Luego se procedía a elaborar la cama o cuerpo superior de la carreta. Ésta consta de tres palos orientados en el sentido funcional de las ruedas, leito el del centro, al que se unce la yunta, y limones los más corto de los lados, unidos por cuatro travesaños a los que se denomina teleras. Para terminar, sobre cada uno de los limones se hunden seis estacas.
Las reparaciones más frecuentes de estas carretas elaboradas artesanalmente solían afectar precisamente a la cama, pues al ser ésta la que sufre directamente los efectos de la carga, así como los de las lluvias y el sol, se rinde antes que las ruedas, más firmes, duraderas y resistentes.
Pero hablar de las viejas carretas es también hablar del viejo oficio de la carretería, en el que fueron celebrados Juan y Pancho Rivero y Ciriaco, en Tegueste, y Juan Expósito, en La Laguna. El taller de este último, en la Villa de Arriba, pasaría a las manos de su hijo Bartolo. También en la Villa de Arriba cabe citar a Antonio Socorro; en el Lomo Largo, a José Cruz; en La Verdellada, a Antonio Lugo; y en Molinos de Agua, al maestro Constante. Todos estos talleres no se dedicaban sólo a la elaboración de carretas; de sus manos también salían yugos, arados, trillas, frontiles y un sinfín de aperos de labranza.
Las carretas siempre estuvieron ligadas a las más diversas celebraciones festivas de La Laguna; no sólo a su romería, también, como describe Rodríguez Moure, a las celebraciones del Corpus Christi y a las libreas con barcos. Cuenta este recordado cronista, presbítero de la iglesia de los Remedios, que el origen de esta última costumbre, en nuestra ciudad, tiene su origen en el siglo XVI o XVII. Entonces las carretas se transformaban en una suerte de cuádrigas, con velas y gallardetes, bandoleras y oriflamas.
Actualmente sólo cabe verlas en las romerías, a la que siempre han estado ligadas, tal y como reza esta copla de Jose Manuel García Cabrera (1952):
Con la carreta y los bueyes,
la Petra, yo y mi María,
venimos a San Benito
"pa dir" en la Romería.
El investigador lagunero Domingo Garcia Barbuzano nos cuenta, como el camino más frecuentado por las carretas en 1526 iba de la ciudad a la fuente del Gobernador, el del recuerdo, que parte de las profundidades del alma y recibía antaño, cada mañana, aquella carreta cargada de mieses los días de trabajo y de alegría al llegar la romería, ocupando siempre un lugar destacado en la copla:
"Échale una papa al perro,
no te dilates María,
que va a salir la carreta
para ir en la romería".
En 1507, los constructores de carretas no podían hacerlas de madera verde, sino de la que estuviera cortada del año anterior. Así se evitaban las roturas que ponían en peligro la vida de los laguneros que transportaban a diario los frutos del campo.

Los carreteros que llevaban de noche pan, trigo y cebada a Santa Cruz, no podían entrar en la Villa con un tiro de ballesta y estaban obligados a dejar la carreta y los bueyes e ir al encuentro de Fernando Díaz para obtener la licencia que les permitía entregar la mercancía.
Las entradas en terrenos se vendían en 1511 por el ancho de una carreta, tal y como hizo Fernando Tabares y su mujer Ana de Rivera, a quienes Juan Bordón les compró un acceso de 12 ó 13 pies, al precio de una dobla de oro. En el contrato de venta se disponía que Tabares prestara a Bordón una carreta durante dos días para ir a la montaña.
Por una carreta se llegó a pagar una jarreta de aceite y 300 maravedís. En 1523, a Gaspar Vicente le costó una carreta 5 doblas de oro. También se arrendaban, como hizo en 1521 Esteban de Moreras para poder pagar los 11.660 maravedís que debía a Juan Rogado.
Al hacer las sementeras, la carreta jugaba un papel destacado, poniéndola una de las dos personas que se juntaban para dicho fin agrícola. En 1523, Martín Fernández contrató un peón y envió una yunta de bueyes y una carreta.
Las carretas no se podían dejar en la calle, so pena de 600 maravedís. En 1526 se prohibió sacar trigo, cebada, centeno o harina de la Isla, perdiendo la carreta el que llevaba alguno de los citados cereales a los puertos o caletas.
Las Ordenanzas de Tenerife disponían, además, lo siguiente: Yten que ninguna persona tenga carreta en la calle por más espacio de tres días, y que cada uno la meta en su casa, so pena de trescientos maravedís.
Yten que, por la parte que viene el agua a esta ciudad, ninguna persona sea osada de llevar carreta, porque no quiebre los caños, o los maltrate, so pena de cuatrocientos maravedís, y de pagar el daño, y que el que viniere en parte donde la carreta hubiere de atravesar para su casa, pase por la más cercana traviesa.
Yten que no pasen carretas por encima de los caños del agua, así por el camino como por la calle, so pena de trescientos maravedís, y de pagar el daño que hiciere.
Según dispuso la Justicia, se podía cortar, sin licencia ni señalamiento del guarda, toda la madera que fuera necesaria,exepto palo blanco, el cual sólo se podía coger para las teleras y los limones de las carretas.
El Adelantado, el teniente, Vergara, Valdés, Las Casas, Requena y regidores, el 16 de julio de 1526, dispusieron que cualquier persona que, de noche o de día, llevase carretas por las calles de La Laguna, fuera delante de los bueyes, so pena de 600 maravedís. Esta ordenanza se llevó a cabo para evitar los frecuentes daños y muertes que ocasionaban las carretas a los transeúntes por no ir sus dueños junto a ellas.
y es en la tierra de los campos de la Vega de Aguere donde, en las mañanas del pasado lagunero, la carreta recorría los caminos al paso lento de la yunta, mostrando la belleza de su cuerpo de buena madera y la fragancia de los productos de la sementera. Una carreta que siempre recibía el piropo del boyero hecho canción:
De la vega lagunera
vengo lleno de ilusiones,
con esta hermosa carreta
que alegra los corazones.