA (IV) Imprimir E-Mail
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jueves, 06 de noviembre de 2008
 
Por/José Guillermo Rodríguez Escudero
 
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 Soldado de Artillería española s.XVIII     Santa Catalina de Alenjandría sXVI
 
ARTILLERÍA

La situación de inseguridad que sufren los ciudadanos palmeros a través de  los siglos se había agravado por el aislamiento geográfico, las dificultades para la fortificación de la Isla, la constante ausencia de dinero, la débil gestión militar y política, etc. Teniendo en cuenta el vasto territorio que amparaba el Imperio Español, la Palma era un ínfimo trozo de tierra olvidado en el mar. Por esto, el Cabildo luchaba sin tregua para dar a conocer esta precaria situación insular ante la Corte y obtener de ella las ayudas necesarias para la seguridad ante los ataques vandálicos. Existía una verdadera obsesión por su defensa.

Así, a mediados del siglo XVI, el fuerte contaba con dos culebrinas – piezas de artillería de bronce propias de ese siglo, de cañón largo y poco calibre -, que habían sido compradas por el Cabildo a Bazán en 1555. También con un cañón de la fundición de  Don Juan Manrique de Lara. Había otro francés que fue capturado en la Batalla de San Quintín. También un inglés, un pedrero y un falconete (especie de culebrina), un mortero… En total once piezas de artillería, incluido otro falconete regalado por Su Majestad al Castillo. En el inventario de soldados, armas y artillería confeccionado por el ingeniero real Torriani, a la vista de la escasez de artilleros, propone que todos los oficiales mecánicos lo sean durante algún tiempo, y alentando el voluntarismo, “lo hagan de buena gana para servicio de Vuestra Magestad y de su patria”.

También el Rey Felipe II regaló en 1591 una culebrina de la fundición de Juan Morel. En el mencionado y premiado trabajo sobre las fortificaciones palmeras, sus autores también informan acerca del catálogo de piezas existentes en la última década del siglo XVI: “una culebrina bastarda, dos medias culebrinas, un medio sacre, dos cañones encampanados, un falcón inglés, otro alemán, un cañón francés, un pedrero y tres piezas de campaña”. Así consta en el inventario ordenado por el capitán general Luis de la Cueva, nombrado en 1589, con el que cambia el sistema político de Canarias.
 
El poderoso monarca ordenó un inventario de la artillería propiedad de la fortaleza, “que ha fabricado esta ciudad con ayuda de sus vecinos”, instando a sus cuidadores y al Cabildo a que velaran por su conservación, reparo y aumento. La Real Cédula había sido firmada el 31 de agosto de 1588. Rumeu de Armas recoge en su obra cómo había descendido la potencia artillera de la fortaleza de Santa Catalina. En 1599, por ejemplo, un nuevo inventario acusa el tremendo deterioro defensivo que sufre la ciudad capital. En el castillo que nos ocupa, ya sólo aparecen ocho piezas y tres en la torre del puerto y del Cabo.

Otro Rey, Felipe III, en 1602, da licencia al Cabildo para imponer sisa sobre el vino durante ocho años con destino a las fortalezas y artillerías y pago de  artilleros, privilegio éste que se mantiene durante bastantes años.

En las Noticias… de Juan Bautista Lorenzo, extraemos el siguiente párrafo, por lo curioso de su contenido: “(..) y porque la artilleria que tienen es totalmente inútil que mas servirá para matar la gente que le defiende que para hacer daño a sus enemigos; como se reconocio el dia de Córpus al primer tiro reventarse el mejor cañón de los que tenía (…)”.

Casi un siglo y medio más tarde, en 1742 el fuerte contaba ya con catorce cañones, si bien en el inventario constaba que seis estaban inútiles y otros averiados. Tan sólo cuatro estaban en buen estado. En tal lamentable estado se hallaba el castillo, que se solicitó al Rey Felipe IV, para que se reactivase y revalidase la Real Cédula de 1651 para la imposición de un arbitrio sobre la entrada y salida de mercancías con objeto de comprar nuevas piezas. Este impuesto, autorizado finalmente por el monarca, tendría una validez de veinte años a partir de esos momentos.

Tampoco la actual fortaleza se librará de las riadas, avenidas y acciones marinas que irían minando la estructura del baluarte. El 12 de enero de 1792, el albañil Josef Manuel Cicilia, informa de su estado: “(…) habiendo pasado al Castillo de Sta Catalina, el Real de esta Ysla, reconosí que la pared que sostiene la explanada de dho Castillo(…) se halla desplomada y arruinada desde sus simientos(…)”. En un expediente de 1874 custodiado en la Capitanía General de Canarias -y recogido en la obra Historia de las fortificaciones…, -se mencionaba este progresivo deterioro: “(…) el mar ha horado el trozo de muralla o sea plataforma que sirve de resguardo (…) y por dias cada vez que crece la marea va arrastrando la piedra (…) dentro de muy poco tiempo llegará a los simientos del castillo(…)”

Hasta 1808 tuvo este castillo una guardia permanente de doce soldados, los célebres “Doce de Su Majestad”, que eran enterrados en la capilla de San Francisco Solano del convento franciscano. Sin embargo, el deplorable estado en el que se encontraba el castillo hizo que se propusiera en varias ocasiones su enajenación. Se recibió la Real Orden de 2 de mayo de 1924 declarándolo inadecuado para los servicios de la guerra y se dispuso su venta. La subasta se efectuó en Santa Cruz de Tenerife dos semanas más tarde, siendo “adquirido por D. Manuel Rodríguez Acosta, quien pagó por el mismo la suma de 300.010,99 pesetas”. Así consta en el Archivo de la Capitanía General de Canarias (3ª división, 3ª sección, legajo núm. 1).
 
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