Por/José Guillermo Rodríguez Escudero
-Retazos histórico-artísticos-
Don Juan de Sotomayor Topete, Maestre de Campo de Infantería de Milicias, Castellano del Principal de Santa Catalina, etc., hizo a su costa el altar de Santa Rosa de Lima en el convento, obligándose a tenerlo siempre con el adorno y decencia necesarios. La comunidad, después de su muerte, por no haber otorgado en su momento la oportuna escritura del convenio, lo hizo a favor de sus hijos y herederos, quienes finalmente ratificaron la obligación a la que estaban sujetos, con el compromiso de dar 200 reales para que se dijera una misa cantada al año en el día de la onomástica de la santa en su propio altar; la Priora y demás religiosas, por su parte, autorizaron a los interesados a poner un escaño para los hombres de la familia en el espacio que quedaba entre dicho altar y el presbiterio y para las mujeres y hermanas, un asiento en la tarima. Esta curiosidad la redactó Pedro de Mendoza Alvarado en 1698 para el Archivo Notarial de la ciudad. Don Pedro Salazar de Frías hipotecó una propiedad en 1681 a beneficio de María de Santa Rosa, monja novicia, “por ser pobre y no tener caudal para su dote”, al hacer sus votos solemnes, e impuso “6.000 reales de principal a censo redimible a cinco por ciento.”
Es curioso reseñar el nombre del que fue Patrono, de entre varias iglesias, conventos y ermitas, del de “Santa Catharina de Sena de Religiosas Dominicas”, don Juan Domingo Antonio de Guisla, Boot, Vandewalle, Cervellon, Sotomayor, Vandale, Monteverde, Salazar de Frías, Abreu, Rexe, Corbalan y Lugo, caballero profeso de la Orden de Santiago, Marqués de Guisla Guiselin, Señor de Wesembeck y Ophen de Flandes, etc.
Con la “Desamortización” del Ministro Mendizábal, los centros femeninos corrieron distinta suerte al de los masculinos. Así el de las Dominicas de Santa Catalina de Siena, fue concedido por Real Orden de 15 de febrero de 1842 al Iltre. Ayuntamiento de Santa Cruz , reutilizándose como “Cárcel del Partido”, mientras que parte del monasterio y la iglesia fueron demolidos para comunicar la calle “Virgen de La Luz” con la de “San Sebastián” y construir el “Teatro Circo de Marte” por una Sociedad creada al efecto. Finalmente desapareció todo el conjunto. El de Santa Clara de Asís, se dedicó a hospital y cuna de expósitos y actualmente sólo se conserva la iglesia, denominada de Ntra. Sra. de Los Dolores, cuya primitiva advocación era Santa Águeda, la olvidada Patrona de la Ciudad. Otras obras de importancia en la “Villa del Apurón” fue el ensanche del muelle en detrimento de sus fortalezas, también el de Vandale, destrozando la Ermita del Cristo de La Caída, etc. En el XIX, siglo de contrastes para la ciudad, se iniciaron reformas e iniciativas que incidieron, tanto en su estancamiento como en su progreso.
La infraestructura religiosa fundamental es la parroquia. Las bodas, los bautizos, “las ceremonias de la vida y la muerte”, etc. tienen en ella su centro y es uno de los motores de la vida urbana. Los conventos de las órdenes mendicantes son los dos elementos dinamizadores de la vida religiosa. Sus iglesias son alternativas a la parroquia de fundaciones piadosas. Hasta 1597 no se piensa en fundar un convento de monjas, “ansi para el servicio de Dios como para el consuelo de los vecinos que tuvieren hijas”.
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