Por/Carlos García Desde la Mesa Mota Fray Juan de Jesús, su llegada a La LagunaYa lego de la orden apareció un día por el convento de San Diego del Monte con el hábito medio raído, piel tostada, estatura baja y rechoncha, y con saquito de tierra colgado al cuello que, según decía, era reliquia de nuestro primer padre Adán, junto con una cruz. Los pies chorreaban sangre debido a que caminaba sobre las zarzas. Y la noticia corrió por toda La Laguna. Era Fray Juan de Jesús. La superioridad del convento se pensó que sosegaría su vida turbulenta al cambiar de residencia. Tomó el oficio de jardinero cuidando la huerta, acarreando agua desde la fuente en lo alto del monte. Y se fabricó una humilde choza que rodeaba el convento: la casita del Siervo. Ayudaba en misa y despertaba a los frailes a la hora Prima, y cuando llegaba la Pascua, hacía sonar un tamborcillo y una flauta, mientas cantaba villancicos diciendo: “Niño chiquito, Dios infinito...”.
Creyéndole curado de su locura fue autorizado a bajar a la ciudad para pedir limosna y entonces vuelve a sentir las extravagancias de antaño.
Una mañana, entrando en un templo y viendo una fosa abierta, descendió a la misma y tendiéndose en ella, cruza los brazos encima del pecho y ensayando la manera de morir, exclama gritando: “Dios te perdone Fray Juan de Jesús”.
Otra vez, mientras se celebraban las rogativas en la parroquia de Los Remedios (Catedral), en época de sequía, encaramándose en un banco, pronunció en medio de todos los fieles: “No veré yo como se hacen procesiones en que se sacan las santas imágenes y no se hace una en la que se saquen los pecados. Ya que sacan las imágenes para aplacar a Dios, ¿por qué no sacan también las culpas de sus casas? Si Dios está enojado por nuestras continuas ofensas y estas quedan dentro de nosotros, ¿por qué sacar las imágenes?
En otras ocasiones iba a los locutorios de las monjas y les decía: “Religiosas, dejad los devotos y observas de la Regla los tres votos. Dejad los tocados que son idolillos disimulados”.
Fueron también famosos los diálogos con personajes que atraídos por la fama de su santidad le visitaban en el convento. Don Félix Nieto, Comandante General le decía: “Me despido con alegría de no dejar enemigos en Tenerife”. Y el fraile le respondía: “ De seguro que no habrá hecho Vuesa Merced mucha justicia en ésta tierra, pues es mala señal que todos digan bien y ninguno mal”.
Otro día le reprochaba un Corregidor de la isla, Caballero de Calatrava, que llevase siempre una cruz de madera de una tercia de larga. “¿Es Padre que no os basta la cruz interior?”. Y respondió el lego: Hermano, si me sobra esta que llevo por fuera, ¿para que Vuesa Merced luce esa tan grande sobre el pecho?”.
Constantemente repetía que pronto llegaría la hora del juicio final. Si tenía que hablar con una doncella se cubría el rostro con su sayo. Y próximo a su muerte, contestaba, ya apaciguado su ánimo cuando le preguntaban:” ¿Como va hermano?, respondiendo Muriendo hermano”.
Se cuentan numerosas leyendas sobre su persona como la que se refiere a que todos los días iba el lego a levantar el muro que rodea a la finca y todas las noches, un borrico que tenía y que estaba poseído por el demonio, lo volvía a derribar con sus coces, debiendo comenzar de nuevo la tarea de levantarlo a la mañana siguiente y así hasta el fin de sus días. Este muro es conocido popularmente como “muro del diablo” y jamás ha estado levantado y reconstruido en su totalidad. En el momento de su muerte, a los 72 años, y postrado en su viejo jergón de la choza donde habitaba, viendo llegar su fin exclamó:” Ya va a descansar el asno “.
Fue encontrado una mañana del 6 de Febrero de 1687 sin vida en la puerta de la “casita del Siervo” con un crucifijo entre los brazos. Fue su fallecimiento un hecho que conmovió a toda la isla y a su entierro asistieron todas las iglesias, parroquias y cofradías, quienes se disputaron el honor de llevarlo sobre los hombros. Un verdadero tumulto se formó al pretender los fieles arrancar alguna reliquia de sus hábitos o de su cuerpo y hasta le fue robada una uña del pie. Existe en la ermita una pintura con su retrato con una frase en su base atribuida al siervo y que dice: “Sin pecar no hay amor de Dios”.
Rodríguez Moure nos informa que en la época de los propietarios Luís de Vadewalle y su esposa Olga de Aguilar y Chasseriau, reedificaron la casita o choza donde vivió el Siervo de Dios y, además, se encargaron de repoblar el monte que estaba totalmente devastado. Toda esta historia está íntimamente relacionada con la festividad que los estudiantes de La Laguna celebran y conocen como La Fuga de San Diego. Una fiesta local y típica lagunera que se ha ido extendiendo al resto de las isla e incluso ha pasado a la península. Hoy se ha desvirtuado de su origen y tradición, pero bien merece la pena recordar como y de que forma dio comienzo. La fiesta de San Diego está por llegar y habrá que festejarla como se merece sin olvidar sus raíces y costumbres. Y habrá que buscar una solución para que los actuales propietarios de la ermita, junto con el Ayuntamiento y la Diócesis, permita la apertura y el culto público a San Diego de Alcalá y su imagen y recuperar la estatua de Juan de Ayala , retornarlas desde la Concepción, al lugar donde siempre ha estado y desde donde nunca debieron salir.
|