Por/José Guillermo Rodríguez Escudero
“EL NAZARENO”
La adquisición de la magnífica “doliente y sufrida escultura de Jesús subiendo al Calvario fue lograda con toda perfección” (en palabras de Fernández García) por el escultor orotavense. Su adquisición, al igual que la preciosa efigie de la “Dolorosa” que lo acompaña en la tarde del Miércoles Santo en el largo itinerario procesional, se debió a la iniciativa de la Hermandad del Nazareno, “ante la mediocridad artística de la anterior imagen”. Para esto fue preciso vender algunas joyas y atributos de oro que tenía la antigua imagen. Se pensó en poseer estas tallas de “mejor calidad que las existentes en aquella época”.
Una vez en la capital palmera, comenzó a dársele culto al Señor el 7 de abril de 1841 (así reza la inscripción de su espalda) y el Miércoles Santo del año siguiente, 1842, a la mencionada “Virgen” – conocida como “La Magna” y al “San Juan Evangelista” -del palmero Manuel Hernández “el Morenito” (1756-1815), que también toma parte en la teatral escena del “Punto en la Plaza”. Así es como se conoce el encuentro de las imágenes en la Plaza de España. Se interpretaba en esos emotivos instantes el motete, según Fernández García, portugués de 1600 titulado “O Vos Omnes” y de autor desconocido. Sin embargo, don Luis Cobiella, el que fuera Primer Diputado del Común de Canarias, atribuye su autoría al Cura Díaz.
No obstante, en un archivo privado de la capital palmera y según Fuentes Pérez, parece que ambas imágenes llegaron en 1841. Así, en una carta enviada por Estévez a don Luis Van-de-Walle Llarena (1782-1864), Marqués de Guisla- Guiselin, el 14 de enero de 1841, el maestro dice que “con esta fecha he entregado al Sr. D. Antonio Ma. Lugo encargado de V.S., las efigies empaquetadas de Jesús Nazareno y Virgen de Dolores talladas en sedro…” El artista informa, sin embargo, de que la repisa del Señor es “del palo de Caova floja” y que ésta había sido remitida por aquel caballero para la total confección de la talla, pero “no puede hacer toda esta obra por que después se hacerró, conosí que su dureza y mucho pero era insuficiente; mas todo lo puede remediar, y me alegré, por que sentía volver á incomodar á V. S. sobre este particular”. En esta misiva, publicada por el mismo investigador, el escultor orotavense confirma que “el Sr. Dn. Francisco de Lugo me entregó los doscientos y cuarenta pesos de nuestro ajuste, á quien dí el correspondiente recivo”. En cuanto al precio de la corona de espinas del Señor, “y medio cuerpo de la Virgen, me parese regular, el de medio osna por ambas cosas”. Concluye la carta diciendo: “tendré mucha satisfacción de que estas Ymagenes puedan llenar los deseos y gustos de V.S.; nada he homitido para conseguirlo, pero el acierto no depende muchas veces de la voluntad sino de la suerte; y entretanto se sirva V.S. decirme si esta me ha cavido, mande en todo, cuanto sea de su agrado a su afmo. Atento Sr.” .
Sin lugar a dudas, esta imagen es una de las mejores y bien acabadas salidas de la gubia de Estévez. En ello coinciden los expertos unánimemente.
La figura tiene 1, 60 mts de altura y está realizada en madera de cedro. Inclina su cabeza hacia su izquierda y soporta de pie el peso de una cruz a la que parece abrazar. Tan sólo aparecen tallados la cabeza, los pies y las manos, aunque el cuerpo, oculto bajo la lujosa túnica de brocados, “recibió modelación, a pesar de estar pintado en color azul” (Fuentes, 1990).
Como también se le ha llamado, el “Gran Señor Rico de La Palma”, tiene una cabeza exquisitamente esculpida, “muy superior a los realizados por Luján para los templos de Gran Canaria”. Es más, también se considera que “incluso de mejor calidad que muchos de los ejecutados por maestros peninsulares del siglo XVIII”, como también reconoce Fuentes en su obra. El mismo historiador nos lo describe: “en el semblante de esta figura de Jesús, el dolor se ha transformado en una poderosa calma. Su modelado dibujo un rostro cuadrado, clasicista, de nariz helénica y de ojos grandes y rayados, de los que una mirada infinita señorea todo su entorno”.
La maravillosa túnica de terciopelo rojo bordada en oro – la mejor pieza en su género existente en el Archipiélago – que perteneció al antiguo Señor, también se utiliza para sobrevestir al actual “Nazareno”. Fue una dádiva del insigne palmero Cristóbal Pérez Volcán. En su testamento, fechado en La Habana el 20 de enero de 1790, otorgado ante el escribano Nicolás Frías Magdaleno, “dejó al Nazareno la cantidad de 6.000 pesos fuertes de oro para que con sus réditos se pagaran los gastos de las fiestas, manifestando además el sobrante de dicho legado se invirtiera en la referida imagen”. Fernández García también nos indica que el propio mecenas había dejado igual cantidad “para celebrar misa de una ante su altar todos los domingos y días festivos del año”.
El antiguo Cristo, que se veneraba en su altar situado debajo del coro de Santo Domingo, pasó a venerarse en la Parroquia de Bonanza de El Paso a la llegada del nuevo. Fuentes, por el contrario, decía que fue enviado al templo de Los Remedios de Los Llanos de Aridane.
En 1863 había pasado a ocupar la hornacina central del fabuloso retablo de la iglesia dominica, donde se encontraba el expositor central. También las tallas de “San Juan” y “La Dolorosa” se ubicaron en los nichos laterales, donde se hallaban las ya deterioradas efigies de los “Santos Píos I y V” (según Fernández García).
Aunque de acusadas reminiscencias sevillanas, esta preciosa imagen sigue la tradición canaria de cargar la cruz al lado derecho, mientras que en Andalucía es más frecuente hacerlo a la izquierda. “Las manos, de hombre fuerte pero a la vez cultivado, expresan la tensión producida por el peso de la cruz”.
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