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jueves, 13 de noviembre de 2008

Por/José Guillermo Rodríguez Escudero
 
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La enorme escultura de San Diego de Alcalá, fechable en torno a los últimos años del siglo XVI, ejemplifica una de las características de los talleres sevillanos del momento: la producción de piezas de forma casi industrializada destinadas al mercado canario y americano. Ello explica la existencia de una obra muy semejante en la iglesia de las monjas concepcionistas de Garachico (Tenerife) que perteneció originalmente al convento de clausura de San Diego de la misma población, fundado en 1590.

Hasta la última reforma del templo franciscano fue venerada, junto a San Antonio de Padua, en las hornacinas laterales del antiguo y magnífico retablo mayor, hoy lamentablemente desaparecido.
 
Bajo el presbiterio existieron dos bóvedas, conocidas como de San Antonio de Padua – al lado de la Epístola- y de San Diego de Alcalá – en el Evangelio- por estar delante de las imágenes de ambos santos, veneradas en el altar mayor; fueron enterramientos respectivos de las familias de Guisla y Castilla y Pinto.

En el Archivo de Protocolos Notariales de la capital palmera, por ejemplo, en la herencia de las hermanas Ángela e Isabel Gutiérrez Alarcón consta cómo quedó indiviso “la boveda e entierro de ella que esta en el convento del serafico Padre San Francisco de esta ciudad del lado del Evangelio delante del glorioso San Diego...”

Según su iconografía habitual, viste el hábito franciscano de los legos: simple túnica, escapulario y cordón. Abraza una enorme cruz de madera, tal y como suele ser representado, en recuerdo de su austera vida penitencial.

 
 
Según su hagiografía, era andaluz nacido hacia finales del siglo XIV: aunque carecía de instrucción hablaba maravillosamente de cosas celestiales y tuvo el don de los milagros para prodigar cuidados a los enfermos. También se le representa con unas rosas recogidas en su escapulario a modo de delantal, en clara alusión a la caridad para con los pobres. De él se cuenta que una vez los mendrugos de pan se convirtieron en flores cuando su superior lo descubrió, tras haberle prohibido que sacara comida del convento para los mendigos (un cuadro de Murillo –s. XVII- se conserva en la Academia madrileña de San Fernando: El milagro de las rosas). Es la reedición del prodigio de Santa Casilda o el de Santa Isabel de Hungría. Otros atributos menos frecuentes: rodeado de mendigos y niños a quienes reparte comida, tal vez con un puchero o un cazo en la mano; otras veces la cruz la lleva a cuestas; un rosario en la mano… Escenas representadas: en éxtasis delante de una cruz; en éxtasis mientras algunos ángeles le reemplazan haciendo la comida en la cocina (éste es el lema del célebre cuadro de Murillo que se conserva en el Museo del Louvre: La cocina de los ángeles); sanando a un joven ciego con el aceite de la lámpara del altar; sacando a un niño ileso de un horno encendido; apareciéndosele el Niño Jesús, etc.

Murió en el convento de Alcalá (de ahí su nombre) en 1463. Su onomástica se celebra el 13 de noviembre. Su nombre de pila, muy común en España, es una variante de Santiago. Fue canonizado por el papa Sixto V en 1588, por petición del rey Felipe II.

Entre otros ejemplos, encontramos una pequeña talla de San Diego en la iglesia de la Villa de San Andrés en el norte de La Palma. Después del desplome del techo del antiguo convento de La Piedad en 1854, tanto esta imagen como la de la Virgen titular y la de San Francisco fueron trasladadas a esta parroquia como más cercana y en calidad de depósito. Ello dio lugar a que la rivalidad que secularmente enfrentó a las feligresías de San Andrés y de Los Sauces se enconara. La preciosa efigie mariana (s. XVI) finalmente fue entronizada en este último templo saucero en 1855, mientras que los dos santos permanecieron en el de San Andrés. Las tres imágenes se hallaban en el antiguo retablo mayor (1760-1770), de estípites, de dos cuerpos y tres calles.

Esta imagen de San Diego, del siglo XVII, al igual que la custodiada en el templo capitalino, abraza una cruz de madera sobre el brazo izquierdo, mientras que su tierna mirada se dirige hacia el suelo.

El sargento mayor y regidor perpetuo Don Diego de Guisla y Castilla (1634-1718) había “traydo a su costa” la imagen de San Francisco de Asís en 1671, que, como fundador de la Orden franciscana, fue colocado en el retablo mayor, en la hornacina del lado preferente del Evangelio, emparejada con la de San Diego de Alcalá, patrono de la provincia franciscana de Canarias. Estas dos imágenes se conservan desde entonces en el altar del Nazareno de San Andrés.

También el abuelo de aquel dueño copartícipe de la hacienda de cañaverales de Los Sauces tenía por nombre Diego: “el maesse de canpo Diego de Guisla Vandeval”. No es extraño, por lo tanto, que estuviera presente la imagen del santo de Alcalá, patrón de ambos caballeros.
 
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