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jueves, 03 de noviembre de 2011 |
Por Paco Tray
 En la adoquinada, luminosa, luenguísima, peatonal y frecuentadísima en estos últimos años rúa de El Pino (y que oficialmente se denomina calle de Antonio de Viana) y a la altura del número sesenta y uno de su gobierno, casi enfrente de la Residencia Universitaria de Estudiantes San Agustín (antiguo Colegio Mayor San Agustín), se ubica una pequeña, cuasi reciente y recoleta tasca que se rotula como la dicha vía pública, Viana 61. Al frente de la misma, y como al descuido, están inmarcesibles, indeficientes e imprescindibles sus dos protagonistas: Mónica y Ángelo. Élla - lagunera de pro por los cuatro costados y conocedora, como no podía ser menos, de los más recónditos secretos de esta Muy Noble, Leal, Fiel y de Ilustre historia a la par que Soñarrera, Conventual y Obispal urbe, valga la redundante redundancia – mayormente al frente de los fogones, sorprendiéndonos gratísimamente y a diario con su mágica, hechicera y seductora manufactura culinaria. Él - de la tierra de Giuseppe Verdi, Caruso y Donizetti con su deferente, y afable sonrisa que todo lo abarca y tiñe de satisfacción y alborozo, mientras atiende, solícito y amabilísimo, la numerosa clientela que por allí se desparrama en las distintas mesas que conforman el interior y exterior de dicho figón, aún estando en el mes de noviembre que como sabemos, es otoñal por antonomasia y, por ende, casi más frío que la pata de un muerto. Aunque eso, el “pelete”, está por ver dada la revolución climática que nos que nos envuelve y confunde.
Buena cocina, mejor vino, estupendo atendimiento y excelente ambiente son los cuatro ingredientes esenciales de esta taberna que como el gremio de los zapateros permanece cerrada los lunes, siempre mágicos y principiadores de una nueva jornada semanal.
Gastronomía canaria e italiana, ambas a dos, se encuentran y entienden al unísono para satisfacer los paladares más exquisitos y exigentes de los parroquianos que frecuentan su entorno cada día.
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